Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.
Europa debe aliarse con Rusia y frenar a Trump
Las tribulaciones que nuestro globo terráqueo viene sufriendo por las ambiciones de Trump y cuyo pinchazo el genial Chaplin ya vaticinó (El gran dictador, 1940) cuando Hitler no había invadido ni siquiera Francia y mucho menos la URSS para acabar cavándose allí su propia tumba, ahora ha de contemplarse en el marco de las coordenadas geopolíticas del momento, porque solo Rusia y China pueden hacer que las fantasías criminales del presidente norteamericano se vuelvan contra él y reciba a continuación el castigo que se merece.
Me cuesta describir la estupefacción que me produce la dinámica occidental en la situación actual, marcada principalmente por el expansionismo, la brutalidad y la desvergüenza del presidente norteamericano, que ha decidido apoderarse de Venezuela y sus recursos y continúa lanzando sus pretensiones y sus amenazas sobre Groenlandia, un territorio que, aunque formalmente pertenece al Estado danés, disfruta de una autonomía que en los últimos años viene anunciando una próxima plena independencia.
Me resulta muy ingrato expresar, en los estrictos términos en que me afectan, los sentimientos que me produce ese 90 por 100 de comentaristas, expertos y platicadores de pantalla o de papel, que hacen como que se indignan de esta conducta de Trump pero que son incapaces de (1) llamar fascista al grotesco dictador de la Casa Blanca y (2) deducir otra conclusión en términos político-internacionales que no sea ceder, contemporizar y hasta justificar sus amenazas y desvaríos. Porque a diferencia de Hitler, que imponía su expansionismo -el inicial, en relación con Austria y Checoslovaquia- en un discurso articulado sobre bases étnicas y reivindicaciones hacia las poblaciones alemanas fuera del Reich con una apariencia de legitimidad, Trump expresa sus ambiciones territoriales en términos de mera codicia hacia los recursos minerales ajenos y el lucrativo negocio que para las empresas norteamericanas suponen esas nuevas perspectivas de robo con escalo y alevosía.
No es nada fácil aplicar la menor comprensión a esa Unión Europea que, ignorando la historia de este continente siempre enfurecido contra sí mismo y rapaz hacia el mundo entero, va cediendo ante la Gran Dictadura (antes la Alemania supremacista, ahora Estados Unidos y la OTAN) pero incrementa su belicosidad y su imprudencia hacia la única potencia hacia la que debiera de volverse para concertar con ella la contención del Gran Pirata de América, es decir, Rusia (y más previsoramente, la potencia euroasiática ruso-china).
Todo lo contrario, estas pseudo potencias europeas mantienen su beligerancia, sus sanciones y su estupidez estratégica hacia el régimen de Putin, contra el que solo saben lanzar invectivas altamente hipócritas y generalmente infundadas. Ahí tenemos a esos demócratas magníficos, de pedigrí indiscutible que, como Chamberlain y Daladier cuando prefirieron ceder ante Hitler que aliarse con Stalin, pudiendo haber evitado -además de la infamia de entregar Checoslovaquia a los nazis- la fase más terrorífica de la guerra que, en todo caso, acabaría por estallar: la invasión de la URSS con sus 25 millones de muertos. Porque hoy, como ayer, la Rusia actual y la URSS de entonces, han dado numerosas muestras de proximidad, de propuestas de alianza, principalmente económica, de ruptura histórica con siglos de enfrentamiento y desconfianza, de resultados fatales para unos y otros.
La verdad es que contemplar a esa partida de políticos malcriados en la mentalidad colonial, neocolonial o financiero-depredadora (Starmer, Macron, Merz, Meloni...) allanarse ante el colonialismo verbal, comercial y mental de Donald Trump es un espectáculo sin precedentes ya que, a diferencia de aquellos líderes europeos de 1938, estos peleles siguen confiando en el iracundo y falaz líder norteamericano, sin importarles la humillación que esto supone para ellos mismos y sus gobiernos y Estados. Porque la historia parece repetirse, ya que si entonces no pararon a Hitler sino que lo “aplacaron” cediendo en sus pretensiones territoriales y traicionando sus compromisos con los Estados víctimas de aquellas invasiones y anexiones, ahora tampoco hacen frente a una dinámica semejante en la que, a más inri, el nuevo y peligroso enemigo común expresa crudamente una ambición de sistemático saqueo material sin adornos ni pretextos étnicos o jurídicos.
Aquellas alianzas, primero de tipo evidentemente preventivo antes de la Primera Guerra Mundial frente al agresivo Imperio prusiano, con los pactos entre la Rusia zarista con el Reino Unido y Francia, y repetida luego penosamente con la Rusia estalinista frente al Reich nazi, hoy se quieren olvidar voluntaria y expresamente, prefiriendo la sumisión al agresor intratable a un entendimiento con los sensatos ofrecimientos de Putin de acuerdo sobre Ucrania y de equilibrio global. Porque los europeos saben, como lo saben los rusos por su dilatada experiencia defensiva, que el choque con Estados Unidos, potencia fascista incorregible del momento, es inevitable a más o menos corto plazo. Y optan sistemáticamente, siguiendo el impulso de su necia rusofobia, por diabolizar a Rusia acusándola de amenaza existencial, expansionismo “zarista” o peligro bolchevique, agudizando su agresividad con nuevas provocaciones militares y reinventando cada día un enemigo que, a más de haberlo provocado conscientemente, tiene sin embargo las claves del freno a Trump; aunque esta capacidad de enfrentamiento directo no pueda expresarse momentánea y adecuadamente, ya que Rusia tiene que dejar resuelto el problema de Ucrania de una forma sólida y definitiva y China no quiere que se le obligue a jugar la apuesta por Taiwán sino cuándo y cómo ella lo elija.
Es buen momento para repasar esa aburrida cantinela de los líderes europeos sobre sus valores propios y los peligros existenciales a los que dicen enfrentarse en su pulso con Rusia, y plantearnos en qué consisten esos valores tan cacareados y esa amenaza tan insoportable. Porque cada vez resulta más difícil identificar correctamente esos valores y, sobre todo, resulta imposible demostrar en qué son superiores a los de otros Estados, pueblos o continentes. Pese a lo cual insisten en su democracia (sistema preferido por el dinero y los poderosos que no son votados) y la libertad (que estrecha su alcance y, sobre todo, sus contenidos según aumenta el desarrollo económico y sus pérfidas consecuencias, como la pobreza, la desigualdad o la contaminación). Y zahiere a Rusia acusándola de régimen autoritario, incluso dictatorial, que excluye tanto la democracia como la libertad (pero sin hacer ascos a los regímenes más abyectos del planeta, como son las monarquías petroleras, el Estado terrorista de Israel y otras dictaduras sanguinarias repartidas por todo el mundo).
¿Cuál es el verdadero valor moral o político de esa Europa que ahora parece deshilacharse y que se lamenta de las amistades norteamericanas traicionadas con lágrimas de cocodrilo? ¿el cristianismo?, ¿la filosofía de las Luces? ¿Y de verdad que su problema principal es el peligro ruso? Un curso intensivo de Política esencial, bien enmarcada en la Historia, obligaba yo a seguir a esa partida de pillastres encorbatados que se reúnen en Bruselas para jalear entre sí sus vergüenzas y persistir en sus miserias, absolutamente incapaces del menor remordimiento o propósito de enmienda... Y a ese monigote de Mark Rutte, actual secretario general de la OTAN y paradigma de la estulticia política, que deja en mantillas al obsesivo Stoltenberg y al patético Borrell como lustrosos exponentes del vasallaje europeo-atlantista, dispénsesele el más rotundo y límpido desprecio, ya que ha sabido demostrar, sin rodeos ni disimulos, que representa a una Europa sin dignidad que no reacciona ante el peligro porque no tiene capacidad moral ni mucho menos militar para hacerlo. Porque aprobando sin dudarlo el plan de Trump sobre Groenlandia justificándolo por las “ambiciones de Rusia y China en el Ártico”, Rutte ha alcanzado las más altas cotas de indecencia, y no parece importarle que en una OTAN ninguneada por Trump y en la que apenas hay algún miembro que escape a su menosprecio, haya de profesar de títere a sus incondicionales órdenes, quedándole a los Estados miembros una única alternativa, que es la de abominar del Gran Dictador y mudarse de alianza.
(Sobre el destino de Groenlandia, nadie lo dude: Trump se saldrá con la suya dominando sus recursos minerales. Primero y sobre todo porque Gobierno y monarquía daneses agacharán la cabeza ante el Imperio norteamericano como lo hacen ante Israel. Esta humillación que viene se completa de modo admirable con la farsa que con tantas candilejas están viviendo varios países europeos y de la OTAN que ni ellos mismos se creen que enviando tropas a esa enorme isla helada podrán defender su estatus de dependencia europea y… atlántica; o sea, para oponerse llegado el momento con las armas al amigo americano, su más poderoso aliado, su admirada referencia democrática y a quien le atribuyen, desde 1945, el papel de protector militar. Genial es la viñeta que corre por las redes estos días con un Netanyahu confidencial con Trump, que le susurra al oído: “Tú diles que Dios te prometió Groenlandia hace tres mil años”. Y asunto arreglado.)
Tenemos que reflejarnos ante una Europa ridículamente nihilista por lo desalmada, y cobarde por cuanto huye de su pasado de forma especialmente estúpida: volviendo una y otra vez a sus fases y etapas de mayor ignominia e inmoralidad. Y no parece dispuesta a aceptar que el fascismo redivivo viene de su principal y más poderoso aliado y que su enemigo declarado, la Rusia de Putin, una potencia dirigida con sensatez y dignidad, es su única esperanza para salvarse del desastre que, con variadas formas, ya hace mella en sus fundamentos y objetivos.
Son estas potencias europeas bronquistas cuando se ven protegidas, pero aturulladas, erráticas y pordioseras cuando comprueban que ese respaldo no correspondía a vínculo leal alguno. Es la misma Europa que vendió su alma al diablo contribuyendo directamente a imponerle la Guerra Fría a aquella URSS que la había salvado de Hitler y sus proyectos hegemónicos. Así que la escena y el escenario se repiten una vez más en lo esencial, con la exhibición de su cobardía, incapaz de afrontar al enemigo cuando la pone contra las cuerdas, y de situarse frente al espejo de sus crímenes por activa y por pasiva. No dejemos pasar la sistemática exhibición de servilismo, desfachatez y cerrilismo con que nos obsequian estos días: ahí tenemos a Rutte, el de la OTAN, como lacayo sin honor, a Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, proclamando que la UE siempre está “del lado del Derecho Internacional", sin dar detalles sobre su papel frente a Israel, o a Pedro Sánchez que, persistiendo en la irracionalidad de nuestra política exterior, profundamente corrompida por la alineación con la OTAN, advierte que la invasión de Groenlandia por Estados Unidos “justificaría la invasión de Ucrania por Rusia”.
Queda lejano el día, visto lo visto, en que le estalle a Donald Trump, entre las manos y delante de sus narices, este frágil planeta del que quiere ser emperador, aunque frente al cual y de momento, solo sea un agresor odioso e insaciable, a quien nadie todavía parece dispuesto a pararle los pies.





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