Entrevista
de
Adrià
Rodríguez
Patricia McFadden (Esuatini, 1952) es una de las intelectuales más destacadas del sur de África. Se describe a sí misma como una “feminista ecológica radical que se encuentra en el último cuarto de su vida y que vive en África”. Ha sido profesora en la Universidad de Cornell (Atlanta) y en la Universidad de Syracuse (Nueva York), entre muchas otras, y ha participado en conferencias y debates por todo el mundo. Vive en Esuatini, en una casa situada en la montaña de Lebombo, donde combina sus trabajos como pensadora y como agricultora.
¿Nos puede describir el contexto del sur de África y cómo ha conformado su identidad política?
El sur de África es crucial en la experiencia de resistencia a la colonización debido a la presencia del colonialismo de asentamiento blanco (británicos y centroeuropeos) y del colonialismo portugués en Angola o Mozambique. Fuimos colonizados por ocupantes que colaboraron entre ellos para mantener la región bajo su control. Compartieron filas en los ejércitos, se apoyaron mutuamente, mataron africanos juntos. Por ello, el sur de África tiene una historiografía específica sobre cómo la gente resistió a la colonización, con el mayor número de movimientos de liberación sostenidos en el tiempo. Yo encarno este contexto donde hay un sentido de destino común más allá de las fronteras coloniales. Pienso en mí misma regionalmente, pero mi identidad está arraigada en una noción más amplia del continente africano.
¿Cómo tenemos que entender las principales figuras que conforman las luchas anticoloniales en el sur de África, y específicamente la de Nelson Mandela?
Los personajes de las luchas de liberación en el sur de África han definido el carácter de esas luchas. En Mozambique tenemos a Eduardo Mondlane y a Samora Machel, quienes se inspiraron en ideas marxistas radicales.
En Sudáfrica están Nelson Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Chris Hani o Steve Biko.
Mandela nunca fue comunista ni radical, era un nacionalista. Sus compañeros comunistas, como Govan Mbeki, fueron apartados. Recuerdo a Mandela declarando durante el juicio de Rivonia, donde dijo “siempre he negado ser comunista”. Más tarde, cuando llegó al acuerdo con los colonos, lo vimos de la mano de Frederik de Klerk [último presidente del apartheid y vicepresidente de Mandela]. Fue un momento horroroso, y comprendí que Mandela no era un intelectual, era conservador y feudal. Él negoció el asentamiento de los colonos blancos. Esto tenía que ver con garantizar acceso al consumo, no a los medios de producción, así que los blancos han mantenido la propiedad de la tierra, la tecnología y las infraestructuras productivas. Siguen controlando la economía de Sudáfrica 32 años después de 1994. Hay una clara distinción entre independencia y liberación.
Explíquenos su participación en la lucha contra el apartheid.
Empecé en la facción sindical del ANC [African National Congress, el partido de Nelson Mandela] trabajando como intelectual. Mi primer artículo trató sobre las mujeres que trabajaban en la industria de la piña en Esuatini. Me influyeron los escritos de sindicalistas comunistas como Moses Kotane y el malauí Clements Kadalie.
También los de Govan Mbeki, quien escribió ‘The peasant’s revolt’ [podría traducirse como ‘La revuelta campesina’], un texto radical sobre las luchas del campesinado en el Cabo Oriental.
Conocí el marxismo y la idea del socialismo a través de mi trabajo sindical. Después me involucré en el brazo armado del ANC. Transporté muchísimos jóvenes de Mozambique a Sudáfrica, hombres y armas, para luchar contra el apartheid. La mayoría de ellos fueron asesinados por el régimen supremacista blanco. Mi hermano joven fue reclutado por el brazo armado del ANC y fue asesinado por los bóeres [colonos sudafricanos] cuando tenía 31 años. Llamaron a mi madre y le dijeron “ven a recoger a tu perro”. Mandela traicionó la revolución por la que tanta gente murió y otros muchos arriesgamos la vida. Vendió los sueños de toda esa gente joven. Eran mis compañeros.
El feminismo ha sido una de las piezas clave de su trabajo como intelectual y activista. ¿Cómo aconteció su encuentro con el feminismo?
Yo era una adolescente y me encantaban los libros. Mi padre solía llevarme a Manzini a hacer la compra. Allí había una mujer blanca que vendía libros de segunda mano en la calle. Compraba libros y los leía en la acera mientras esperaba a mi padre. Había una biblioteca justo allí. Recuerdo el terrible anhelo al mirar la biblioteca, donde solo podían entrar los blancos. Después, toda mi vida ha transcurrido entre libros y bibliotecas. En aquella parada de segunda mano compré El segundo sexo, de Simone de Beauvoir.
Tenía 15 años y pensé que trataba sobre sexo. No pude entenderlo todo, pero cambió mi vida para siempre. No me di cuenta del impacto que tuvo en mí hasta que me divorcié del hombre con el que mi madre me obligó a casarme cuando tenía 20 años. Era un hombre brutal que me violó y quedé embarazada. Me divorcié a los tres meses de matrimonio. Le dije a mi madre: “Puedes quedártelo tú si quieres, yo no pasaré mi vida con él”. Después de eso, mi feminismo se configuró a través del nacionalismo negro, que me enseñó sobre el orgullo negro, y de las feministas blancas, que me enseñaron a entender el patriarcado.
En ocasiones ha argumentado que la teoría decolonial es patriarcal y nacionalista ¿Puede desarrollarlo?
Lo que la teoría decolonial argumenta fundamentalmente es que necesitamos volver al pasado. Cuelga de las luchas ecológicas por la supervivencia de los sistemas de conocimiento y formas de vida precoloniales. Por eso utilizan el Amazonas y esos lugares donde la gente lucha por sobrevivir al capitalismo extractivista. Cuando lees a escritoras decoloniales que se autoproclaman feministas, verás que, corriendo subterráneamente bajo su epistemología, está este retorno a un pasado patriarcal que se plantea como un baluarte frente a la modernidad y al occidentalismo. La teoría decolonial también es feudal, porque anhela el pasado y el lugar “auténtico” de las personas negras y las mujeres. En algunas partes, los procesos de resistencia no han llegado al punto en que las personas hayan desarrollado una conciencia más allá de la idea de independencia, por lo que puedes entender que el nacionalismo sigue siendo hegemónico. Pero en sitios como Sudáfrica, donde existió un Partido Comunista, sindicatos, un proletariado industrializado, acceso a literatura, conocimiento y debates, no puedes decir de ninguna manera que África tiene que volver al pasado. No hemos llegado hasta aquí para volver al pasado.
Esto conecta con uno de sus principales conceptos, la “contemporarity” [se puede traducir por contemporaridad]. ¿Nos puede explicar este concepto y su centralidad para su trabajo?
Buscaba una forma de explicarme a mí misma en quién me estaba convirtiendo en este contexto del sur de África, donde teníamos tanta proximidad con las nociones de modernidad inducidas por el imperialismo. La idea de modernidad es una trampa para las personas negras, significa convertirse en una réplica de los colonos. Yo rechazaba eso, pero no quería ser el pasado, siempre he querido ser el futuro. Cuando observaba el léxico feminista, echaba en falta conceptos que definieran en quién me estaba convirtiendo como persona. Ya vivía aquí en la montaña, estableciendo una nueva relación con la naturaleza, traduciendo mi radicalismo en un feminismo ecológico. De esto trata la “contemporaridad”. Hacerse “contemporaria” significa dejar atrás el lastre de los últimos quinientos años de encuentro colonial, como mujeres negras que vivimos en este continente, esforzándonos por traer el futuro al presente.
La tradición socialista en África ha sido ignorada incluso por la izquierda occidental. ¿Cuáles son los nombres y aprendizajes que tenemos que tomar de esta tradición?
Tuvimos muchos experimentos socialistas en África. Desde Ahmed Ben Bella en Argelia, Julius Neyrere en Tanzania o el Partido Comunista Sudafricano (SACP).
Hubo intentos de revolución socialista en África, como en Mozambique con el FRELIMO, en Angola o en Guinea-Bissau con Amílcar Cabral.
Pero quienes lo intentaron fueron asesinados. Los africanos que aspiraron al socialismo fueron ridiculizados y eliminados: desde Patrice Lumumba hasta Thomas Sankara y Chris Hani, y ahora con el intento de Francia de derrocar a Ibrahim Traoré, presidente de Burkina Faso.
Ocurrió lo mismo en el Caribe con la eliminación de Maurice Bishop y sus compañeros. Los socialistas siempre han sido amados en este continente, y este amor es terror para las élites conservadoras negras y las élites coloniales blancas.
Samora Machel en Mozambique era muy querido. Thomas Sankara en Burkina Faso era muy querido.
Patrice Lumumba en la República Democrática del Congo era muy querido. Cuando las personas negras abrazan el socialismo, dan los primeros pasos hacia su libertad. La literatura socialista es fundamental porque necesitamos ir más allá del deseo de ser libres, necesitamos redefinir quiénes queremos ser.
La colonización expone con crudeza el vínculo entre ecocidio y genocido. ¿Cómo explicaría este vínculo en el contexto del sur de África?
El genocidio es un hecho histórico ocultado en el sur de África. Ciudad del Cabo formó parte de una amplia red para esclavizar a los africanos, seleccionarlos y llevarlos al otro lado del océano. El sistema esclavista era una actividad genocida que perduró 500 años en África. Fue el núcleo de la Ilustración europea y del capitalismo moderno.
Europa es lo que es porque comenzó saqueando a los seres humanos en sí mismos. La colonización nos enseñó que la destrucción de la vida humana puede ser un motivo de progreso y celebró el exterminio de africanos como un elemento de superioridad blanca. El ecocidio es la expresión ecológica del genocidio y celebra la destrucción de la naturaleza, también como expresión de superioridad.
Pero la vida humana y todas las múltiples y hermosas expresiones de la vida en nuestro planeta son parte de lo mismo. El genocidio y el ecocidio expresan una falta de respeto absoluta a la vida y a la idea de libertad. Lumumba fue la expresión personal de las vidas negras. Los agentes belgas lo metieron en un barril de ácido porque querían eliminar la idea de libertad.
La colonización también ha transformado la agricultura, la tierra, la alimentación y las dietas. Hoy en día las prácticas agrícolas y las dietas en Sudáfrica están profundamente industrializadas y occidentalizadas. Esto tiene un impacto muy negativo para la salud, el sustento de las personas y los ecosistemas. ¿Cuál ha sido el impacto de la colonización en la alimentación en el sur de África?
Hice mi doctorado sobre la industria azucarera hace 40 años. Entendí que allí donde la alimentación se convierte en mercancía y se desarrolla la agroindustria, la población negra es desplazada forzosamente de su tierra.
La caña de azúcar implicó la introducción de la toxicidad, los plaguicidas, la destrucción de la biodiversidad, el desplazamiento de las personas de sus territorios y de sus tradiciones de sanación y celebración. Las personas se convirtieron en migrantes forzosos. Antes la gente se desplazaba, pero la noción de migración está profundamente arraigada en la agricultura capitalista y la colonización.
Este régimen (Esuatini) ha mantenido los vínculos coloniales. Están expandiendo las plantaciones de azúcar para exportarlo a la UE y EEUU a costa de la vida del pueblo suazi, que carece de alimentos y tierra. La alimentación es fundamental en relación a quienes somos como seres humanos y nuestros vínculos con otros seres vivos. Me politicé con pensadoras como Vandana Shiva, Bella Abzug o Genevieve Vaughan. Ellas me impulsaron a la siguiente etapa de mi vida.
Vive en la montaña de Lebombo, donde cultiva su hermoso huerto ecológico. ¿Cómo están conectadas su práctica como agricultura y su práctica como intelectual?
Vivir en Lebombo ha significado enfrentarme al ecocidio. Llevo 20 años sentándome en mi veranda y he visto el espectro completo de la vida desplegándose ante mí: lagartijas naranjas y moradas, pájaros, mariposas... Todos estos animales han desaparecido. Cuando cultivo, obtengo el sustento para mi cuerpo, pero también para mis ideas. En el cultivo de alimentos aprendo que la convivencia con otros seres vivos no es un cuento de hadas, sino que es conflictiva y confusa. La resiliencia de la naturaleza en el ecocidio inspira mis ideas sobre cómo resistir en esta etapa del capitalismo. La belleza de la mariposa buscando cualquier flor me recuerda que en la vida las pequeñas cosas que encontramos son fuente de alegría y son incalculables. La abundancia de la lluvia me proporciona muchos aguacates y se los doy a mis amigos. Dar es un regalo que te haces a ti mismo. El árbol da frutos para sí mismo, no para ti. Eres beneficiario de la generosidad del árbol. Estas son lecciones que he aprendido de la belleza e inmensidad de la naturaleza. Esto es lo que significa ser “contemporario”, vivir una vida vegana aquí en esta montaña y buscar maneras de coexistir con otros seres vivos. Aquí estaré hasta que parta para regresar a la montaña.
Fuente: Ctxt






















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