jueves, 28 de agosto de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes: “Ansiedad, de tenerte en mis brazos…”

 

 Por Pedro Costa Morata   Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


     Hace mucho que dejé de tomar el “verano” -ese concepto astronómico cada vez menos respetado, sea por los humanos, sea por los astros- como un tiempo excepcional, distinto, de tareas leves (incluso nulas) y “retorno” al alma y a los placeres del espíritu, leer y pasear en primer lugar, raramente viajar… Eran tiempos de vacaciones escolares precedidas, y rematadas, por largos viajes de muy distinto sentimiento: una llegada al pueblo y su playa, con la propia estación llena de gente que esperaba al tren (20 horas desde Ávila, 35 desde León) y de alegría entre los amigos, vecinos y familiares… y un regreso a la Meseta mucho más silencioso, restringido, penoso. Luego, tras las vacaciones escolares de aquellos tres meses tan excepcionales como benéficos, progresivamente recortadas según subía el nivel de los estudios, las vacaciones laborales se reducían, drásticamente, a tres semanas, lo recuerdo bien. Y cuando me liberé del trabajo asalariado, y naufragaron tantas rutinas y “vulgaridades” del común asueto, esas vacaciones desaparecieron como espacio separado y distinto, ya que me sobrevino un transcurrir del tiempo homogéneo y absorbente, sin separar pausa y actividad, relax y exigencia, octium et negotium. Una época a la que me acostumbré con mezcla de gozo y fatalismo, pero de la que nunca desapareció una rememoración instintiva del tiempo distinto, por breve y ocupado que fuera, llamado y hecho para acometer tareas diferentes, deseadas, pendientes…

Así me dio por pararme en mis siestas, mirar al pueblo -que ya me escocía- y redactar diez breves misivas, “Carta de Águilas”, que generosamente me publicó el diario La Opinión. Era el verano de 1992 y, lidiando con mis apreturas y ecologismos, tuve que esperar al otoño de 1996 para volver al mismo plan, buscando la paz que tanto me había alterado el remate de la revista Cuadernos de Ecología (1993-1996), que había fundado, dirigido y financiado yo (con resultados económicos de los que prefiero no acordarme). Fueron nueve textos, también breves, que llevaban el membrete de “Croniquilla nostálgica de otoño”, siendo una de ellas, por cierto “De repente, el próximo fascismo”, en la que alertaba de los gratuitos recortes de libertades con que los últimos años de Felipe González nos habían golpeado; pero que no se publicaron, ya no recuerdo por qué. Y en una tercera atacada, de nuevo en verano pero ya en el de 1998, titulé “Desastre (verano del 98)”, el recuerdo y la rememoración del funesto 1898; la cuarta y última de esas columnas, que tampoco llegaron a publicarse, llevaba el título de “Aquella brisa de los veranos de antes”, claramente nostálgica y pacificadora, que ahora retomo, amplío y refuerzo, porque me pilla con ganas y me sobran temas, y porque aquella nostalgia más se parece hoy a un cabreo multiforme (modernamente: poliédrico) cada vez menos sordo y más bronco: por mi pueblo, mi tierra y mi planeta.

Así que, por una vez y como rememoración de muy felices veranos, me dejaré llevar por la nostalgia y recuperaré sensaciones imborrables, dado además el hecho de que aquel texto no llegó a publicarse (¿o sí?, ahora no caigo, pero y qué) y que me peta, y mucho, reproducir aquí y ahora, ya que es la brisa, signo de identidad de los pueblos de mar y de las noches de verano, la verdadera y bien merecida protagonista…

Porque siempre acudía a la hora que más falta hacía. En el sopor de la primera tarde levantaba el vuelo desde la plata ondulante del corpachón marino, bañaba de sal y arrullo palmeras y eucaliptos del paseo de Parra y remontaba la cuesta por el Capri y las Puertas Colorás; luego, enfilaba la Pareta de la Estación, ciñéndose a sus combas decadentes, se esparcía en el Anchurón de la Estación, bajo inmensos eucaliptos, y el Barranco, vacíos ambos, a esa hora, del griterío de nuestros juegos. A mí me llegaba sacudiendo la cortina que apenas me impedía observar la playa, la bahía y la Farola; a esa hora, de canícula inclemente, me estaba terminantemente prohibido salir a la calle, porque tenía que reposar, y hasta que la sombra no cubriera la acera (la baldosa, en aguileño), no había calle. Leí mucho, bien lo recuerdo, de modo que me resultó utilísima aquella prohibición y me inculcó muy oportuna disciplina.


 El autor y la Colla del Callejón, en el Castillo de Águilas, en 1965.

Con la modorra, las radios traían mensajes individuales, los “discos dedicados”. De ahí enfrente me enviaban machacones mensajes sobre Ahmed Ben Bella, figura militante de la revolución argelina, en una lengua que ya me subyugaba. Eran mensajes que cabalgaban más sobre la brisa común que sobre las ondas de radio.

Eran veranos eminentemente cinematográficos y musicales. Al Gran Cinema, que sustituyó brillantemente a la Plaza de Toros como cine de verano, pronto se unió el Cine Capri, y el pueblo vivía la alegría de las sesiones de cine -siempre en grupo, siempre sociales- como signo irrenunciable de las noches de verano… Desde mi casa oía el texto de las películas del Capri, y con la serenidad de la noche incluso podía discernir éstas de las que (bastante) más allá, emitía el Gran Cinema.


 El Gran Cinema, de Águilas, hacia 1960.

Luego, a Antonio Molina, Farina y Sepúlveda, habituales en la emisora La Voz de la Caridad de Águilas, y el “El Dúo Dinámico”, de letras y música pegadizas y adaptables, sucedió la invasión exterior y llegó el gran Nat King Cole, con sus magníficas Ansiedad (“Ansiedad, de tener tus encantos/musitando palabras de amor…”), Perfidia (“Mujer, si puedes tú con Dios hablar/pregúntale si yo alguna vez/te he dejado de adorar…”) o Noche de ronda (“Luna que se quiebra/sobre las tinieblas/de mi soledad…”). Y que se mezclaban, por ejemplo en el cine a la espera de la película, con aquel héroe cuasi inmortal, Paul Anka, al que no teníamos ningún miedo de imitarlo en inglés (nada académico, pero y qué), que endulzaba los primeros, y fugaces amores de verano, con Diana, ¡Oh, Carol! y, más intensos todavía, Put your head on my shoulder y You are my destiny, melodías del momento y de las que no sospechábamos que, andando el tiempo, volverían a entusiasmar nuestros oídos porque el corazón latiera, de improviso y con dulce alarma, recuperando sensaciones de juventud…

También “Los cinco latinos” pegaban fuerte, ya lo creo, y no era para menos, con aquella voz de Estela Raval y el coro inteligente de sus compañeros; y he recuperado después, por motivos que no hacen al caso, su canción Don Quijote, a la que en su día no presté atención, ya que eran más sugerentes, para corazones jóvenes y soñadores, por ejemplo, Quiéreme siempre, Eres diferente, Mi oración… Y aquellas melodías tropicales, pegadizas y estimulantes, llamadas calypso, que no he vuelto a escuchar, con lo alegres que eran.

Los primeros bloques desconsiderados ya mortificaban el paseo de Parra con alturas de ocho y diez plantas, marcando la pauta de nuestro urbanismo brutal posterior: mi brisa se alzaba, ya cansina, sobre el agua, mis barcos entraban y salían sin que ya no pudiese advertir la marcha de sus palos y el humo de su penacho; y, cada vez menos, el bronco, pero cálido, rugido de sus pitadas.

Con los veranos con canción ligera y transaccional (María Isabel, Un rayo de sol, oh, oh, oh…) el cerco a la brisa se acabó cerrando y el mar se alejó una eternidad. La llegada del turismo feliz, el autobombo de los aguileños con nuestro potencial turístico y la prosperidad en general nos distrajeron gravemente, mientras éramos despojados del mar rumoroso y su horizonte soñador, del yodo salvífico y… ¡de la brisa!


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