jueves, 28 de agosto de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes: “Ansiedad, de tenerte en mis brazos…”

 

 Por Pedro Costa Morata   Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


     Hace mucho que dejé de tomar el “verano” -ese concepto astronómico cada vez menos respetado, sea por los humanos, sea por los astros- como un tiempo excepcional, distinto, de tareas leves (incluso nulas) y “retorno” al alma y a los placeres del espíritu, leer y pasear en primer lugar, raramente viajar… Eran tiempos de vacaciones escolares precedidas, y rematadas, por largos viajes de muy distinto sentimiento: una llegada al pueblo y su playa, con la propia estación llena de gente que esperaba al tren (20 horas desde Ávila, 35 desde León) y de alegría entre los amigos, vecinos y familiares… y un regreso a la Meseta mucho más silencioso, restringido, penoso. Luego, tras las vacaciones escolares de aquellos tres meses tan excepcionales como benéficos, progresivamente recortadas según subía el nivel de los estudios, las vacaciones laborales se reducían, drásticamente, a tres semanas, lo recuerdo bien. Y cuando me liberé del trabajo asalariado, y naufragaron tantas rutinas y “vulgaridades” del común asueto, esas vacaciones desaparecieron como espacio separado y distinto, ya que me sobrevino un transcurrir del tiempo homogéneo y absorbente, sin separar pausa y actividad, relax y exigencia, octium et negotium. Una época a la que me acostumbré con mezcla de gozo y fatalismo, pero de la que nunca desapareció una rememoración instintiva del tiempo distinto, por breve y ocupado que fuera, llamado y hecho para acometer tareas diferentes, deseadas, pendientes…

Así me dio por pararme en mis siestas, mirar al pueblo -que ya me escocía- y redactar diez breves misivas, “Carta de Águilas”, que generosamente me publicó el diario La Opinión. Era el verano de 1992 y, lidiando con mis apreturas y ecologismos, tuve que esperar al otoño de 1996 para volver al mismo plan, buscando la paz que tanto me había alterado el remate de la revista Cuadernos de Ecología (1993-1996), que había fundado, dirigido y financiado yo (con resultados económicos de los que prefiero no acordarme). Fueron nueve textos, también breves, que llevaban el membrete de “Croniquilla nostálgica de otoño”, siendo una de ellas, por cierto “De repente, el próximo fascismo”, en la que alertaba de los gratuitos recortes de libertades con que los últimos años de Felipe González nos habían golpeado; pero que no se publicaron, ya no recuerdo por qué. Y en una tercera atacada, de nuevo en verano pero ya en el de 1998, titulé “Desastre (verano del 98)”, el recuerdo y la rememoración del funesto 1898; la cuarta y última de esas columnas, que tampoco llegaron a publicarse, llevaba el título de “Aquella brisa de los veranos de antes”, claramente nostálgica y pacificadora, que ahora retomo, amplío y refuerzo, porque me pilla con ganas y me sobran temas, y porque aquella nostalgia más se parece hoy a un cabreo multiforme (modernamente: poliédrico) cada vez menos sordo y más bronco: por mi pueblo, mi tierra y mi planeta.

Así que, por una vez y como rememoración de muy felices veranos, me dejaré llevar por la nostalgia y recuperaré sensaciones imborrables, dado además el hecho de que aquel texto no llegó a publicarse (¿o sí?, ahora no caigo, pero y qué) y que me peta, y mucho, reproducir aquí y ahora, ya que es la brisa, signo de identidad de los pueblos de mar y de las noches de verano, la verdadera y bien merecida protagonista…

Porque siempre acudía a la hora que más falta hacía. En el sopor de la primera tarde levantaba el vuelo desde la plata ondulante del corpachón marino, bañaba de sal y arrullo palmeras y eucaliptos del paseo de Parra y remontaba la cuesta por el Capri y las Puertas Colorás; luego, enfilaba la Pareta de la Estación, ciñéndose a sus combas decadentes, se esparcía en el Anchurón de la Estación, bajo inmensos eucaliptos, y el Barranco, vacíos ambos, a esa hora, del griterío de nuestros juegos. A mí me llegaba sacudiendo la cortina que apenas me impedía observar la playa, la bahía y la Farola; a esa hora, de canícula inclemente, me estaba terminantemente prohibido salir a la calle, porque tenía que reposar, y hasta que la sombra no cubriera la acera (la baldosa, en aguileño), no había calle. Leí mucho, bien lo recuerdo, de modo que me resultó utilísima aquella prohibición y me inculcó muy oportuna disciplina.


 El autor y la Colla del Callejón, en el Castillo de Águilas, en 1965.

Con la modorra, las radios traían mensajes individuales, los “discos dedicados”. De ahí enfrente me enviaban machacones mensajes sobre Ahmed Ben Bella, figura militante de la revolución argelina, en una lengua que ya me subyugaba. Eran mensajes que cabalgaban más sobre la brisa común que sobre las ondas de radio.

Eran veranos eminentemente cinematográficos y musicales. Al Gran Cinema, que sustituyó brillantemente a la Plaza de Toros como cine de verano, pronto se unió el Cine Capri, y el pueblo vivía la alegría de las sesiones de cine -siempre en grupo, siempre sociales- como signo irrenunciable de las noches de verano… Desde mi casa oía el texto de las películas del Capri, y con la serenidad de la noche incluso podía discernir éstas de las que (bastante) más allá, emitía el Gran Cinema.


 El Gran Cinema, de Águilas, hacia 1960.

Luego, a Antonio Molina, Farina y Sepúlveda, habituales en la emisora La Voz de la Caridad de Águilas, y el “El Dúo Dinámico”, de letras y música pegadizas y adaptables, sucedió la invasión exterior y llegó el gran Nat King Cole, con sus magníficas Ansiedad (“Ansiedad, de tener tus encantos/musitando palabras de amor…”), Perfidia (“Mujer, si puedes tú con Dios hablar/pregúntale si yo alguna vez/te he dejado de adorar…”) o Noche de ronda (“Luna que se quiebra/sobre las tinieblas/de mi soledad…”). Y que se mezclaban, por ejemplo en el cine a la espera de la película, con aquel héroe cuasi inmortal, Paul Anka, al que no teníamos ningún miedo de imitarlo en inglés (nada académico, pero y qué), que endulzaba los primeros, y fugaces amores de verano, con Diana, ¡Oh, Carol! y, más intensos todavía, Put your head on my shoulder y You are my destiny, melodías del momento y de las que no sospechábamos que, andando el tiempo, volverían a entusiasmar nuestros oídos porque el corazón latiera, de improviso y con dulce alarma, recuperando sensaciones de juventud…

También “Los cinco latinos” pegaban fuerte, ya lo creo, y no era para menos, con aquella voz de Estela Raval y el coro inteligente de sus compañeros; y he recuperado después, por motivos que no hacen al caso, su canción Don Quijote, a la que en su día no presté atención, ya que eran más sugerentes, para corazones jóvenes y soñadores, por ejemplo, Quiéreme siempre, Eres diferente, Mi oración… Y aquellas melodías tropicales, pegadizas y estimulantes, llamadas calypso, que no he vuelto a escuchar, con lo alegres que eran.

Los primeros bloques desconsiderados ya mortificaban el paseo de Parra con alturas de ocho y diez plantas, marcando la pauta de nuestro urbanismo brutal posterior: mi brisa se alzaba, ya cansina, sobre el agua, mis barcos entraban y salían sin que ya no pudiese advertir la marcha de sus palos y el humo de su penacho; y, cada vez menos, el bronco, pero cálido, rugido de sus pitadas.

Con los veranos con canción ligera y transaccional (María Isabel, Un rayo de sol, oh, oh, oh…) el cerco a la brisa se acabó cerrando y el mar se alejó una eternidad. La llegada del turismo feliz, el autobombo de los aguileños con nuestro potencial turístico y la prosperidad en general nos distrajeron gravemente, mientras éramos despojados del mar rumoroso y su horizonte soñador, del yodo salvífico y… ¡de la brisa!


miércoles, 27 de agosto de 2025

¿Recuperar la forma humana?

 

 Por Amador Fernández-Savater                   Investigador independiente, activista, editor, 'filósofo pirata'.



Una conversación con Santiago Alba Rico



     Siempre me interesa leer a Santiago Alba Rico porque pone el ojo de la reflexión en lo que podríamos llamar “la dimensión antropológica” de la política. Lo que se puede y lo que no se puede hacer políticamente está vinculado a la configuración misma de lo humano en cada situación: lo que sentimos, lo que percibimos, lo que deseamos. No hay autonomía posible de la política con respecto a la piel.

¿En qué nos estamos convirtiendo hoy en día?, se pregunta Alba Rico en este artículo reciente sobre la transformación molecular hacia el fascismo. Hay una “hegemonía caníbal” en construcción, en España y en todo el Globo, la de un tipo humano que podemos reconocer por sus opiniones brutales sobre Gaza, el wokismo o el cambio climático. Esas opiniones son, según Alba Rico, la expresión de algo más profundo, la espuma de una ola de fondo, la experiencia de los “cuerpos separados”: miedo, frustración, odio.


Cartel de la película de terror Frankenstein. Boris Karloff, 1931.

Nuestro problema principal hoy no es simplemente el creciente autoritarismo de las élites, que lleva décadas en marcha, sino la alianza paradójica de estas élites con el malestar experimentado por los sujetos precarizados, humillados y desesperados. Esa alianza no es simplemente el fruto de una “manipulación” vertical (bulos, fake news, conspiranoias) ni se puede, por tanto, revertir con “explicaciones correctas” (pero igualmente verticales) desde una pedagogía progresista.

Hay una cuestión de cuerpos, de vínculos horizontales entre los cuerpos y los relatos. ¿De qué está hecha esa alianza y ese vínculo? ¿Por qué los discursos más disparatados prenden en el cuerpo y los afectos de los sujetos en principio menos interesados en la victoria de las ultraderechas? La reflexión antropológica sobre la política permite hacerse estas preguntas en serio, más allá de las respuestas prêt-à-porter (disponen de más dinero y más medios de comunicación, etc.).

Me distancio, sin embargo, de Santiago Alba en su llamamiento a “resistir” la mutación antropológica en marcha. Resistir es hacer pie en algo que aún aguanta y desde ahí ofrecer un obstáculo a la corriente dominante. Podemos encontrar un “puerto”, dice Santi, donde refugiarnos del naufragio civilizacional, recuperar quizá aún el “auto-control” y despertar nuevamente al sentido común. Recuperar la forma humana frente al devenir-caníbal, depredador y brutalista que amenaza hoy con llevárselo todo por delante.


De la globalización del brutalismo.

Pero me pregunto: ¿adónde deberíamos regresar? ¿No está el mundo desde hace 50 años (de neoliberalismo) incubando este mal? Aquí se abre una discusión sobre las fechas y los procesos, sobre la historización de nuestro presente. La transformación molecular fascista, en mi opinión, es un precipitado de medio siglo de políticas neoliberales: destrucción de la democracia como espacio abierto al conflicto igualitario, destrucción de los espacios comunes de encuentro y conversación, destrucción de la capacidad y el deseo de los sujetos de convivir con el otro diferente. Separación forzada entre los cuerpos, por decirlo con palabras de Alba Rico, quien por lo demás ha descrito este proceso en sus numerosos libros.




Ese “naufragio civilizacional” al que podemos vincular el desastre presente tiene ya varias décadas. El antídoto al mal nunca residió en las formas instituidas (democracia electoral, espacio público, ciudadanía), porque la ley siempre tuvo truco como nos enseñó a leer Kafka, sino en las potencias instituyentes que elaboraban los malestares legítimos en términos de más igualdad, de más espacios de participación auténtica, de más vínculo social entre sujetos heterogéneos. La democracia electoral se disparó un tiro en el pie al hacer de todos los “elementos ingobernables” su principal enemigo.




Escuchar en la vida cotidiana el “devenir caníbal”, advertirlo en las mínimas conversaciones, en las opiniones más disparatadas, sí, pero sin olvidar de dónde viene.

No de una distorsión cognitiva que podamos corregir con más ilustración, con más información y más datos, con más pedagogía progresista, sino de una experiencia de los cuerpos neoliberalizados durante medio siglo.

Una experiencia masiva de soledad, de humillación, de desesperación, a la que el gobierno progresista da tantísimas veces la espalda (“la economía va como un moto”) y con la que sin embargo la extrema derecha sintoniza.

No deberíamos tomarnos más en serio la impugnación radical del orden de cosas (enfado, rabia, impotencia) que está en la base de la transformación molecular ultraderechista? Y para escucharla, ¿no hay que entenderla, compartirla? No, por supuesto, la explicación que se monta sobre la experiencia del malestar, los delirios y las alucinaciones que llevan a miles de personas a adherirse a políticas que devastarán aún más el mundo, sino la legitimidad del malestar que le sirve de suelo material y sensible.

¿Se puede entender sin escuchar? ¿Se puede escuchar lo que no nos da la razón? ¿Cuánta impureza podemos soportar?

Resistir, contener, encontrar un puerto, me temo que (a la larga) está abocado al fracaso. Hay que pensar a fondo a qué está dando salida (una falsa salida, una trampa) la extrema derecha. No simplemente defender la humanidad que somos frente a la monstruosidad que viene, sino entender cómo la monstruosidad en marcha arraiga en los dispositivos instituidos de producción de la humanidad que somos.

No se trata de “resistencia” como capacidad de aguante en una trinchera bien excavada en la tierra, sino en todo caso de resistencia como creación, en el terreno de lo incierto, de lo desconocido, de lo no sabido ya. La creación de una democracia distinta sostenida sobre otra experiencia de los cuerpos, cuerpos que aprendan a decidir, razonar y convivir juntos en la diferencia en lugar de alucinar lo mismo desde su separación, otra experiencia que produzca otra humanidad. Un puerto, sí, pero flotante, móvil, inestable y sin anclajes, que no se distingue del mar.


Fuente: Ctxt

martes, 26 de agosto de 2025

La oleada de incendios propaga el ecofascismo

 

 Por Alberto Mesas   
      Periodista por la Universidad Complutense de Madrid especializado en temas sobre migraciones, derechos humanos y Balcanes occidentales.



Cómo las ultraderechas europeas, Vox y un sector del PP han evolucionado del negacionismo climático a un falso ecologismo nacionalista que justifica la xenofobia



     España se quema. Está siendo el peor verano de incendios en nuestro país en los últimos 30 años. Las decenas de fuegos propagados durante el último mes y medio ya han calcinado más de 300.000 hectáreas, dejando al menos cuatro muertos, más de 30.000 personas evacuadas y multitud de casas y bosques carbonizados.

Esta tragedia también se está utilizando como arma política entre el Gobierno central y los ejecutivos autonómicos de las comunidades autónomas más afectadas (Galicia, Castilla y León y Extremadura), donde gobierna el PP, en algunos casos con el apoyo de Vox.


Miembros de la UME trabajan para frenar un fuego en Caminomorisco -Cáceres-, el pasado 1 de agosto.

Sin embargo, la disputa verbal sobre la logística y los efectivos desplegados, las carencias de medios técnicos para extinguir el fuego o la precariedad del personal de emergencias se ha extendido al terreno de la narrativa sobre el cambio climático. Vox no ha dudado en culpar de los incendios al “fanatismo climático” y a la Agenda 2030, y el PP también ha contribuido a construir el discurso antiecologismo difundiendo bulos y desinformación.

Ambos partidos, a través de figuras como Javier Ortega Smith o Isabel Díaz Ayuso, han asegurado que “las agendas ideológicas” prohíben limpiar montes, márgenes de ríos o desbrozar, algo que queda desmentido por el Artículo 48 de la Ley de montes. En 2019 Vox se negó a firmar una declaración institucional que relacionaba los incendios con el cambio climático tras alegar que tenía un “enfoque ideológico”.

Del negacionismo al ecofascismo

El cambio climático, como el feminismo, la violencia machista o la inmigración, es uno de los ejes del discurso reaccionario de la extrema derecha en todo el mundo. Ante la evidencia científica, los partidos ultra han dejado atrás el negacionismo simplista para reorientar la narrativa climática hacia el nacionalismo excluyente.

En este nuevo marco se sustituye la negación por la apropiación de discursos aparentemente verdes que legitiman políticas de jerarquización de la ciudadanía (los españoles primero) y de cierre de fronteras, desplazando el debate ecológico hacia el terreno de la identidad nacional. Así, las aduanas y la cultura se presentan como barricadas protectoras del medioambiente frente a la “saturación” que provocaría lo extranjero.

Otra de las estrategias de la extrema derecha para desplazar el foco de la amenaza climática es culpar al ecologismo por las consecuencias de diversos problemas sociales, como los incendios en España. Hace unos años, el líder del Partido Nacional Británico llegó a responsabilizar a los parques eólicos de la muerte por hipotermia de las personas mayores, y en Alemania el partido neonazi AfD acusó a las políticas verdes de aumentar el desempleo en sectores tradicionales.

El ecofascismo enfatiza la protección del “ecosistema nacional” frente a supuestas amenazas externas. Este discurso ha permitido a partidos de ultraderecha presentarse como defensores del medioambiente y del campo, pero circunscribiendo su visión al nacionalismo, no al ecologismo y la protección del entorno. El origen del término se remonta a los años cuarenta, cuando la propaganda nazi adoptó el concepto Blut und Boden (sangre y tierra) para justificar el vínculo entre pureza racial y tierra que romantizaba la vida agraria y la protección ambiental como parte integral de la nación.


Integrantes de Núcleo Nacional haciendo el saludo nazi.

Vox: localismo y xenofobia

En España, el giro del discurso negacionista clásico hacia el nacionalismo ecológico ha sido impulsado por Vox, aunque en los últimos años lo han incorporado diversos sectores del PP. La formación de Santiago Abascal ha adoptado una visión instrumental de la ecología, vinculándola con la defensa del agricultor local y la soberanía hídrica, a la vez que apuesta por una narrativa abiertamente xenófoba.

En el programa de Vox no hay ninguna medida que contemple crear más zonas verdes o reducir la contaminación; únicamente hablan de agricultores españoles, soberanía de los acuíferos y la deportación masiva de migrantes, muchos de los cuales son jornaleros del campo y trabajan en explotaciones agrarias. Hace tan solo unas semanas, Vox propuso la “remigración masiva” de “millones de inmigrantes y sus hijos”, e intentó justificar la medida no solo con argumentos de seguridad, sino también con la defensa de la identidad y la cultura españolas.

Poco a poco el PP ha ido incorporando parte del discurso y las propuestas de Vox a su propio programa, especialmente en materia de migración. El resultado es un discurso híbrido que tiene un gran calado en zonas rurales. Seduce a votantes que están preocupados por la crisis climática, pero les da el marco discursivo de la inmigración como amenaza para los recursos y la cultura locales.

Ecologismo identitario en Europa

En Europa, el discurso ecofascista ha adquirido formas distintas según el contexto nacional, aunque todos comparten la instrumentalización de la crisis climática y ambiental como argumento para justificar políticas antiinmigración.

En Francia, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen también ha mutado del negacionismo a una visión de la ecología como proyecto nacionalista. Le Pen apela a la protección de la producción local frente a la globalización y considera la inmigración como una amenaza tanto identitaria como medioambiental. Miembros del partido, como el eurodiputado Hervé Juvin, han propuesto defender el ecosistema nacional, y presentan la frontera francesa como un elemento “protector” frente al “nomadismo”.

Bajo esta “ecología patriótica” vinculada al localismo y la autosuficiencia, Le Pen ha vertebrado un discurso que impulsa la xenofobia, con la idea central de que sólo la población nacional cuida realmente de la tierra.

Aunque Marine Le Pen no niega abiertamente el cambio climático, varios dirigentes de su partido cuestionan su gravedad o que esté causado por la acción humana. Además, son habituales los ataques a instituciones científicas como el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIEC), a las que acusan de alarmismo. También ignoran políticas de adaptación a un escenario de digitalización y evitan comprometerse a aplicar medidas para reducir emisiones de carbono.

Alternativa por Alemania, tradicionalmente negacionista del cambio climático, también ha evolucionado hacia posiciones proteccionistas basadas en el nacionalismo identitario. Si bien mantienen corrientes reticentes a asumir la crisis climática, varios sectores del partido han empezado a articular la defensa de “los recursos alemanes”. Esto se plasma en su rechazo a políticas migratorias de integración como al Pacto Verde Europeo. Se centran en remarcar que ellos priorizan al ciudadano alemán.

Caso similar es el de Italia, donde la Lega y Fratelli d’Italia han incorporado en su discurso ambiental la protección del agricultor local y la defensa del Made in Italy. El argumento identitario se mezcla con propuestas de soberanía alimentaria, la oposición al Mercado Común Europeo y el rechazo a las migraciones, de nuevo deslizando la idea de que los productos nacionales y las comunidades locales son más sostenibles y respetuosas con el entorno. El ecologismo, por tanto, se utiliza para reforzar la batalla cultural por la identidad italiana y justificar medidas proteccionistas y restrictivas.

En Europa central y oriental, Hungría y Polonia son los mayores referentes de cómo los partidos de extrema derecha asumen el discurso ambiental como parte de su estrategia para legitimar políticas excluyentes. En estos contextos, la protección del medio ambiente se convierte en excusa para exaltar la cultura nacional y culpar a migrantes o países vecinos de la degradación ecológica.

En todos los casos se observa una tendencia a enfocar la sostenibilidad desde la óptica de la “resistencia nacional”, donde la transición verde se convierte en un instrumento para proteger las capacidades nacionales y justificar una política migratoria restrictiva, que impide la entrada bajo supuestos como la “saturación ecológica” o el “agotamiento de recursos”.

Este enfoque contrasta con las políticas climáticas solidarias y redistributivas que apuestan por la justicia global, la cooperación y la equidad socioambiental. Mientras las primeras consolidan barreras y jerarquías de ciudadanía bajo la bandera de la ecología, las segundas defienden que la verdadera sostenibilidad implica un reparto justo de recursos y responsabilidades más allá de las fronteras.

En nombre de la seguridad y el control

El concepto ecobordering sintetiza esta tendencia. Los partidos de extrema derecha presentan el cierre de fronteras y el endurecimiento de las políticas migratorias como medidas de protección, también ambiental, justificando barreras físicas y tecnológicas bajo el pretexto de preservar lo nacional. Organizaciones como Adelphi han documentado los efectos de esta retórica en el entorno europeo actual, subrayando el peligro de que la respuesta climática derive en políticas abiertamente excluyentes bajo una falsa apariencia de sostenibilidad.

En 2021, los expertos británicos Joe Turner y Dan Bailey publicaron un estudio donde constatan esta estrategia de la extrema derecha de vincular las políticas fronterizas rígidas con la protección del medioambiente. Esta idea queda perfectamente resumida en las palabras que Marine Le Pen pronunció en 2019: “El ambientalismo es el hijo natural del patriotismo, que es el hijo natural del arraigo”, y “La mejor preservación del medioambiente es la defensa de las fronteras”.

Un informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente sobre adaptación al clima advierte de que los colectivos más vulnerables (personas mayores, con bajos ingresos o enfermedades) están soportando el mayor peso de los impactos climáticos, desde las olas de calor hasta las inundaciones o los incendios.

Precisamente quienes menos contribuyen a la crisis climática son los más afectados por sus consecuencias. Según un informe de Oxfam y el Stockholm Environment Institute, el 1% más rico produjo más emisiones que el 50% más pobre entre 1990 y 2020. Por lo tanto, es evidente que el proceso no afecta por igual a todos los sectores y clases sociales.

Es lo mismo que concluyen varios estudios del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, o el informe sobre transición ecológica publicado por el Observatorio Transición Justa, que evidencian cómo en todos los ámbitos vinculados al cambio climático se producen importantes desigualdades de género, renta y edad, que se trasladan también al proceso de digitalización. Por ejemplo, sólo una de cada siete personas ocupadas en empleos verdes en España es mujer, mientras que los mayores y quienes viven en situaciones de pobreza sufren con mayor intensidad el impacto de los desastres naturales.


Fuente: Ctxt

lunes, 25 de agosto de 2025

La CIA, el Mossad y Epstein: desentrañando los vínculos de espionaje de la familia Maxwell

 

 Por Alan MacLeod   
      Redactor sénior/Productor de podcasts, @MintPressNews. Principalmente tuitea sobre política de EE. UU., Oriente Medio y Latinoamérica, pero quejarse de los medios corporativos es su pasión.


Ante la creciente especulación sobre la posibilidad de que Trump indulte a Ghislaine Maxwell, convicta por explotación sexual de menores, MintPress presenta a la familia, desde su padre, -magnate de los medios de comunicación y espía de alto nivel para Israel-, sus hermanas -Isabel y Cristina que trabajan para impulsar los intereses de Tel Aviv en Silicon Valley-, sus hermanos -(Kevin e Ian) fundadores de un dudoso pero influyente Think Tank de estudios antiislámicos-, hasta sus sobrinos -con puestos influyentes en el Departamento de Estado y la Casa Blanca-. El clan Maxwell mantiene amplios vínculos con el poder estatal estadounidense e israelí. Esta es su historia.




Liberando a Ghislaine, enterrando los archivos de Epstein

     Crece la especulación sobre la posible liberación inminente de Ghislaine Maxwell. A pesar decir en todos los medios que iba a publicar los Archivos de Epstein, cada vez hay más indicios de que la administración Trump está considerando indultar a la traficante sexual convicta más notoria del mundo.


Ghislaine Maxwell con Jeffrey Epstein.

El mes pasado, Trump (quien ya contempló la idea durante su primer mandato) se negó repetidamente a descartar un indulto, declarando a la prensa: «Puedo hacerlo«. Apenas unos días después, Ghislaine Maxwell fue trasladada a otro estado, a un centro penitenciario de mínima seguridad en Bryan, Texas, una práctica sumamente inusual. Generalmente, ni las mujeres condenadas por delitos sexuales, ni aquellas con más de 10 años restantes de condena tienen permitido ser trasladadas a tales centros. La medida desató especulación e indignación a partes iguales.


Donald Trump dijo que los republicanos que creen en las conspiraciones de Epstein son 'estúpidos'.

La decisión de reubicar a Ghislaine Maxwell se produjo después de que alguien —posiblemente una fuente dentro de su propio equipo— comenzara a filtrar pruebas incriminatorias y vergonzosas que vinculaban a Trump con Epstein. Esto incluyó una tarjeta de cumpleaños que Trump le envió a Epstein, con una mujer desnuda dibujada a mano y el texto: «Feliz cumpleaños, y que cada día sea otro maravilloso secreto».

Durante años, Ghislaine Maxwell ayudó a su socio Jeffrey Epstein a traficar con niñas y mujeres jóvenes con fines sexuales, creando así una gigantesca red de delitos sexuales. Entre los socios de Epstein se encontraban multimillonarios, científicos, famosos y políticos, incluyendo al presidente Trump, a quien consideraba su «mejor amigo«.


El presidente Trump con Jeffrey Epstein en Mar-a-Lago en 1997.

En 2021, dos años después de la misteriosa muerte de Epstein en una prisión de Manhattan, y Ghislaine Maxwell fue declarada culpable de delitos de tráfico y abuso sexual de menores, y posteriormente condenada a 20 años de prisión.

La noticia de que Trump podría liberar a una criminal tan infame conmocionó a sus bases y provocó acusaciones de corrupción flagrante en los medios. «¿Hay alguna razón para indultar a Ghislaine Maxwell aparte de comprar su silencio?», titulaba un artículo en The Hill. Mientras tanto, Tim Hogan, asesor principal del Comité Nacional Demócrata, denunció  la existencia de un «encubrimiento gubernamental en tiempo real«. «El FBI de Donald Trump, dirigido por su leal Kash Patel, omitió el nombre de Trump de los archivos de Epstein, que aún no se han publicado», declaró.

Robert Maxwell: magnate de los medios y agente israelí

Si bien muchos de los crímenes de Ghislaine Maxwell han salido a la luz, son menos conocidos los innumerables vínculos de su familia con la seguridad nacional de Estados Unidos e Israel. Entre ellos, los más importantes son los de su padre, Robert Maxwell, un magnate de los medios de comunicación caído en desgracia y uno de los primeros emprendedores tecnológicos.


La familia Maxwell.

Robert Maxwell, un refugiado judío que huyó de la ocupación hitleriana de su Checoslovaquia natal, luchó por Gran Bretaña contra Alemania. Tras la Segunda Guerra Mundial, utilizó sus conexiones checas para facilitar el suministro de armas al naciente Estado de Israel, armas que les ayudaron a ganar la guerra de 1948 y a llevar a cabo la Nakba, la limpieza étnica de casi 800.000 palestinos.

Los biógrafos de Robert Maxwell, Gordon Thomas y Martin Dillon, escriben que fue reclutado por primera vez por la inteligencia israelí en la década de 1960 y comenzó a comprar corporaciones tecnológicas israelíes. Israel utilizó estas empresas y su software para llevar a cabo espionaje y otras operaciones clandestinas en todo el mundo.

Robert Maxwell amasó un vasto imperio empresarial de 350 empresas que empleaban a 16.000 personas. Era propietario de diversos periódicos, como The New York Daily News, el Daily Mirror británico y el israelí Maariv, además de algunas de las editoriales de libros y publicaciones científicas más influyentes del mundo.

Con el poder empresarial llegó el poder político. Fue elegido para el Parlamento británico en 1964 y contaba entre sus amigos más cercanos al secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, y al primer ministro soviético, Mijaíl Gorbachov.

Utilizó esta influencia para promover los intereses israelíes,  vendiendo software israelí de inteligencia a Rusia, Estados Unidos, Reino Unido y muchos otros países. Este software incluía una puerta trasera israelí secreta que permitía a la agencia de inteligencia israelí, el Mossad, acceder a información clasificada recopilada por gobiernos y agencias de inteligencia de todo el mundo.

Al mismo tiempo que ampliaba sus capacidades de espionaje, Israel desarrollaba un programa secreto de armas nucleares. Este proyecto fue desenmascarado por el activista pacifista israelí Mordechai Vanunu, quien, en 1986, filtró pruebas a la prensa británica. Robert Maxwell, uno de los magnates de la prensa más poderosos de Gran Bretaña, espió a Vanunu, y envió  fotografías y otra información confidencial a la Embajada de Israel. Esta información de inteligencia permitió al Mossad llevar a cabo el secuestro internacional de Vanunu y a su posterior encarcelamiento.

Su muerte también estuvo rodeada de controversia, similar a la de Epstein. En 1991, el cuerpo sin vida de Robert Maxwell fue encontrado en el océano, en lo que las autoridades calificaron como un extraño accidente en el que el magnate se cayó de su lujoso yate. Hasta el día de hoy, sus hijos no se ponen de acuerdo sobre si creen que fue asesinado.

Los rumores de que Robert Maxwell había actuado, durante décadas, como un «superespía» israelí quedaron prácticamente confirmados con el suntuoso funeral de Estado que recibió en Jerusalén. Su cuerpo fue enterrado en el Monte de los Olivos, uno de los lugares más sagrados del judaísmo, el lugar desde el que se dice que Jesús ascendió al cielo.

Prácticamente toda la élite israelí, tanto del gobierno como de la oposición, asistió al evento, incluyendo a nada menos que seis líderes vivos de los servicios de inteligencia israelíes. El propio presidente Chaim Herzog pronunció el panegírico. También intervino en el evento el primer ministro Yitzhak Shamir, quien declaró: «Robert Maxwell ha hecho más por Israel de lo que hoy se puede decir».

En el Reino Unido, sin embargo, se le recuerda con menos cariño. Hombre de reputación temible, Maxwell dirigió su negocio de medios de comunicación con mano de hierro, al igual que Rupert Murdoch (otro individuo con estrechos vínculos con Israel). Tras su muerte, se supo que había robado más de 500 millones de dólares del fondo de pensiones de sus empleados para rescatar a otras empresas en crisis de su imperio, dejando en ruinas los planes de jubilación de muchos de sus trabajadores. Como comentó el periódico The Scotsman diez años después, en 2001:

Si [Robert Maxwell] fue despreciado en vida, fue odiado en su muerte cuando se supo que había robado 440 millones de libras del fondo de pensiones de Mirror Group Newspapers. Fue, oficialmente, el mayor ladrón de la historia criminal británica.

Isabel Maxwell: La mujer de Israel en Silicon Valley

Incluso antes de su publicación, Isabel Maxwell —hija de Robert y hermana mayor de Ghislaine— logró obtener una copia de la biografía de Thomas y Dillon sobre su padre. Inmediatamente voló a Israel, según informó The Times de Londres , donde se encontró con un «amigo de la familia» y subdirector del Mossad, David Kimche. Estas acciones no sirvieron para contrarrestar la afirmación central del libro: que su padre era, en efecto, un «superespía» israelí de alto nivel.

Isabel Maxwell ha disfrutado de una larga y exitosa trayectoria en la industria tecnológica. En 1992, junto con su hermana gemela, Christine, fundó una empresa que desarrolló uno de los primeros motores de búsqueda de internet.

Sin embargo, tras el escándalo de las pensiones de su padre, ella y sus hermanos se centraron en reconstruir cada faceta del derrumbado imperio empresarial de su padre. Las hermanas vendieron el motor de búsqueda, obteniendo enormes beneficios.

Como señaló el medio israelí Haaretz, en 2001 Isabel Maxwell decidió dedicar su vida a promover los intereses del Estado de Israel, prometiendo «trabajar solo en asuntos relacionados con Israel», ya que «cree en Israel»Descrita por la experiodista de MintPress y reportera de investigación Whitney Webb como «la puerta trasera de Israel a Silicon Valley«, se ha convertido en una embajadora clave del país en el mundo tecnológico.

Isabel Maxwell se ha forjado un nicho único para sus intereses como enlace entre empresas israelíes que están en sus primeras etapas de desarrollo, e inversores privados en Estados Unidos. Al mismo tiempo, ayuda a empresas estadounidenses interesadas en abrir centros de desarrollo en Israel”, el periódico económico local Globes escribió:Tiene una vida intensa, incluyendo innumerables vuelos entre Tel Aviv y San Francisco”.

Israel es conocido por ser la fuente principal y más controvertida del mundo del software espía y las herramientas de piratería informática; herrramientas que son utilizadas por gobiernos represivos de todo el mundo para vigilar, acosar e incluso asesinar a opositores políticos. Esto incluye el infame software Pegasus, utilizado, por ejemplo, el gobierno de Arabia Saudita para rastrear al periodista del Washington Post, Jamal Khashoggi, antes de asesinarlo en Turquía.




Isabel Maxwell construyó sobre las conexiones políticas de su padre. «Mi padre fue una gran influencia en mi vida. Fue un hombre muy competente y logró muchas de sus metas. Aprendí mucho de él y he adaptado muchas de sus costumbres», dijo. Lo que incluye desarrollar vínculos estrechos con numerosos líderes israelíes, entre ellos Ehud Olmert y Ehud Barak, uno de los colaboradores más cercanos de Jeffrey Epstein.

Durante la década de 2000, participó regularmente en la Conferencia de Herzliya, una reunión anual a puertas cerradas de los más importantes funcionarios políticos, de seguridad e inteligencia de Occidente, además de ser una “pionera tecnológica” en el Foro Económico Mundial.

También fue incluida en la junta directiva del Centro Shimon Peres para la Paz y la Innovación, financiado por el gobierno israelí , y de los Amigos Americanos del Centro Yitzhak Rabin para Estudios de Israel, dos organizaciones estrechamente asociadas con esos ex primeros ministros israelíes.

En 2001, se convirtió en la directora ejecutiva de iCognito, cargo que aceptó , según sus propias palabras, «porque [la empresa] está en Israel y por su tecnología». Esta tecnología en cuestión tenía como objetivo proteger a los niños en línea, algo sumamente irónico, dado que su hermana traficaba y abusaba sexualmente de menores durante ese período.

Isabel Maxwell era una persona mucho más seria y competente que Ghislaine. Como señaló Haaretz:

Mientras su hermana menor, Ghislaine, protagoniza las columnas de chismes tras desayunar con Bill Clinton o por sus vínculos con otro amigo íntimo, el príncipe Andrés de Gran Bretaña, Isabel Maxwell quiere mostrar fotos tomadas con el gran muftí de Egipto, o con beduinos en una tienda de campaña, o de visitas a un campo de refugiados de Gaza.

En 1997, Isabel Maxwell fue nombrada presidenta de la empresa israelí de seguridad tecnológica Commtouch. Gracias a sus contactos, Commtouch logró captar inversiones de muchas de las figuras más destacadas de Silicon Valley, entre ellas Bill Gates, estrecho colaborador de la familia Maxwell y del propio Jeffrey Epstein.

Christine Maxwell: ¿Financiada por Israel?

La hermana gemela de Isabel, Christine Maxwell, no se queda atrás. Veterana de las industrias editorial y tecnológica, cofundó con su hermana la firma de análisis de datos Chiliad. Como directora ejecutiva, ayudó a supervisar la producción de una enorme base de datos antiterrorista que la compañía vendió al FBI durante el auge de la Guerra contra el Terror. El software ayudó a la administración Bush a tomar medidas enérgicas contra los musulmanes estadounidenses y a socavar las libertades civiles en Estados Unidos tras el 11-S y la Ley Patriota. Hoy, es la líder y cofundadora de otra corporación de big data, Techtonic Insight .

Al igual que su hermana y su padre, Christine Maxwell mantiene una estrecha relación con el Estado de Israel. Actualmente es investigadora del Instituto para el Estudio del Antisemitismo y la Política Global (ISGAP), donde, según su biografía,

Trabaja para promover la investigación académica innovadora que aprovecha las tecnologías facilitadoras para potenciar la comprensión proactiva y combatir los grandes peligros del antisemitismo contemporáneo, y mejorar la relevancia continua del Holocausto para el siglo XXI y más allá.

La junta directiva de ISGAP está compuesta por un selecto grupo de funcionarios de seguridad nacional israelíes. Entre ellos se encuentran Natan Sharansky, exministro del Interior y viceprimer ministro de Israel, y la general de brigada del ejercito israelí Sima Vaknin-Gil, exjefa de la censura militar israelí y directora general del Ministerio de Asuntos Estratégicos y Diplomacia. También forma parte de la junta directiva Alan Dershowitz, el abogado de Jeffrey Epstein.

Este think tank fue clave en la decisión del gobierno estadounidense de reprimir las protestas de Gaza de 2024 en campus universitarios de todo el país. El grupo elaboró ​​informes que vinculaban a líderes estudiantiles con organizaciones terroristas extranjeras y promovió afirmaciones dudosas  sobre una ola de antisemitismo que invadía las universidades estadounidenses. Christine Maxwell se reunió frecuentemente con líderes demócratas y republicanos, a quienes instó a «investigar» (es decir, reprimir) a los líderes de las manifestaciones.

ISGAP ha advertido continuamente sobre la influencia extranjera en los campus estadounidenses, elaborando informes y celebrando seminarios  que detallan el supuesto control de Qatar sobre el sistema de educación superior de Estados Unidos y vinculándolo con el creciente sentimiento antiisraelí entre la juventud estadounidense.

Sin embargo, si ISGAP deseara investigar otras operaciones de influencia de gobiernos extranjeros, no tendría que buscar mucho, ya que sus propios fondos provienen, en su inmensa mayoría, de una sola fuente: el Estado israelí. En 2018, una investigación reveló que el Ministerio de Asuntos Estratégicos de Israel (entonces dirigido por la propia general de brigada Vaknin-Gil) canalizó 445.000 dólares a ISGAP, una suma que representaba casi el 80 % de sus ingresos totales de ese año. ISGAP no divulgó dicha información ni al público ni al gobierno federal.

En el punto álgido de la preocupación por la injerencia extranjera en la política estadounidense, la noticia apenas se publicó. Desde entonces, el gobierno israelí ha seguido financiando al grupo ISGAP con millones de dólares. En 2019, por ejemplo, les aprobó una subvención de más de 1,3 millones de dólares. Por lo tanto, como miembro de la organización, Christine Maxwell es la beneficiaria directa de los fondos del gobierno israelí.

Maxwells de tercera generación: trabajando en el gobierno de Estados Unidos

Si bien las hijas de Robert Maxwell estuvieron cerca del poder estatal, algunos miembros de la tercera generación de la familia han ocupado cargos dentro del propio gobierno estadounidense. Poco después de graduarse de la universidad, Alex Djerassi (el único hijo de Isabel Maxwell) fue contratado por Hillary Clinton en su campaña presidencial de 2007-2008. Djerassi redactó memorandos, informes y documentos de política para el equipo de Clinton y la ayudó a prepararse para más de 20 debates.

Las familias Clinton y Maxwell están estrechamente entrelazadas. Ghislaine Maxwell  se fue de vacaciones con la hija de Hillary, Chelsea, y tuvo una presencia destacada en su boda. Tanto ella como Jeffrey Epstein fueron invitados varias veces a la Casa Blanca de Clinton. Mucho después del encarcelamiento de Epstein, el presidente Bill Clinton invitó a Ghislaine Maxwell a una cena íntima con él en un exclusivo restaurante de Los Ángeles.

Aunque Hillary Clinton fracasó en su intento por llegar a la Casa Blanca, el presidente Obama la nombró como su Secretaria de Estado, y una de sus primeras medidas fue incorporar a Djerassi (hijo de Isabel Maxwell) a su equipo. Rápidamente ascendió de rango, convirtiéndose en Jefe de Gabinete de la Oficina del Subsecretario de Estado, Oficina de Asuntos del Cercano Oriente. En este puesto, se especializó en el desarrollo de la política estadounidense hacia Israel e Irán, aunque también trabajó en la ocupación estadounidense de Irak y acompañó a Clinton en sus visitas a Israel y el mundo árabe.

Durante su estancia en el Departamento de Estado, se desempeñó como representante del gobierno estadounidense ante las Conferencias de los Amigos de Libia y los Amigos del Pueblo Sirio. Estas eran dos organizaciones de grupos radicales y belicistas que buscaban el derrocamiento de ambos gobiernos y su reemplazo por regímenes afines a Estados Unidos. Washington logró lo que quería. En 2011, el líder libio, el coronel Gadafi, fue derrocado, asesinado y reemplazado por caudillos islamistas. Y en diciembre pasado, el veterano presidente sirio, Bashar al-Assad, huyó a Rusia y fue reemplazado por el fundador de Al Qaeda en Siria, Abu Mohammad al-Jolani.

Posteriormente, Djerassi fue nombrado personal asociado al think tank Carnegie Endowment for Peace, financiado por el gobierno estadounidense. Durante su estancia allí, se especializó de nuevo en política para Oriente Medio. Su biografía indica que «trabajó en temas relacionados con la democratización y la sociedad civil en el mundo árabe, las revueltas árabes y la paz entre israelíes y palestinos». Actualmente, trabaja en Silicon Valley.

Aunque la fortuna de Djerassi estaba ligada a la facción Clinton del Partido Demócrata, su primo Xavier Malina (el hijo mayor de Christine Maxwell) respaldó al caballo correcto, trabajando en la campaña presidencial de Obama-Biden de 2008.

Su buen trabajo fue recompensado con un puesto en la propia Casa Blanca, donde se convirtió en asistente de personal en la Oficina Ejecutiva del Presidente. Al igual que su primo, una vez finalizado su mandato, Xavier Malina también consiguió un puesto en la Fundación Carnegie para la Paz antes de emprender una carrera en el mundo tecnológico, trabajando durante muchos años en Google en el Área de la Bahía. Actualmente trabaja para Disney.

Si bien las acciones de padres y abuelos no deberían determinar las carreras de generaciones posteriores, el hecho de que dos individuos que provienen de una familia multigeneracional de espías y agentes impenitentes de una potencia extranjera hayan conseguido puestos en el centro del Estado de Estados Unidos es al menos digno de mencionar.

Los hermanos Maxwell: de la bancarrota al contraterrorismo

Gran parte del clan Maxwell es muy influyente en la política estadounidense e israelí. Sin embargo, los hermanos Ian y Kevin también tienen una influencia considerable en los asuntos de su natal Gran Bretaña.

Aunque ambos fueron absueltos de los cargos por las acusaciones generalizadas de que ayudaron a su padre, Robert, a saquear más de 160 millones de dólares del fondo de pensiones de sus empleados, los hermanos mantuvieron un perfil bajo durante muchos años. Kevin, en particular, era conocido por poco más que ser la persona mas arruinada de la historia de Gran Bretaña, con deudas que superaban los 500.000 millones de dólares.

Sin embargo, en 2018 lanzaron Combating Yihadist Terrorism and Extremism (CoJiT), un controvertido Think Tank que promueve un enfoque gubernamental mucho más invasivo y autoritario frente a la cuestión del Islam radical.

En el libro de su organización, «Terrorismo yihadista: Nuevas amenazas, nuevas respuestas«, Ian escribe que CoJiT se creó para desempeñar un papel catalizador en el diálogo nacional y para responder a las preguntas difíciles que surgen del tema. A juzgar por el contenido del resto del libro, esto implica impulsar una vigilancia aún más exhaustiva de las comunidades musulmanas.

En Gran Bretaña, CoJiT era una organización muy influyente. Su consejo editorial y sus colaboradores son una élite de altos funcionarios estatales. Entre los participantes de su conferencia inaugural en Londres en 2018 se encontraban Sara Khan, Comisionada Principal del gobierno para la Lucha contra el Extremismo, y Jonathan Evans, exdirector general del MI5, la agencia de inteligencia nacional británica.

Como tantos proyectos de Maxwell, CoJiT parece haber cerrado sus asuntos. La organización no ha actualizado su sitio web ni publicado nada en sus redes sociales desde 2022.

Para ser justos, en los últimos años, los hermanos han tenido otras prioridades, liderando la campaña para liberar a su hermana Ghislaine Maxwell de la cárcel, insistiendo en su absoluta inocencia. Sin embargo, de forma similar a la de Robert Maxwell, parece que Kevin podría no haber pagado a la defensa; en 2022, los abogados de Maxwell lo demandaron, reclamando honorarios impagos por casi 900.000 dólares.

El infame Sr. Epstein

Durante años, Ghislaine Maxwell y Jeffrey Epstein dirigieron una red de tráfico sexual que explotaba a cientos de niñas y mujeres jóvenes. Además, estaban conectados con vastas redes de la élite mundial, incluyendo a empresarios multimillonarios, miembros de la realeza, académicos famosos y líderes extranjeros, entre sus conocidos más cercanos, lo que generó intensas especulaciones sobre el alcance de su participación en sus numerosos delitos.


La hija de Robert Maxwell, Ghislaine, era su "niña de oro".

Aún no está claro cuándo Epstein se reunió por primera vez con los Maxwell; algunos alegan que Robert Maxwell lo reclutó para la inteligencia israelí. Otros afirman que la relación solo comenzó después de la muerte de Robert, cuando salvó a la familia de la penuria tras sus problemas financieros.

Tan solo un mes después de su arresto en 2019, Epstein fue encontrado muerto en su celda de la prisión de Nueva York. Su muerte fue declarada oficialmente un suicidio, aunque su familia ha rechazado esta interpretación.

Quizás las dos personas más poderosas en el círculo de confidentes de Epstein fueron los presidentes Bill Clinton y Donald Trump. Clinton, ya conocido por las numerosas acusaciones de conducta sexual inapropiada en su contra, es conocido por haber volado al menos 17 veces en el jet privado de Epstein, apodado el «Lolita Express», y fue acusado por Virginia Giuffre, una víctima de Epstein, de visitar la isla Little St. James, la residencia privada del multimillonario en el Caribe, donde cometió muchos de sus peores crímenes.

Trump, posiblemente, se acercaba aún más al financiero caído en desgracia. «Conozco a Jeff desde hace quince años. Es un tipo estupendo«, dijo en 2002. «Es muy divertido estar con él. Incluso dicen que le gustan las mujeres hermosas tanto como a mí, y muchas son jóvenes. Sin duda«. Al igual que Clinton, Trump viajó en el Lolita Express. Epstein asistió a su boda con Marla Maples en 1993 y afirmó haberle presentado a su tercera esposa, Melania.

Desafortunadamente, si bien los vínculos de Epstein incriminan a todo el espectro político, su cobertura mediática se ha enmarcado a menudo como un asunto partidista. Un estudio de MintPress sobre más de un año de cobertura de Epstein en MSNBC y Fox News reveló que cada cadena minimizó sus conexiones con el presidente de su preferencia, mientras que enfatizó y destacó los vínculos con el líder del otro partido mayoritario. Como resultado, muchos en Estados Unidos ven el asunto como una crítica a sus rivales políticos, en lugar de al sistema político en su conjunto.

También queda la cuestión de los vínculos de Epstein con los servicios de inteligencia, algo sobre lo que se ha especulado abiertamente en los medios durante décadas, incluso años antes de que se hicieran públicas las acusaciones en su contra. A lo largo de la década de 1990, como señaló la biógrafa de Epstein, Julie K. Brown, se jactó abiertamente de trabajar tanto para la CIA como para el Mossad, aunque la veracidad de sus afirmaciones sigue en duda. Como escribió el Sunday Times británico en 2000: «Es el Sr. Enigmático. Nadie sabe si es concertista de piano, promotor inmobiliario, agente de la CIA, profesor de matemáticas o miembro del Mossad». Es posible que haya al menos una pizca de verdad en todas estas identidades.

Epstein se reunió con el subsecretario de Estado estadounidense, William Burns, tres veces en 2014. Burns sería posteriormente nombrado director de la CIA. Sin embargo, la cercanía de Burns con Epstein palidece en comparación con la del ex primer ministro, ministro de Asuntos Exteriores y ministro de Defensa israelí, Ehud Barak. Solo entre 2013 y 2017, se sabe que Barak viajó a la ciudad de Nueva York y se reunió con el criminal convicto al menos 30 veces, a veces llegando a su mansión de Manhattan de incógnito o con una máscara para ocultar su identidad.

Numerosas fuentes han comentado sobre las conexiones de Epstein con la inteligencia israelí. Una exnovia y víctima suya, mencionada en documentos judiciales como Jane Doe 200 para ocultar su identidad, testificó que Epstein se jactaba de ser agente del Mossad y que, tras violarla, no pudo acudir a la policía porque su posición como espía la hacía temer por su vida.

Doe creía sinceramente que cualquier denuncia de la violación por parte de quien ella creía que era un agente del Mossad con algunas de las conexiones más singulares del mundo resultaría en daños corporales significativos o la muerte para ella”, se lee en el expediente judicial.

Ari Ben-Menashe, ex alto funcionario de la Dirección de Inteligencia Militar de Israel, afirmó que Epstein era un espía y que él y Ghislaine Maxwell dirigían una operación de seducción en nombre de Israel. Cuatro fuentes anónimas informaron a la revista Rolling Stone que Epstein había colaborado directamente con el gobierno israelí.

Sin embargo, a diferencia de gran parte de la familia Maxwell, sus conexiones con Israel y los servicios de inteligencia se basan principalmente en testimonios y versiones no verificadas. Su único viaje conocido al país fue en abril de 2008 , justo antes de su sentencia, lo que despertó temores de que buscara refugio allí.

Sin embargo, se ha especulado intensamente públicamente sobre la posibilidad de que trabajara para Tel Aviv. En la Cumbre de Acción Estudiantil de Turning Points USA 2025, el expresentador de Fox News, Tucker Carlson, declaró que no hay nada de malo, odioso ni antisemita en preguntar sobre las conexiones extranjeras de Epstein. «Nadie puede decir que el gobierno extranjero es Israel, porque de alguna manera nos han intimidado para que pensemos que eso es una grosería«, dijo, antes de expresar su exasperación por el silencio de los medios sobre el tema.

¿Qué demonios es esto? Tienes al ex primer ministro israelí viviendo en tu casa, has tenido todo este contacto con un gobierno extranjero, ¿trabajabas para el Mossad? ¿Dirigías una operación de chantaje para un gobierno extranjero?

Los comentarios de Carlson provocaron una dura condena del ex primer ministro israelí Naftali Bennett. «La acusación de que Jeffrey Epstein trabajaba de alguna manera para Israel o el Mossad dirigiendo una red de chantaje es categórica y totalmente falsa. La conducta de Epstein, tanto la criminal como la meramente despreciable, no tuvo nada que ver con el Mossad ni con el Estado de Israel», escribió.

Esta acusación es una mentira difundida por personalidades prominentes de internet como Tucker Carlson, que fingen saber cosas que no saben”, añadió, concluyendo que Israel estaba siendo atacado por una “ola viciosa de calumnias y mentiras”.

Sea cual sea la verdad sobre Epstein, es indiscutible que la poderosa familia Maxwell mantiene amplios vínculos con el poder estatal estadounidense, británico e israelí. También es indudable que, si la historia completa de sus actividades llegara a conocerse públicamente, incriminaría a un número significativo de las personas y organizaciones más poderosas del mundo. Quizás por eso Trump, en poco tiempo, ha pasado de prometer la publicación de los Archivos Epstein a la posibilidad de liberar a su cómplice.


Fuente: Rebelión