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lunes, 14 de abril de 2025

‘Adolescence’: el fracaso de la mirada adulta

 

      Filósofo, investigador independiente y activista.


Capítulo a capítulo, asistimos al naufragio de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas


De la inútil mirada ciega.


     ¿Por qué se llama ‘Adolescencia’ cuando retrata fundamentalmente a los adultos? Son ellos los que actúan, los que preguntan, los que hablan. La serie es un espejo del espejo. Los adultos miran a los jóvenes y nosotros les miramos a ellos. ¿Qué podemos ver? Fundamentalmente, la incapacidad para entender. El fracaso de la mirada adulta.


Antonio Alvarez Gordillo, SEVILLA - Alameda de Hercules.

¿Por qué los adultos son incapaces de entender? Porque son incapaces de escuchar. ¿Por qué son incapaces de escuchar? Porque son incapaces de amar. ¿Por qué son incapaces de amar? Porque no tienen tiempo. ¿Y por qué no tienen tiempo? Porque se pasan el día trabajando.

Sin escuchar y entender no es posible cuidar. La serie nos deja desazón y desasosiego al acabar porque nos pone frente a nuestra radical impotencia ante el mal.


Las instituciones adultas


En el primer capítulo vemos desplegarse la maquinaria penal. ¿Qué se nos muestra? La brutalidad policial en la detención de Jamie, el adolescente acusado de homicidio, la humillación a que es sometido en comisaría (la escena del cacheo), la frialdad y la distancia en el trato, la protocolización burocrática obligatoria de todos los comportamientos.

La maquinaria penal no busca entender, sino apresar, acusar, hacer confesar. La verdad que importa aquí no es la verdad humana o subjetiva (“todo lo que diga podrá ser usado en su contra”), sino la verdad penal, la verdad de los hechos, la verdad objetiva. Esa verdad fría exige la frialdad en los procedimientos, el lenguaje del desprecio y la deshumanización.


Presuntos integrantes de las maras encarcelados en una prisión de "alta seguridad" en El Salvador.

La maquinaria penal no está diseñada para comprender, se nos dirá, sino para averiguar y juzgar la verdad de los hechos. Asumamos que sea así, aunque eso vacíe la palabra “reinserción”, pero ¿dónde se comprende entonces? ¿Qué institución trata de entender algo para transformar y conjurar el mal? ¿Será tal vez la Escuela?

En el segundo capítulo la policía se acerca al instituto de Jamie buscando pruebas. La serie nos muestra la Escuela como un espacio completamente desbordado: los profesores corren de un sitio para otro apagando fuegos, apercibiendo a los chicos, tratando de articular algo. Demasiadas urgencias que resolver, demasiadas demandas que atender, demasiada velocidad, demasiada complejidad.


Atender se conjuga en presente.

Saturación, piloto automático, huida hacia adelante. Sin capacidad para ralentizar el tiempo y pensar, sin espacios comunes donde conversar y elaborar, la Escuela se limita a gestionar y contener el caos. Pero tampoco entiende nada. La adolescencia se ha vuelto completamente ilegible para ella. La directora jamás escuchó la palabra ‘incel’.

¿Y la familia? El último capítulo de la serie se adentra en el ámbito familiar de Jamie. El chico se volvió un extraño para sus padres y su hermana, encerrado en los círculos concéntricos del cuarto y la pantalla. Antes, los padres podían tal vez sentarse a ver la tele con sus hijos y conversar sobre lo que veían. Ahora es imposible. No sólo porque los chicos reciban a solas las imágenes, sino porque desconocen sus códigos de significado. Ni saben lo que ven, ni son capaces de entenderlo.

El desencuentro es radical. Capítulo a capítulo, asistimos al fracaso de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. Ni saben, ni pueden, ni quieren. Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas. Como no lo entienden, lo temen. Como lo temen, lo reprimen. Pero al hacerlo sólo agravan el caos.

El comentado plano-secuencia en el que se desenvuelve la serie, ¿no es el procedimiento idóneo para hacernos sentir el bucle ensimismado de la vida adulta? Sin cortes o interrupciones, sin aperturas o pasarelas hacia afuera, las estructuras adultas se han convertido en verdaderos callejones sin salida.


Explicar sin escuchar


¿Qué es lo que las instituciones adultas rechazan escuchar? A las personas singulares y concretas, a cada uno y a cada cual. Son espacios sin sujeto. Los sujetos, en ellas, se vuelven objetos: de vigilancia y castigo, de cálculo y control, de extracción de datos y saber.

El tercer capítulo nos muestra un largo interrogatorio psicológico a Jamie. La psicóloga parece humana, en contraste con el frío burocrático y distante que reina en el centro carcelario de menores. Tal vez tiene buenas intenciones, ganas de empatizar y escuchar, pero identificada con su función y su trabajo, elaborar un informe psicológico exprés para la maquinaria penal, su conversación se convierte en interrogatorio inquisitorial.

Freud inventó la relación analítica como un espacio donde el sujeto podía escucharse a sí mismo, entender algo por sí mismo y cambiarse a sí mismo. La relación analítica, mediada por un afecto de confianza, es una forma de encuentro y conversación. La psicóloga traiciona todo eso. La psicología en general traiciona todo eso cuando se pone el servicio del poder (sanitario, social, educativo) y no del sujeto.

La psicóloga necesita construir un relato. Pregunta desde ahí, escucha desde ahí, conversa desde ahí. No acompaña a Jamie a entenderse a sí mismo, desde sus propias palabras, con el tiempo que necesite, sino que pretende encajarle en un molde. Jamie se resiste con evasivas y gestos airados a las preguntas trucadas, al paripé de la empatía, a la traducción forzada de todo lo que dice. Se resiste a ser explicado.

Los adultos se quedan perplejos en la serie cuando las adolescencias no colaboran con ellos, cuando se encolerizan, cuando se rebelan. Están tan seguros de sí mismos, tan seguros de lo que hacen, tan seguros de que representan el bien... Se dirigen a los chicos como si fuesen inferiores, como si fuesen ganado, como si fuesen monstruos, y se sorprenden cuando los monstruos les muerden.

Explicar sin escuchar es el modo adulto de pensar, repleto de estereotipos. Los estereotipos pre-suponen y pre-juzgan: no hay nada singular que percibir o atender, lo podemos saber todo de antemano, a priori. Así se cancela lo más humano: lo contradictorio, lo complejo, lo impuro, lo imprevisto.

La serie intenta desafiar algunos de nuestros clichés. Jamie, el supuesto incel, no lleva gafotas ni tiene la cara llena de granos, sino que es un chico muy guapo. El padre no es el abusador de menores ni el maltratador de mujeres que estamos esperando. La familia no fracasa por exceso de crueldad, sino por razones bien distintas. La causalidad es siempre múltiple y, en el límite, un misterio singular a sondear cada vez.

No sólo somos el reflejo pasivo de varios condicionamientos (de raza, género o clase), sino también un sujeto singular, un modo particular de habitar las determinaciones, nuestras marcas de origen. Las categorías sociológicas o identitarias se convierten en pesados estereotipos cuando dejan de ser puntos de partida, términos de referencia, para convertirse en puntos de llegada, explicaciones masivas. Entender no es presuponer, estandarizar, sino escuchar el detalle, algo específico.


Escucha, amor y deserción


Escuchar es una palabra hermosa, pero un camino largo y difícil. Escuchamos, para empezar, sólo si no creemos saberlo ya todo. Si confiamos en que el otro tiene algo para decirnos, algo que no sabemos, algo que queremos o necesitamos saber. Pero los adultos saben, creen que lo saben todo, eso precisamente les constituye como adultos en esta sociedad.

Adam, el hijo del policía que lleva el caso de Jamie, se acerca a su padre. Quiere explicarle algunos códigos del lenguaje de internet que a todas luces el padre desconoce. “No soporto verte patinar así”. El padre se come el orgullo y le escucha.

Es tal vez la escena más importante de la serie, quizá la única donde se rompe el bucle ensimismado en que viven los adultos. Es el chico quien sabe, es el hijo quien tiene algo que enseñarle al padre, son los adolescentes quienes conocen el presente y pueden explicárselo a los adultos.

El policía tiene súbitamente una revelación: no tiene ni idea de quién es su hijo. Le podría pasar exactamente lo mismo que a Jamie, ¿por qué no? También a él le humillan en el colegio, lo ha visto con sus propios ojos. El policía se larga del trabajo y se va con el chico a tomar algo, a conversar, a estar. El amor entre padres e hijos no consiste más que en eso: estar, sin más, regalarse tiempo, acompañarse. Así se escucha, con afecto, en lo informal, sin protocolo.


Microfundamentalismos.

¿De qué se da cuenta repentinamente el policía? Ni más ni menos que de esto: la inutilidad de la policía para frenar el mal. La maquinaria penal ha sido capaz a lo largo de su historia de castigar algunos malos comportamientos, pero nunca podrá detener el mal. El miedo, el único recurso que tiene a mano, no cambia nada de fondo, no previene, no transforma.

Si queremos escuchar, debemos desertar. Eso nos dice la serie. Desertar de todo lo que nos roba el tiempo del afecto, el tiempo de los vínculos, del compartir sin más objetivos. Desde luego la loca exigencia de productividad 24/7 que se nos ha metido dentro, pero también la posición de superioridad que define la condición adulta. Desertar significa sustraer y preservar toda la humanidad posible.

Incluso a un paralítico hay que preguntarle: ¿cuál es tu tormento?”, dice Simone Weil. Esa pregunta define para ella un verdadero vínculo de atención. Cuidar, atender al otro, es preguntar, no presuponer. Abrirse a un diálogo y a una respuesta inesperada, no prejuzgar. Arriesgarse al encuentro, no ponerse todo el rato por encima del otro. Salir del bucle.


El jeroglífico de la atención.

La transmisión inter-generacional no es una carrera de relevos entre padres e hijos, sino un encuentro. En toda la serie nadie habla realmente con Jamie. Nadie se dirige a él como sujeto. Nadie le pregunta cuál es tu tormento. Nadie le presta verdadera atención.

El gobierno de Reino Unido ha anunciado que difundirá la serie gratuitamente en los institutos de todo el país. Me parece una gran iniciativa. Hay que mostrar urgentemente la serie, pero no a los adolescentes, sino a los profesores, los padres, los directores. Ponerla en todos los claustros, en todas las AMPAS, en todos los consejos escolares. Conversar sobre el fracaso de la mirada adulta, empezar la deserción.

La verdadera catástrofe es que todo siga igual.


* Este texto fue escrito tras largas conversaciones sobre la serie con Lula Amir. Lo leyeron, comentaron y discutieron también Álvaro García-Ormaechea, Raquel Mezquita, Lucía Currás, Vanesa Jiménez y Patricia Ruiz. Estar, conversar, pensar.


Fuente: ctxt

jueves, 29 de agosto de 2024

En defensa de la Escuela de Frankfurt

 

Teórico y crítico especializado en la relación entre cultura, nuevos medios de comunicación y política.


La Escuela de Frankfurt, un grupo de teóricos que lidió con la derrota de la izquierda revolucionaria europea, es a menudo malinterpretada. Sus críticos los acusan de oscurantismo y elitismo pero ellos sostenían que era el capitalismo el que oscurecía la realidad.

     Pocos pensadores han sido tan incomprendidos como el grupo de antropólogos, economistas, historiadores, sociólogos y filósofos que llegó a conocerse como la Escuela de Frankfurt. La agrupación hace referencia a la segunda generación de académicos asociados al Instituto de Investigación Social, una academia privada creada para contrarrestar el conservadurismo académico en la Alemania de los años veinte.




El Instituto se preguntaba por qué nunca se produjo la revolución predicha por Karl Marx y se distinguía de otros análisis académicos de la sociedad capitalista por su convicción de que tanto la alta como la baja cultura eran objetos dignos de investigación. Esta investigación, argumentaban, era complementaria a un análisis económico más que una alternativa al mismo. Su experiencia directa del fascismo, como judíos alemanes exiliados de la Alemania nazi en la década de 1930, influyó en su pensamiento, que ofrecía una explicación materialista de la relación entre la explotación capitalista y la dominación racial.

¿Una crítica elitista?


Sin embargo, es difícil superar el aparente distanciamiento de los pensadores de la Escuela de Frankfurt de nuestro tiempo y de la cultura popular en general. Su famosa segunda generación (que incluía a Theodor Adorno, Walter Benjamin, Erich Fromm, Max Horkheimer y Herbert Marcuse) procedía de entornos burgueses industriales privilegiados y escribió tratados académicos célebremente enrevesados. Sus críticos, no sin razón, les acusaron de oscurantismo, elitismo cultural, liberalismo e incluso de connivencia con el Estado.

La última de estas acusaciones es la que se ha mantenido con más tenacidad, a pesar de ser la menos plausible. Durante el periodo de entreguerras y la guerra, Marcuse trabajó para la Oficina de Servicios Estratégicos de Estados Unidos, organización precursora de la CIA. Los críticos, escribió Marcuse a Jürgen Habermas en la década de 1960, «parecen haber olvidado que la guerra era una guerra contra el fascismo». Dentro de ese contexto, ayudar a Estados Unidos no era un crimen por el que tuviera «la más mínima razón para avergonzarse».


Jürgen Habermas

Del mismo modo, Adorno escribió para varias revistas que recibieron financiación encubierta de la CIA en la posguerra, como la alemana Der Monat, la británica Encounter y la italiana Tempo Presente, aunque ninguna de ellas contradecía las posiciones públicas de Adorno, siendo su principal objetivo contrarrestar las corrientes totalitarias.

Mientras que la acusación de connivencia con la CIA puede desestimarse fácilmente, las de oscurantismo, elitismo, criptoliberalismo y antiactivismo son más difíciles de rebatir. Estas acusaciones se dirigen con más frecuencia contra Adorno, sobre todo porque se ha convertido en el más citado de su grupo de colegas. Incluso como estudioso de Adorno, a veces me cuesta defenderlo. Después de todo, favorecía las formas artísticas de élite frente a la cultura burguesa, detestaba el jazz, daba prioridad a la teoría frente a la praxis política y, en una ocasión, llamó a la policía para que detuviera a sus propios alumnos mientras ocupaban su facultad.


Theodor W. Adorno

Abstracciones capitalistas


En una entrevista televisiva de 1977 con el filósofo Bryan Magee, Marcuse calificó a Adorno de «genio», que hablaba con frases totalmente formadas, «listas para imprimir», para afirmar más tarde en la misma entrevista que él mismo no siempre entendía del todo la prosa de Adorno. Tal contradicción refuerza la sospecha, ampliamente extendida tanto en los círculos populistas de derechas como en los activistas de izquierdas, de que los teóricos críticos prefieren la mística de la oscuridad académica a la claridad textual. La cuestión de la claridad, sin embargo, era algo más complicada para Adorno, que veía la naturaleza fragmentaria de su propia escritura como una respuesta a la fragmentación de la sociedad capitalista tardía.

El capitalismo tiende a la homogeneización de las formas culturales y, al mismo tiempo, fragmenta la vida laboral, social y doméstica. En la introducción a Minima Moralia de Adorno —un libro compuesto íntegramente por textos aforísticos breves y subtitulado «Reflexiones desde la vida dañada»—, el filósofo afirma que para expresar adecuadamente las condiciones sociales hay que rechazar la coherencia formal. Su esperanza, por ambiciosa que parezca, era que la fragmentación del texto pusiera al descubierto la falsa armonía de la sociedad de consumo.

Esta tendencia a la fragmentación también puede apreciarse en la preferencia de Adorno por el arte abstracto, eterno blanco de las acusaciones de elitismo cultural tanto desde la izquierda como desde la derecha. El estalinismo mantuvo una actitud profundamente hostil hacia la vanguardia rusa, prefiriendo en su lugar el realismo social. Los nazis, por supuesto, dedicaron exposiciones al «arte degenerado». Lo que «no se puede entender (…) sino que necesita algún pretencioso libro de instrucciones para justificar [su] existencia nunca volverá a encontrar [su] camino hacia el pueblo alemán», dijo Hitler acerca de la pintura expresionista y abstracta.

La distancia percibida entre el arte abstracto y la realidad amenazaba la idea reaccionaria del orden social. Sin embargo, Adorno sostenía que era el capitalismo el que causaba y aceleraba el alejamiento de la naturaleza, un fenómeno que tenía sus raíces en la tendencia de la humanidad hacia el pensamiento identitario, es decir, la necesidad de controlar la naturaleza categorizándola e identificándola.

La segunda generación de la Escuela de Frankfurt vio en ese extrañamiento una de sus principales preocupaciones teóricas. Tenían experiencia de primera mano: la primera mitad del siglo XX fue testigo tanto de las sociedades más desarrolladas que jamás han existido como del advenimiento de guerras mundiales, desplazamientos masivos, genocidios y los albores de la era nuclear, tragedias que mostraron los lados utópico y distópico de la modernidad.

La respuesta de la Escuela de Frankfurt fue cuestionar la idea de que el progreso celebrado por la sociedad liberal fuera tan completo como parecía. La transición de la primera naturaleza —la esfera del instinto animal y la biología— a la segunda naturaleza —el lenguaje y la cultura— distaba mucho de ser completa. A pesar de las mejores intenciones del pensamiento de la Ilustración y de la ciencia primitiva de mediar entre la humanidad y la naturaleza a través de la investigación racional, el capitalismo industrial tenía los dientes y las garras rojos en un grado demostrablemente mayor que la propia naturaleza. Era razonable, argumentaba Adorno, desarrollar un sano escepticismo hacia las promesas de la Ilustración porque «ninguna historia universal conduce del salvajismo al humanitarismo, pero sí hay una que lleva de la honda a la bomba de megatones».

La cruel ironía de la modernidad es que la sociedad industrial surgió para resistir la inevitable atracción de la vida humana hacia la muerte y, sin embargo, creó amenazas letales de un nuevo tipo. Esto no solo significaba enfermedad y necesidad, sino también tendencias destructivas hacia la violencia, que los humanos son capaces de infligirse a sí mismos y a los demás (lo que Sigmund Freud, la influencia más fuerte en la Escuela de Frankfurt aparte de Marx, denominó «pulsión de muerte»). Pero en lugar de escapar de nuestra destructividad, la modernidad dotó a los seres humanos de capacidades más letales para el daño propio y ajeno. Desde las trincheras de la Primera Guerra Mundial hasta Hiroshima y Nagasaki, los seres humanos han demostrado ser capaces de infligir la muerte a una escala sin precedentes.

Dialéctica de la Ilustración


Esta dialéctica de la Ilustración fue observada por las principales figuras de la Escuela de Frankfurt, que la relacionaron con un creciente sentimiento de malestar cultural. No solo la sociedad industrial había producido nuevas formas de sufrimiento humano, sino que la reproducción industrial del arte lo despojaba de su vocación casi espiritual. Al analizar la transformación de la subjetividad humana, Marcuse se refirió a la «unidimensionalidad» de la vida en el periodo de posguerra, argumentando que en el contexto del abandono de formas trascendentes de significado, los consumidores se acomodaron en la aceptación de satisfacciones débiles de sus deseos reales.


Herbert Marcuse

Al igual que Adorno, Marcuse consideraba que uno de los mayores trucos de una sociedad industrial avanzada era hacer sentir a los ciudadanos y consumidores que elegían felizmente su sometimiento (y una realización inferior de su deseo). Podemos observar esta tendencia hoy en día entre los usuarios de Internet que buscan la adoración de los seguidores en lugar de la amistad en la vida real, subordinándose a los estereotipos transmitidos a través de las redes sociales para obtener reconocimiento.

Si Adorno era un oscurantista o un pensador que prefería la abstracción, se trataba de una reacción contra la cooptación de la cultura por el capitalismo industrial. Las figuras culturales que alabó —Charles Baudelaire, Samuel Beckett, Franz Kafka, Gustav Mahler, Edgar Allan Poe, Arnold Schoenberg— incorporaron un elemento de disonancia estética en su obra.

Para Adorno, esta conmoción era capaz de enfrentar a los individuos con la realidad de que las obras de arte eran el producto del trabajo de los individuos, una revelación que él denominaba el «contenido de verdad» de la obra de arte. Lejos de ser un elitista y un oscurantista, Adorno pretendía romper el falso hechizo de una industria cultural que ocultaba el trabajo humano tras un envoltorio brillante y unas imágenes deslumbrantes. En última instancia, sus razones para favorecer el arte elevado eran que operaba con mucha más honestidad sobre las condiciones en las que se producía que la cultura popular.

Pero la hostilidad de Adorno hacia la cultura de su presente también se manifestaba como una profunda sospecha de su política. Esto último llegó a un punto álgido cuando el profesor de Frankfurt llamó a la policía para que detuviera a los manifestantes en su universidad en 1969. En una correspondencia con Marcuse, que tenía una visión mucho más optimista del movimiento estudiantil, Adorno escribió que era «la última persona en subestimar los méritos del movimiento estudiantil; ha perturbado la suave transición al mundo totalmente administrado. Pero contiene un grano de locura en el que está implícito un futuro totalitarismo».

El intercambio de cartas señaló una brecha más amplia entre los dos pensadores. Mientras Adorno temía a sus alumnos, Marcuse se había convertido en un asistente y orador habitual en las protestas en Estados Unidos. Pero hubo costes que pagar a ambos lados de la barricada. El apoyo de Marcuse al movimiento estudiantil llevó a sus críticos a acusarle de ayudar a fundar una Nueva Izquierda menos interesada en la lucha de clases en el lugar de trabajo y más preocupada por la raza y la sexualidad.




De hecho, Marcuse hizo hincapié en la necesidad de crear una alianza de inmigrantes, estudiantes y trabajadores, como parte del Gran Rechazo, un levantamiento contra los valores consumistas e imperialistas que daría paso a un nuevo mundo. Pero el énfasis del filósofo en los no-trabajadores era principalmente un intento de encontrar un punto de vista desde el que se pudieran desafiar los efectos embaucadores de la unidimensionalidad, más que suplantar al sindicalismo por completo.

Marcuse vio en los movimientos contraculturales hippies y estudiantiles de su época manantiales de resistencia a los efectos embrutecedores de los medios de comunicación. Sin embargo, en su Ensayo sobre la liberación (1969), también advertía de que los movimientos estéticos y hedonistas de la contracultura de los sesenta permitían su propia cooptación y conversión en espectáculo mediático y moda consumista. El hedonista idealista, en su esfuerzo por apartarse de la sociedad capitalista, corría el riesgo de rechazar la disciplina necesaria para cambiar la sociedad a mejor. En poco tiempo, los temores de Marcuse se hicieron realidad y la cultura hippie se convertiría en una moda, cooptada por la industria cultural que adornaba los anuncios de Coca-Cola en las vallas publicitarias.




Pero el interés de la Escuela de Frankfurt por los efectos niveladores del capitalismo sobre la cultura sigue siendo relevante hoy en día. A medida que los gobiernos de todo el mundo se han esforzado por restringir el derecho a la protesta, la resistencia política se ha trasladado en gran medida a Internet, adoptando la forma de eslóganes maximalistas y la adopción de símbolos políticos radicales, a menudo mediados por el lenguaje de Internet de vídeos y memes. Cuando estas ideas se filtran en la corriente dominante, lo hacen en forma de xenofobia y fanatismo modelados a partir del discurso político marginal o que responden a él.

Lo que se conoce como «guerra cultural» creció en las redes sociales antes de convertirse en parte del debate político dominante. El lenguaje con el que se aborda la preocupación por la opresión de las minorías ignora a menudo la realidad material que la sustenta. Esto también puede considerarse un signo de unidimensionalidad. A falta de posibilidades políticas, la gente, en lugar de enfrentarse a esta dificultad, ha optado por replegarse a una esfera en la que la acción parece posible, pero solo a expensas del rigor teórico. Su necesidad de comprometerse políticamente solo se satisface falsamente, en términos de ataques a otros desventurados sujetos en línea.




Esto nos devuelve a la consideración de Adorno del pensamiento identitario como un problema irresoluble en el núcleo del pensamiento y la acción humanos. Mientras que la tecnología nos proporciona los medios para una expresión política cada vez mayor, nos vemos reducidos a controlar las prácticas identificatorias: es decir, la cultura del call-out y de la cancelación. Puede que Adorno y Marcuse tuvieran soluciones distintas a los retos de la modernidad, pero ambos prefiguraron el malestar cultural de nuestra era digital.

Fuente: Jacobin