domingo, 30 de agosto de 2026

“El truco desesperado del ‘lobby’ israelí en EEUU es afirmar que lucha por la civilización judeocristiana”

 

 Por Sebastiaan Faber   
       Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Ohio.   


La civilización judeocristiana.


     El poderoso lobby israelí en Estados Unidos –financiado por un puñado de multimillonarios reaccionarios, prepotentes y aficionados al chantaje– ha tenido una influencia sumamente tóxica no solo en la política y vida civil norteamericanas, sino también en el ecosistema político de Israel y en el mismo orden mundial. En las últimas décadas, son tres los factores que han intensificado esta toxicidad: el final de la Guerra Fría; la radicalización de la vida política israelí; y la decisión de la Corte Suprema en el caso Citizens United de abrir la vida política estadounidense a cantidades ilimitadas de dinero, justo cuando una porción cada vez mayor del poder económico nacional quedaba concentrada en manos de una nueva clase de hiperricos. Desde 2010, Citizens United ha multiplicado la influencia política de donantes multimillonarios (e hiperconservadores) como los hermanos Koch y el matrimonio Adelson. Dado, además, que las políticas y actuaciones del país liderado por Benjamin Netanyahu –el genocidio perpetrado en Gaza; el muro de Cisjordania; las violaciones constantes de derechos humanos en los territorios ocupados y otras políticas inspiradas por la idea ultraderechista del Gran Israel– son cada vez más difíciles de justificar, el lobby ha renunciado a su afán inicial de convencer a la opinión pública. En su lugar, recurre directamente –con la connivencia de republicanos tanto como demócratas– a formas de coacción y de censura que socavan las libertades civiles de las y los norteamericanos.

Pero, aunque el daño que inflige afecta al mundo entero, en última instancia el lobby es su peor enemigo. Por más que se presente como defensor de Israel y protector de los judíos en Estados Unidos, la irónica verdad es que su labor, a lo largo de los años, ha terminado por debilitar la posición de Israel, por fracturar a la comunidad judía norteamericana y por crear las condiciones para que florezca el antisemitismo –el de verdad, no el creado por definiciones oportunistas que pretenden incluir en la categoría a toda expresión crítica del gobierno israelí o del sionismo–.

Estas son algunas de las principales conclusiones de Israel’s Lobby: America in the Grip of a Foreign Power (El lobby de Israel: Estados Unidos en las garras de un poder extranjero), el nuevo libro coescrito por Ian Lustick, un veterano politólogo, y Eli Clifton, periodista de investigación.


Israel’s Lobby America in the Grip of a Foreign Power.


El politólogo Ian Lustick.


Rigurosamente documentado, el análisis de Lustick y Clifton continúa la línea marcada hace dos décadas por John Mearsheimer y Stephen Walt en The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy (El lobby israelí y la política exterior de EE.UU.) al hacer sonar la alarma sobre la amenaza que representan organizaciones como el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y la Liga Antidifamación (ADL) para la salud de la democracia estadounidense.

Es un peligro, apuntan, contra el cual ya advertía el mismo George Washington cuando, al despedirse de la presidencia en 1796, avisaba a sus compatriotas del riesgo que suponían para los intereses de Estados Unidos las “adhesiones apasionadas” y las “antipatías inveteradas” de ciudadanos norteamericanos para con otros países. El éxito del lobby a la hora de afianzar la relación especial entre Israel y Estados Unidos, escriben Clifton y Lustick, le ha permitido a Israel “extraer, de forma incondicional, ayudas, coordinación y apoyo en una escala y por una duración que exceden lo que ninguno de los grandes poderes ha hecho para ningún país extranjero”.

Ian Lustick (Syracuse, Nueva York, 1949) es catedrático emérito de la Universidad de Pensilvania. Autor de numerosos libros, entre ellos Trapped in the War on Terror (Atrapados en la guerra contra el terrorismo, 2006) y Paradigm Lost: From Two-State Solution to One-State Reality (Paradigma perdido. De la solución de dos Estados a la realidad uniestatal, 2019), trabajó como analista en el Departamento de Estado durante la Administración de Jimmy Carter a finales de los años 70 y, en los 80, fundó y presidió la Asociación para el Estudio de Israel. Hablamos a finales de agosto.

Cuando entrevisté a Stephen Walt, me contó que él y John Mearsheimer pagaron un precio muy alto por haberse atrevido a romper el tabú de describir y denunciar los daños hechos por el lobby israelí.


Stephen M. Walt.

Sí que pagaron un precio. Su libro no fue el primero en demostrar de forma documentada que los intereses de Estados Unidos en política internacional quedaron gravemente comprometidos por el lobby israelí. Pero sí fue el más importante. Aunque ellos no eran expertos en el tema –y yo, ciertamente, no estuve de acuerdo con todo lo que decían–, me sigue pareciendo un libro fantástico.

A estas alturas, supongo que usted y su coautor son conscientes de lo que arriesgan.

Eli y yo estamos dispuestos a pasar por lo que pasaron John y Steve, sí. Bueno, a mí me tildan de nazi desde hace medio siglo –concretamente desde que, en los años 70, organicé una campaña de protesta contra los asentamientos judíos en los territorios ocupados–. Y, sin embargo, nuestra situación es diferente. Y no solo porque tanto Eli como yo somos judíos. También es verdad que las cosas han cambiado. Cuando salió el libro de Walt y Mearsheimer, los críticos los podían denunciar como antisemitas sin más e ignorar las pruebas que presentaban. Hoy, eso ya no es posible. El lobby ya no puede contar con ello. ¿Cómo responderá entonces? Hasta ahora, solo ha habido silencio. Nos han ninguneado. Pero si al final deciden atacarnos, no pasa nada. Llevo muchos años en este combate y estoy muy preparado para continuarlo. Tuvimos a dos fact checkers revisando el manuscrito y tengo un buen seguro contra los juicios por difamación. Y, como digo, llevo 55 años en esto. De mis cien artículos y veinte libros publicados, nadie nunca me ha disputado una afirmación factual.

Ustedes explican en detalle cómo el lobby se ha radicalizado en los últimos años. A la vista de que las políticas de Israel ya son indefendibles, ha pasado a tácticas de silenciamiento, censura e intimidación. Al mismo tiempo, también parece haber crecido el cinismo. Quiero decir que los financiadores y administradores del lobby ya no parecen esforzarse en ocultar sus motivos. Así como Trump, dicen en voz alta lo que deberían callar.

Es que han renunciado a la idea de convencer a nadie. En su lugar, se deleitan en confirmar sus propias ideas para sí y sus allegados. Todas las personas que se refugian en su propia burbuja acaban por comunicar en voz alta lo que piensan, aunque después acabe haciéndose público. Por otra parte, sabemos que estas cosas se llevan diciendo de forma privada desde hace muchos años.

Tal y como lo describen ustedes, el discurso del lobby israelí se ha hecho prácticamente indistinguible del de la ultraderecha global. La lucha, se supone, ya no es solo por Israel o los judíos, sino por la civilización occidental. Y ya no es solo contra los antisemitas y palestinos, sino contra los marxistas culturales y otros comunistas, la izquierda woke y la ideología de género.

Exacto: se trata de salvar la civilización judeocristiana contra la alianza verdirroja que pretende destruirla. Esta es una idea que domina en el ala derecha del lobby, que incluye a su cúpula. Como decía antes, reconocen que no hay forma de ganar el debate en la opinión pública. Pero también saben que, a la larga, tampoco serán capaces de suprimir todo debate sobre Israel. Por tanto, inflan el problema hasta dimensiones epocales, convirtiéndolo en una lucha por la misma civilización humana. No deja de ser un truco desesperado.

En ese relato, Israel se convierte para Estados Unidos en un ejemplo a seguir.

En efecto. Israel no solo se presenta como el único aliado fiable de Estados Unidos en esta lucha civilizacional, sino que, como un robusto Estado etnonacionalista, se erige como modelo para lo que Estados Unidos debería ser si quiere seguir fiel a su esencia. Al mismo tiempo, argumentan que los judíos norteamericanos deberían construir para sí una especie de gueto.

¿En qué sentido?

Afirman, por ejemplo, que deberían invertir mucho más dinero en instituciones judías, sacar a sus hijos de las escuelas públicas y enviarlos a escuelas de orientación parroquial que les adoctrinen con ideas sionistas. Y después no enviarles a que estudien en Harvard o Penn, sino a universidades judías, o directamente a Israel.

Lo curioso es que el lobby, al enrocarse y derechizarse de esta manera, excluye a la mayoría de la población judía del país. Como ustedes explican en el libro, más de un 60 por ciento de los votantes judíos se identifica con el Partido Demócrata, una cifra muy estable a lo largo de los años.

Es más: muchos judíos estadounidenses se sienten muy distantes de Israel o se oponen directamente a sus políticas. ¿Recuerdas cómo el entonces primer ministro del país, Ehud Barak, describió a Israel como una villa en la jungla? Pues de la misma manera, el lobby anima a que los judíos que se identifican con Israel se sientan como en una jungla, rodeados de antisemitas. Por tanto, necesitan construir fortificaciones, levantar un muro alrededor de ellos mismos. Vamos, como el muro del apartheid israelí, la barrera de Cisjordania.

Cuando entrevisté a Arielle Angel, la entonces directora de la revista progresista Jewish Currents (Corrientes Judías), me explicó que muchos judíos norteamericanos dejaron de sentirse bienvenidos en sus sinagogas y centros sociales después del 7 de octubre, y que la revista acabó funcionando como una especie de hogar alternativo.


Arielle Angel, escritora y directora de la revista Jewish Currents.

Sí, en efecto. Otro buen ejemplo de esta sed de relatos alternativos es la popularidad del libro de Molly Crabapple sobre el Jewish Bund [un partido político socialista, secular para obreros judíos, fundado a finales del siglo XIX].


La historia del Bund judío.

Pero si me permites un matiz importante, el cambio a que te refieres no se produjo a raíz del 7 de octubre. Fue a raíz del 8 de octubre: la reacción de Israel a la masacre del día anterior. El lobby, sin embargo, nos quiere hacer creer que hubo un auge de antisemitismo como resultado del día 7. Al fundir un evento con otro, están manipulando la memoria histórica del 7 para distraer de lo que ocurrió el día después. Sin contar que, como explicamos en el libro, la Liga Antidifamación (ADL) manipuló las estadísticas de forma realmente escandalosa, al ampliar de un día para otro la definición de lo que contaba como incidente de antisemitismo.

La radicalización del lobby, así como su atrincheramiento y su cinismo, han debilitado su poder, que durante muchos años consistió en limitar lo que se podía decir en público sobre Israel. Hoy hay más espacio que nunca para discursos más críticos. Y, sin embargo, hay medios mainstream, como el New York Times, el New Yorker y el Atlantic, que siguen respetando en gran medida los antiguos tabúes.

Exacto. Esto lo detalla muy bien Adam Johnson en su maravilloso libro How to Sell a Genocide: The Media's Complicity in the Destruction of Gaza (Cómo vender un genocidio. La complicidad de los medios en la destrucción de Gaza). También lo hemos notado nosotros. Desde que salió nuestro libro, el 11 de agosto, nos han inundado con peticiones de entrevistas. Apenas damos abasto. Pero fíjate de dónde nos llegan. No desde los medios mainstream, establecidos, sino desde otros canales más autónomos, sea de la derecha libertaria o la izquierda progresista.

Al explicar la toxicidad del lobby, ustedes mencionan los efectos nefastos que ha tenido su actuación sobre la política nacional estadounidense –incluida, hace poco, la derrota de Kamala Harris– y su política internacional. Pero también señalan el daño incalculable que ha hecho el apoyo incondicional de Estados Unidos al país en la política nacional israelí.

Este es un argumento que desarrollo con más detalle en mi libro Paradigm Lost. La crisálida con la que Estados Unidos envolvió a Israel acabó por distorsionar de forma terrible el campo político del país, destruyendo las carreras de los políticos que habrían hecho la paz con los palestinos. En este sentido, el propio Israel es la mayor víctima del aplastante éxito de su lobby.

Explican también que ese apoyo incondicional ha limitado la capacidad de la comunidad internacional de presionar a Israel en cuestiones de derechos humanos y el derecho internacional. En este sentido, ¿cabe decir que el lobby israelí en Estados Unidos contribuyó a debilitar de forma fatal el orden internacional de la posguerra?

Es un planteamiento interesante: ¿hasta qué punto el orden mundial fue socavado por el tratamiento especial, hipócrita, que Estados Unidos dio a Israel a pesar de sus constantes violaciones de derechos humanos y del derecho y la cortesía internacionales? No cabe duda de que fue una debilidad en la agenda de derechos humanos de un presidente como Jimmy Carter, en cuya administración trabajé. Por otra parte, Israel no es el único caso. Hay otro parecido.

¿Supongo que se refiere a Cuba? En el libro, escriben que, aunque los casos de Cuba e Israel “no tienen virtualmente nada en común”, comparten algo crucial: para cada uno, existe en Washington “un lobby monotemático, estratégicamente posicionado y extremadamente influyente”, que ha forzado a presidentes demócratas y republicanos a adoptar políticas hacia ambos países que se desmarcan de forma significativa de la norma internacional.

Exacto. Lo que quisimos subrayar es que el problema real reside en la estructura de la política norteamericana. Es el peligro contra el cual ya advirtió George Washington: que un apasionado lobby extranjero distorsione el enorme poder que tiene este país en el mundo.

Otro punto que subrayó Arielle Angel fue que la supuesta lucha contra el antisemitismo de la ultraderecha norteamericana –por no hablar de lo que ocurre en Alemania o Reino Unido– acabará con los judíos en la diana, como siempre. Ustedes, en su libro, llaman la atención sobre el hecho de que tanto el lobby israelí como el gobierno de Trump se obsesionan con el supuesto antisemitismo de la izquierda, pero ignoran el de la derecha, que, lejos de amainar, está en auge.

Así es. Hablamos de una caza de brujas. Pero ocurre que, a diferencia de las cazas de brujas históricas del siglo XVII, en este caso realmente hay brujas. Quiero decir que los antisemitas existen. Y el lobby israelí les está dando material. No solo por la imagen de nueve milmillonarios judíos que contribuyen con 1.700 millones de dólares a defender las políticas de Israel, sino porque el lobby insiste en identificar el Estado de Israel con toda la colectividad judía. Pero si te empeñas en la idea de que Israel actúa en nombre de todo el pueblo judío –y que toda crítica a Israel es un ataque a todos los judíos–, entonces expones a todos los judíos a acusaciones injustas. Es una táctica autodestructiva.



Fuente: Ctxt

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