miércoles, 4 de febrero de 2026

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (6 de 10)

 

 Por Pedro Costa Morata
       Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio
 Nacional de Medio Ambiente.

Antibes: del Plan Azul a Julio Verne


    Mi breve estancia en Antibes, en la Costa Azul francesa en junio de 1989, tuvo que ver con mis actividades en relación con el llamado Plan de Acción del Mediterráneo (PAM), aportando para el Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo (MOPU) informes y propuestas, y asistiendo a las reuniones periódicas de Atenas y a otras en las que se realizaban cursos y encuentros que entraban en mis obligaciones o yo las consideraba como tales. Eran aquéllos (1986-1989), años en los que mi principal tarea profesional estaba relacionada con los asuntos ambientales mediterráneos, para los que se había creado el PAM años antes, en el marco del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

    Uno de aquellos cursos al que yo habría querido asistir, sobre Planificación Integral de Zonas Costeras, se había celebrado en mayo de 1989 en Antibes, pero coincidió en el tiempo con mi estancia en Split (Croacia, Yugoslavia), en la que los del equipo “central” de la misión de estudio de la costa siria rematábamos ese trabajo tras dos estancias (enero y marzo) en el país árabe, así que me quedé con las ganas; pero lo enmendé negociando directamente con el director de aquel curso, Michel Grenon, una estancia particular y concreta para “recibir” aquel curso y de paso tratar de otro asunto mediterráneo que nos interesaba.

    Me empeñé en aprovechar la ocasión porque de Grenon yo había disfrutado, quince años antes, de su magnífico libro La crisis mundial de la energía (1974), y quería aprovechar la ocasión del encuentro con el personaje, aun tratándose de un asunto sin relación con la energía. Y tras unas pocas sesiones tête à tête, sobre la planificación costera, regresé a Madrid con el librito y su dedicatoria autógrafa (que conservo, claro). Nuestro encuentro tuvo lugar en uno de los Centros de Actividades Regionales que el PAM había distribuido por el Mediterráneo, situándose el de Antibes en el Parque Tecnológico de Sophia Antipolis, un prestigioso y confortable centro de investigación incrustado en el pinar y con vistas al mar.


La crisis de la energía (1974), de Michel Grenon.

    El otro asunto a tratar con Grenon era la edición en español del resumen del Plan Azul del Mediterráneo, un extenso trabajo de prospectiva mediterránea que realizaban en Sophia Antipolis él como director del proyecto y Michel Batisse como director del Centro. Dos personajes que se odiaban cordialmente, lo que era de general conocimiento entre la gente del PAM y que yo debía tratar con diplomacia, ya que ambos poseían (en notable dispersión y en francés e inglés) los textos que yo necesitaba y cuya traducción propuse al MOPU. Así que en los meses siguientes tuve que ordenar y traducir un material endiablado que resultó un tocho de 500 páginas, El Plan Azul: El futuro de la Cuenca Mediterránea (1990), cuya contemplación, así como los recuerdos anecdóticos de mi empeño, me complacen.


El Plan Azul: El futuro de la Cuenca Mediterránea (1990).

    No menos interés, en mis planes de visitar Antibes, concitaba la propia villa, de la que conocía su renombre como lugar de gran atractivo turístico en la Costa Azul francesa. Disfruté, en el tiempo que le reservé ajeno a mis obligaciones, callejeándola y recorriendo sus murallas, tanteando su gastronomía y moviéndome urgido por su litoral, notablemente semejante al de nuestra Costa Brava. Y pude palpar una seria y bien organizada preocupación vecinal por mantener la ciudad vieja con sus rasgos urbanos medievales, pintorescos y acogedores, frente al pernicioso enemigo turístico. Más ciertas rememoraciones que me hicieron recordar que la Provenza, región histórica y administrativa a la que pertenece Antibes, fue durante siglos española (bueno, precisaré que catalano-aragonesa).


Antibes, vista general desde el sur.

    Rodeé cuando pude la ciudad vieja (Citadelle), amurallada desde el siglo XVI y que fue fundada como Antipolis por colonos griegos focenses, seguramente llegados desde la también focense Marsella en el siglo VI a, C. De su agitada historia medieval y moderna, pronto me enteré de que entre los hechos más lamentables figuraba el saqueo en 1536 por las tropas imperiales, es decir, las de nuestro Carlos V, así como de sus muy brillantes siglos XIX y XX (exceptuando, claro, los destrozos nazis de 1944). No me entretuve mucho, y la dejé de lado, con la iglesia-catedral que, aunque de orígenes tardorromanos y dramáticas vicisitudes (debido a una de las cuales, la destrucción en 1124 por los musulmanes, fue rehecha por Ramón Berenguer, conde catalán de Provenza), su aspecto me resultó muy moderno en comparación con el despliegue de murallas y el propio núcleo urbano, que me atraían mucho más; pero sí tomé nota de ese episodio que cuenta del desembarco y apresamiento aquí de Pablo de Tarso en su viaje a Hispania (año 63 d. C.).

    Admiré, desde luego, la obra de Vauban, que reformó en el siglo XVII las fortificaciones existentes, siempre poligonales, como el Fort Carré, en el borde norte del puerto, que es estrellado, más que cuadrado, y que es la obra más notable aquí del famoso ingeniero militar, que renovó y adaptó a su estilo propio el castillo existente desde dos siglos antes. El otro castillo, con origen en el siglo XII y en el lado meridional del puerto, es el de los Grimaldi (familia que dominó esta región hasta 1608, durante más de dos siglos) y en cuya torre alberga el Museo Picasso, ya que aquí se instaló el pintor malagueño en los años 1940 y 50, dejando muy numerosas obras suyas y logrando que fuera distinguido como “Ciudadano honorífico de la villa de Antibes”. Otra fortificación, el bastión de Saint Jaume, se sitúa en el espigón que cierra por Levante al puerto, confirmando la importancia histórica de una Antibes necesitada de tan notables defensas frente a enemigos temibles y reincidentes.

    Dediqué un día entero a hacer geografía mediterránea y “tomarle las medidas” a lo que en definitiva más me interesaba, que era el cabo de Antibes, que es la pequeña península cuyo istmo comparten la villa de Antibes por el este y la localidad de Juan-les-Pins, por el oeste, que está incluida en la comuna de Antibes y cuyo nombre, dado su esplendor turístico tradicional y moderno, ha sido adherido al de Antibes para aparecer como el conjunto Antibes-Juan-les Pins. Por supuesto que me interrogué sobre ese Juan que ni era Jean ni Joan ni tampoco Giovanni (por los años en que Antibes fue dominio feudal de los Grimaldi, originarios de Génova), y la respuesta, una vez leído e informado, fue que en esta Provenza litoral sobrevive la lengua occitana, tan románica como las que la envuelven. Y de paso entendí por qué la Costa Azul francesa no se llama Côte Bleu o Costa Azurra, sino Côte d’Azur...

    En esa playa, a la que se asoman caros hoteles, villas obscenas y casinos de perdición, se siguen recordando pasajes y estancias de famosos de variada índole, como gente de cine (Rodolfo Valentino, Marlene Dietrich), literatos (Maupassant, Heminway, Scott Fitzgerald, Nabokov, Kazantzakis, Greene), músicos (Ray Charles, Miles Davis) y pintores y otros artistas. Y tampoco se olvida que en esa playa del llamado golfo Juan desembarcó Napoleón en 1815, huido de Elba, para vivir su efímera gloria de los “Cien Días”.


Antibes, el Fort Carré y los Alpes al fondo (Société de Regates d’Antibes).

    Desde ahí me lancé decidido a conocer el cabo de Antibes a fondo, como mi impulso mediterráneo, tan acusado en esos tiempos, me demandaba. No todos los que me lean considerarán como una boutade (o simple tontería) el que recuerde aquí que en aquellos años de especial relación con el Mediterráneo proyectara/soñara con recorrerme, y conocer bien, los miles de kilómetros del Mare Nostrum (poco a poco, desde luego), sobre todo cuando ya lo había hecho, detenidamente, con la costa siria: esos 180 km que son los mismos que los de la región de Murcia (Mar Menor excluido). Y en mis numerosos viajes a Atenas cuando trabajaba para el PAM me pareció que esto mismo podía hacerlo con el Peloponeso e incluso la costa greco-turca, si bien renunciando a sectores o áreas urbanas carentes de (mi) interés. Y en esto pensaba cuando me encaminé, dejando atrás la playa de Juan-les-Pins para internarme en el cabo de Antibes, lo que me iba a llevar todo un día de andanza recorriendo el sendero que lo rodea, llamado de los Aduaneros (en otros sitios leí que era el de los Contrabandistas: visión contradictoria, pese a equivalente); y constato que disfruté de mi randonnée con el zigzagueo de sus veredas y allées sombreadas por pinos de copa generosa.

    Es este cabo-península un espacio de paisaje y naturaleza típicamente mediterránea, con densas masas de pino piñonero y una vegetación arbustiva de maquia de escaso porte y duro espesor, como la que existe en la mayor parte del litoral mediterráneo, exceptuando las Sirtes y las costas egipcia y palestina. Pero cuajado de residencias y edificios institucionales que han dejado esquilmado el pinar y relicta la maquia. Anduve mi jornada dejando con frecuencia el sentier costero para incursionarme allá por donde algo sobresalía o el olfato me guiaba, y así fue como, deambulando por el boulevard J. F. Kennedy, central en todo el cabo, y sin la menor información previa, me topé con la villa “Les Chenes Vertes”, con un cartelito metálico que recordaba las prolongadas estancias ahí de Julio Verne.


Cabo de Antibes. (shutterstock).

    Así que -luego me ilustré sobre el asunto- el genial e infatigable novelista, que tanto admiré en mi adolescencia y al que sigo leyendo para rememorar algunas de aquellas lecturas que más me entusiasmaron, escribió aquí, al menos, Veinte mil leguas de viaje submarino (1870), en parte inspirado en ciertos sucesos reales ocurridos en la ría de Vigo durante el siglo XVIII. Sus biógrafos aseguran que (pese a lo mal que le sentaba el clima de esa costa, de lo que siempre se quejó) también trabajó redactando o revisando, en la calma ambiente de aquel entonces, tanto De la Tierra a la Luna (1865) como La vuelta al mundo en ochenta días (1872). Y en estas inmediaciones tuvo atracado su yate “Saint Michel”, en el que recorrió gran parte del Mediterráneo. No fue Verne hombre de grandes aventuras, marinas u otras, y de él se dice que no salió de Europa sino para dar un ciclo de conferencias en los Estados Unidos.

    Julio Verne (1828-1905) nació en Nantes, y es en su ciudad natal, donde está su verdadero Museo, que yo visité unos años después, cuando preparaba mi tesis doctoral sobre el litoral en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), situado en la universidad local. Se trata de un museo magnífico y emocionante -ya que en el autor la fantasía y las aventuras personales prosaicas son en gran medida unidad y explicación- ubicado en la orilla derecha del brazo derecho del río Loira, que ahí se bifurca para “encerrar” en una isla la ciudad histórica de Nantes cuando, a más de anchísimo, es ya estuario.

    Volviendo a Antibes y su escarpado cabo, recuerdo muy bien que me empeñé en ubicar y contemplar el faro que necesariamente tenía que existir, y así, “siguiendo la flecha”, di con el faro llamado de L’Illette, isleta, en el mero extremo suroeste del cabo, la punta que le da el nombre y mirando al de Cannes, a no muchas millas de distancia. Me sorprendió su reducida altura, apenas sobresaliente del manto pinoso, pero mi preocupación quedó resuelta cuando a mi regreso no pude por menos que encontrarme con el “verdadero” faro de Antibes, erguido y soberbio en la meseta de la Garoupe a una altitud de más de 100 metros y dotado de un aparato electroóptico que le da un alcance de 40 millas, por lo que hay que incluirlo entre los más potentes del Mediterráneo; originario de 1836, fue demolido por los alemanes en 1944 y reconstruido en 1948, siendo desde entonces un monumento local destacado.

    Regresé a mi base, un cálido hotelito muy provenzal y de amables dueños, satisfecho de mi periplo y sus visiones y sorpresas, muy contento de haber enriquecido mis ojos y mis sueños con una nueva, pese a intangible, posesión mediterránea.


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