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viernes, 30 de mayo de 2025

Lo que esconde el término “árabes israelíes”

 

      Doctora en sociología política por la Universidad París Cité, ingeniera de investigación en el CNRS.


Aproximadamente el 20 % de los ciudadanos israelíes son palestinos. Oficialmente denominados árabes israelíes” –un término controvertido–, sufren numerosas formas de discriminación y son percibidos, por las autoridades y por una parte importante de la población judía, como una amenaza interna. Una percepción que se ha endurecido aún más desde el 7 de octubre de 2023.


     Una gran proporción de los judíos israelíes, así como muchas personas fuera de Israel, se refiere a los 1,7 millones de ciudadanos y ciudadanas palestinos del Estado de Israel (casi el 20% de la población del país) como “árabes israelíes”.

Durante las guerras anteriores de Israel en Gaza (en 2008, 2012, 2014 y 2021), estos palestinos y palestinas con ciudadanía israelí se movilizaron en masa.


Manifestación de 'árabes israelíes' en Umm al-Fahem, ciudad israelí, el 9 de marzo de 2024, contra la guerra en Gaza.

Pero frente a la guerra actual, la más larga y devastadora –hasta el punto de que apenas tres meses y medio después de su estallido la Corte Internacional de Justicia ya alertaba sobre el riesgo de genocidio–, la gran mayoría permanece en silencio. Se abstiene de manifestarse e incluso en sus redes sociales privadas evita criticar las operaciones letales llevadas a cabo por las FDI en la Franja de Gaza. ¿Cómo explicar este silencio?

Ciudadanos y ciudadanas de segunda clase

Los palestinos y palestinas con ciudadanía israelí son los descendientes de los aproximadamente 150.000 palestinos que lograron permanecer en sus tierras o en sus hogares a pesar de la Nakba -el término árabe que significa “desastre”- que se refiere a la expulsión masiva de palestinos y palestinas de la Palestina histórica, acompañada de masacres y destrucción, que ocurrió entre 1947 y 1949.

Cuando se fundó oficialmente el Estado de Israel en 1948, estos palestinos obtuvieron pasaportes israelíes, pero inmediatamente fueron sometidos a un régimen militar, diferenciado del de los ciudadanos judíos. Este régimen, vigente hasta 1966, limita drásticamente su libertad de movimiento, de expresión y de asociación, así como su acceso al empleo. Su abolición, obtenida tras una movilización política, supone un reconocimiento formal de su igualdad ciudadana, al menos en el papel.

Aunque oficialmente se les presenta como ciudadanos iguales, los palestinos ven su identidad palestina negada por el uso institucionalizado de la expresión “árabes israelíes”. Esta denominación se impuso durante mucho tiempo incluso en sus documentos de identidad, donde, hasta los años 2000, aparecía la expresión “nacionalidad: árabe”, en contraste con la “nacionalidad judía”, reservada a los ciudadanos judíos.

En Israel, y particularmente a través del idioma hebreo, los términos “nación” o “nacionalidad” adquieren una dimensión étnica: la noción de una nación israelí, que abarcaría a toda la ciudadanía del Estado, simplemente no existe.

La referencia fue eliminada no para corregir una discriminación, sino porque en 2002 la Corte Suprema permitió que las personas que se convirtieron al judaísmo reformado fueran registradas como judías. Oponiéndose a este reconocimiento, el ministro del Interior ultraortodoxo, Eli Yishai, decidió entonces suprimir cualquier mención a la nacionalidad.

Incluso hoy en día, un conjunto de leyes y regulaciones institucionales otorgan derechos específicos a los judíos a expensas de los ciudadanos y ciudadanas no judíos, en particular los palestinos. Por ejemplo, una ley aprobada en 2003 prohíbe a las personas israelíes casadas con palestinas de los territorios ocupados vivir en Israel, lo que conduce a la fragmentación de las familias. En la práctica, esta medida sólo afecta a los ciudadanos y ciudadanas palestinas de Israel: las parejas mixtas, entre personas judías y palestinas del Estado, siguen siendo muy raras (2,1% en 2008), y las uniones entre judías israelíes y palestinas de los territorios ocupados son casi inexistentes.

Además, las leyes inmobiliarias en Israel favorecen el acceso a la propiedad por parte de los judíos y refuerzan la segregación territorial. Aproximadamente el 13% de las tierras estatales están administradas por el Fondo Nacional Judío, que prohíbe su venta o arrendamiento a las no judías.

Al mismo tiempo, se están implementando políticas para “judaizar” ciertas regiones con alta proporción de población palestina, como el Néguev y Galilea. Varias leyes facilitan la creación de asentamientos puramente judíos: en particular, la Ley sobre Comisiones de Admisión de 2011, que permite a las comunidades judías de esas zonas decidir si admiten o no a recién llegados, y la Ley Básica sobre el Estado-nación, que establece el “asentamiento judío” como un “valor nacional”.

Aprobada en 2018, esta ley estipula que sólo el pueblo judío tiene derecho a la autodeterminación en Israel, sin especificar las fronteras pertinentes, abriendo así la puerta a una interpretación que abarque todo el territorio entre el mar Mediterráneo y el río Jordán. En otras palabras, se consagra en la ley la legitimidad de una supremacía étnica y se niega explícitamente el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino.

Por último, algunas medidas legislativas reservan beneficios financieros para quienes hayan completado su servicio militar –una obligación de la que están exentos los palestinos y palestinas–, permitiendo establecer privilegios sin mencionar explícitamente la pertenencia étnica.

Estos elementos a menudo se pasan por alto cuando se presenta a Israel como una democracia ejemplar o la “única democracia del Medio Oriente”.

Una “amenaza interna”

El marco jurídico está acompañado de un racismo sistémico y los palestinos son percibidos ampliamente como una amenaza interna. Esta percepción se refuerza durante períodos de guerra o tensión, particularmente después de mayo de 2021, después de que estallaran enfrentamientos violentos entre judíos y palestinos en ciudades “mixtas”, donde la presencia palestina es más pronunciada.

Jerusalén está en el centro de todas estas tensiones: la evacuación programada de una familia palestina en Sheikh Jarrah, la violenta invasión de la policía israelí en la Explanada de las Mezquitas y la prohibición de rezar a las y los musulmanes –incluidos las y los ciudadanos palestinos del Estado– en pleno Ramadán, alimentan la ira de los palestinos ciudadanos de Israel.

En el debate público, cualquier desafío a las acciones de las autoridades por parte de las y los ciudadanos palestinos de Israel se interpreta inmediatamente como una prueba de su deslealtad hacia el Estado. A menudo se los presenta como un “frente interno” al que hay que combatir como si fuera un enemigo. Esta visión no data del período posterior al 7 de octubre de 2023.

Por ejemplo, el 10 de mayo de 2021, en la Knéset, Shlomo Karhi, entonces diputado del Likud y ahora ministro de Comunicaciones, comparó a las y los palestinos en Israel con “enemigos externos” y dijo: “Este terrorismo no surge de la nada. Como fieras que perciben la debilidad de su presa, los enemigos árabes perciben el miedo. Los enemigos externos nos atacan, y los internos […] los apoyan”.

Un discurso pronunciado también el 18 de mayo de 2021 por Amichai Chikli, entonces diputado por el partido ultraderechista Yamina y actual ministro de Asuntos de la Diáspora, decía: “Es nuestro deber repeler a los enemigos de Israel: repelerlos en Gaza, en las calles de Lod, en todas partes y también desde aquí, desde esta cámara, desde la Knesset de Israel”.

Los palestinos y palestinas ciudadanos de Israel tienen derechos políticos, incluido el derecho a votar y a formar parte del Knesset. Actualmente hay representados allí dos partidos árabes: Hadash-Ta'al, una alianza de izquierda radical impulsada por una agenda progresista centrada en la igualdad y el fin de la ocupación; y Raam, un partido islamista conservador comprometido con una estrategia pragmática destinada a mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía palestina. En las elecciones legislativas de 2022, obtuvieron cinco escaños cada uno, de los 120 que hay en la Knesset.

En estas elecciones, más del 85% de las y los ciudadanos árabes del país votaron por estos partidos. Excluyendo a los drusos, que votan predominantemente por partidos judíos y no se identifican como palestinos, esta cifra sería aún mayor. Sin embargo, cabe señalar que la presencia de estos partidos en el Parlamento, a menudo presentada como prueba del carácter democrático del Estado, es cuestionada periódicamente por la derecha israelí, que los califica de “enemigos” o de “terroristas”.

Incluso antes del 7 de octubre, los acontecimientos de mayo de 2021 habían reforzado esta narrativa, que fue explotada por Benjamin Netanyahu y sus aliados a su regreso al poder a finales de 2022. Mientras estaban en la oposición, acusaron al gobierno anterior, debido a la presencia de un partido árabe en la coalición, de “apoyar el terrorismo”. Esta campaña de deslegitimación, que equipara a los palestinos y palestinas con una amenaza interna, jugó un papel crucial en la victoria electoral del bloque pro-Netanyahu en las elecciones legislativas de 2022.

Vivir en el visor

Desde la llegada del sexto gobierno de Netanyahu a finales de 2022, el racismo antiárabe ha alcanzado un nivel sin precedentes. Se manifiesta, entre otras cosas, en la indiferencia ante el marcado aumento de los crímenes dentro de la comunidad palestina en Israel. En 2023, 223 palestinos y palestinas fueron asesinados en Israel y la tasa de resolución de estos crímenes fue inferior al 10%. El gobierno, y en particular Itamar Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional y ex miembro del movimiento supremacista Kach, permanece inactivo ante esta situación.

En las ciudades israelíes palestinas, las tensiones están aumentando, alimentadas por la retórica xenófoba y racista ampliamente difundida en los espacios públicos. Fue en este contexto explosivo en el que ocurrió el atentado del 7 de octubre de 2023, que sacudió profundamente a la sociedad israelí.

Diez días después de la masacre del 7 de octubre, en medio de la ofensiva israelí en Gaza, el jefe de policía Kobi Shabtai publicó un vídeo en la cuenta de Twitter en árabe de la policía. Ante la cámara, amenazó claramente a los árabes israelíes: “Quien quiera ser ciudadano israelí, ahlan wa sahlan (bienvenido, en árabe); a cualquiera que exprese solidaridad con el pueblo de Gaza, lo subiré a un autobús y lo llevaré allí [a Gaza] yo mismo”.

Esta amenaza marca el comienzo de una gran ola de persecución, que aún continúa, contra los ciudadanos palestinos de Israel. En sólo treinta días, la policía detuvo o abrió investigaciones contra 251 personas, la mitad de ellas por simples publicaciones en redes sociales. A veces basta con un “me gusta”, un “compartir” o un mensaje de solidaridad con Gaza para despertar sospechas.

Y la represión no viene sólo de las autoridades: estos palestinos y palestinas también son vigilados e interrogados por sus empleadores, sus universidades, sus colegas o sus vecinos. Cientos de personas han sido despedidas o suspendidas de sus trabajos o estudios por una publicación privada o una declaración hecha en un grupo pequeño.

Su ciudadanía israelí ya no puede protegerlos. Prueba de ello es el uso cada vez mayor contra ellos de métodos de detención e investigación antes reservados a los palestinos de Cisjordania, sometidos a ocupación militar y privados de derechos.

En este sentido, la cuestión de la percepción de los palestinos de Israel por otros palestinos –ya sea que vivan en los territorios ocupados, en campamentos ubicados durante décadas en países vecinos o en otras partes del mundo– merece un debate propio, para el cual no tenemos espacio aquí.

A pesar del miedo y las amenazas de la policía, muchos palestinos y palestinas siguen intentando mostrar su solidaridad con Gaza. Pero desde el 7 de octubre de 2023, este derecho fundamental, inherente a cualquier régimen que se precie de democrático, está reservado exclusivamente a las y los ciudadanos judíos. A las y los palestinos, por su parte, se les prohíbe, una y otra vez, manifestarse.

La difícil situación de las y los ciudadanos palestinos de Israel no sólo es ignorada sino que a veces también es malinterpretada en los medios extranjeros. En Francia, algunas personalidades manipulan las encuestas, como la de la Universidad de Tel Aviv de diciembre de 2023, según la cual, desde el 7 de octubre de 2023, el 33% de las y los ciudadanos palestinos de Israel sitúan su ciudadanía israelí en primer plano de su identidad, el 32% su identidad árabe y solo el 8% considera la identidad palestina como el componente principal.

Pero sólo hay que escuchar a las y los palestinos para comprender la magnitud de este error.

El abogado palestino Mohammed Abed El Qadir, ciudadano israelí, testifica: “Si recibo una llamada de un número israelí desconocido y me preguntan cómo me identifico, podría responder que soy sionista y que estoy listo para el servicio militar, ¡hasta ese punto tengo miedo! Nuestra persecución desde el 7 de octubre nos ha demostrado que el término ‘árabe israelí’ no existe ni existirá jamás. Somos palestinos y siempre lo seremos.


Fuente: VIENTO SUR

miércoles, 7 de mayo de 2025

Palestina-Israel: la tierra dice la verdad

 

 Por Eli Philip  
      Activista comunitario en Jerusalén.

Los incendios forestales en las colinas de Jerusalén fueron provocados por el colonialismo de asentamiento


Vista aérea de las consecuencias de los incendios de 2021 en las colinas de Jerusalén.

     En un breve vídeo que circula en línea, un hombre con una chaqueta de bombero amarillo neón se encuentra en medio de un bosque quemado, lleno de árboles carbonizados. Sostiene una gran bandera israelí en la mano. El hombre clava la bandera en la tierra ennegrecida, clavándola firmemente en el suelo, y al hacerlo, declara: "Donde ardieron, plantaremos y reconstruiremos". El vídeo fue creado y compartido por la página oficial de Facebook del Keren Kayemet L'Yisrael (KKL), la rama israelí del Fondo Nacional Judío, el día después de los masivos incendios forestales que obligaron a cancelar las celebraciones del Día de la Independencia en todo Israel.

Israelíes con carteles del Fondo Nacional Judío (Keren Kayemeth LeIsrael) participan en la tradición de plantar árboles en Tu Bishvat, en el asentamiento judío de Michmash, Cisjordania.

Los incendios, potencialmente los más grandes en la historia del país, quemaron más de 20.000 dunams en las colinas de Jerusalén. Desde hace años, a medida que se acerca la temporada de incendios en Israel (cada año un poco antes que el anterior), políticos, medios de comunicación, celebridades y racistas comunes y corrientes israelíes sacan a relucir la misma mentira del cajón de la calumnia sangrienta: son los árabes. Vídeos grabados hace años en Italia fueron distribuidos la semana pasada por periodistas de tercera categoría como supuestas imágenes de pirómanos palestinos atrapados en el acto, antes de ser recogidos y distribuidos como noticias por el Canal 13. El miembro de la Knéset Aryeh Deri, líder del partido Haredi Shas, pidió al ejército que asesinara a los posibles pirómanos con drones. Mientras tanto, Netanyahu aprovechó la oportunidad para sacar a relucir los tropos coloniales más antiguos y anticuados durante su discurso nacional: para los israelíes, es natural "amar y proteger" la tierra, mientras que los palestinos "que pueden afirmar amar esta tierra... hablan de quemarla".


Las colinas de Jerusalén después de casi 24 horas de incendios en la zona, el 1 de mayo de 2025.

Esta mentira lleva años circulando, y sin embargo, en todos los grandes incendios de las últimas dos décadas, ni un solo palestino ha sido acusado de incendio provocado. No obstante, sectores cada vez más amplios de la sociedad israelí repiten el mantra "¡incendio provocado por los árabes!", mientras los políticos siguen intensificando su retórica. Y así, la mentira se propaga de nuevo, como las llamas en un campo de cardos secos. Pero, en cierto modo, tienen razón. Los incendios extremos que hemos vivido en los últimos años están relacionados con los palestinos, pero no de la forma en que ellos creen.

Estos incendios, de hecho, son resultado directo de la estrategia colonial del sionismo. Netanyahu puede profesar un gran amor por la tierra, pero es la continua destrucción de los paisajes indígenas, iniciada por los fundadores de Israel, la que provocó estos incendios. Si hay un culpable de los incendios provocados, ese es el sionismo.


Pinos, pinos por todas partes


Ya sea en las colinas de Jerusalén, el Carmelo o Modi'in, todos los grandes incendios forestales de los últimos 15 años han tenido algo en común: alcanzaron proporciones descomunales debido a la quema de pinares no autóctonos plantados. Si bien los pinos son nativos en pequeñas cantidades de regiones específicas del Carmelo y Galilea, los orígenes de los vastos bosques de "pino de Jerusalén" en Israel revelan una historia muy diferente. Introducidos por los colonialistas británicos y los colonos sionistas, los pinos fueron plantados extensamente por el KKL, creando monocultivos ininterrumpidos. Estos árboles de rápido crecimiento fueron una herramienta útil durante el Yishuv, o período inicial de asentamiento, para apropiarse de tierras que habían sido cultivadas por los palestinos indígenas durante generaciones.

Estos nuevos pinares les recordaron a los primeros sionistas los bosques que conocían de Europa y, al igual que otras iniciativas coloniales como el drenaje de las marismas de Hula, se consideraban un atisbo de modernidad en una tierra atrasada y desértica. Tras la Nakba, los pinos se utilizaron para ocultar las pruebas de la destrucción masiva y la limpieza étnica; se plantaron bosques en los lugares donde se encontraban al menos 75 aldeas palestinas destruidas.

Los pinos de Jerusalén se plantaron hasta la década de 1990, y el KKL continúa plantando otras especies de pino no autóctonas en la actualidad. En las tierras de pastoreo tradicionales beduinos que se extienden por el Néguev, se está empleando de nuevo la misma táctica precolonial de plantación de árboles para apropiarse de nuevos territorios y excluir a la población indígena, con la conveniente aparición de vastos bosques nuevos.


Manifestantes beduinos en una protesta contra un proyecto de forestación del Fondo Nacional Judío 'FNJ' en la aldea de Sawe al-Atrash, en el sur de Israel, en el desierto del Néguev, el 13 de enero de 2022.

Sin embargo, lo que los plantadores de pinos no consideraron fue la ecología de los propios árboles. Resulta que los pinos son bastante inflamables. Crecen rápidamente y brotan nuevos brotes, a la vez que dejan caer millones de agujas, creando una carga de combustible lista para la combustión. Peor aún, sus piñas son pequeñas bombas incendiarias que explotan al encenderse y envían chispas a nuevas zonas no quemadas. Cuando se plantan densamente en monocultivos ininterrumpidos, un incendio forestal explosivo es solo cuestión de tiempo.

Durante la última década, en respuesta a los devastadores incendios forestales, los gestores forestales israelíes han comenzado a reconocer los peligros que suponen los monocultivos de pino. Recientes instrucciones de gestión forestal exigen la plantación de árboles autóctonos y el aclareo de los pinares existentes. Pero es demasiado poco y demasiado tarde: el esfuerzo sionista por remodelar el territorio a imagen de Europa ha creado una enorme fábrica de incendios forestales.


La cabra negra


Además de introducir especies foráneas en el paisaje, la población colona buscaba eliminar cualquier rastro de su existencia anterior. Antes de la Nakba, la zona de las colinas de Jerusalén que arrasaron los incendios de la semana pasada estaba densamente poblada, con numerosas aldeas diseminadas por el paisaje. De hecho, el extenso bosque "Ayalon-Canadá", plantado por el KKL en 1972 y ahora prácticamente arrasado, ya había sufrido dos oleadas de devastación, aunque de diferente naturaleza, en 1948 y 1967.

Bajo los restos de sus árboles se encuentran las ruinas de cuatro aldeas palestinas: aproximadamente 6.000 personas vivieron, cultivaron y disfrutaron allí. Con olivares, huertos frutales, campos de cereales, terrazas agrícolas y huertos abundantes, las colinas de Jerusalén eran bastante productivas. La agricultura, por supuesto, requería una gestión constante: desherbar, arar, limpiar la maleza, retirar las ramas secas, etc. Hoy en día, al visitar las ciudades agrícolas palestinas en la Cisjordania ocupada, aún se puede observar cómo, por ejemplo, los olivares se mantienen limpios y ordenados, con pocos arbustos entre los árboles y las ramas o arbustos sobrantes se retiran y se queman de forma segura anualmente.

Estas prácticas de gestión reducen la carga de combustible, de modo que, incluso cuando el fuego inevitablemente se desata, se contiene y no alcanza proporciones devastadoras. Cuando los palestinos fueron expulsados durante la Nakba, estas prácticas de gestión territorial que mantenían la funcionalidad de todo el ecosistema se rompieron y erradicaron junto con ellos.

Incluso las áreas no cultivadas directamente se gestionaban extensivamente. Los pastores pastoreaban sus rebaños en gran parte de los terrenos forestales, y el voraz apetito de las cabras y las ovejas implicaba que la mayor parte del material vegetal inflamable se consumía, imposibilitando la acumulación de grandes cantidades de combustible. La recolección de plantas silvestres, como la salvia y el za'atar, lograba un efecto similar, aunque a menor escala. Antes de la colonización británica, los aldeanos palestinos también recolectaban madera del bosque directamente para calefacción, construcción y otros usos. Al igual que en la agricultura, estas prácticas de gestión desaparecieron del paisaje cuando la población indígena se vio obligada a trasladarse a otros lugares.

Sin embargo, para Israel, expulsar a la gente fue solo una parte. Para asegurar que esta conexión con la tierra se perdiera definitivamente, el nuevo estado tomó medidas para prohibir a los palestinos que permanecían dentro de sus fronteras ejercer su administración territorial. En 1950, el nuevo estado aprobó la "ley de la cabra negra", que prohibía el pastoreo de razas de cabras palestinas autóctonas —conocidas como "cabras negras" en hebreo— en bosques y tierras públicas.

En 1977, la salvia, el za'atar y otras plantas recolectadas tradicionalmente fueron declaradas especies "protegidas"; su cosecha se castigaba con fuertes multas. Estos esfuerzos para finalizar la expulsión de los palestinos de sus tierras fueron expresados por los sionistas como necesarios para "proteger" la belleza del paisaje natural de las extrañas costumbres de los árabes indígenas y sus cabras negras.

Hoy en día, las agencias estatales están intentando dar marcha atrás con estas políticas. Estudio tras estudio ha “redescubierto” la importancia crítica del pastoreo en el paisaje mediterráneo tanto para la prevención de incendios como para la salud ecológica general. En 2019, la Autoridad de Parques de Israel flexibilizó las restricciones a la cosecha de za'atar, salvia y otras plantas tradicionales (aunque no ha dejado de procesar por completo a palestinos, incluidos niños pequeños, por buscar alimento). La “ley de la cabra negra” fue finalmente derogada en 2018. De hecho, en los últimos años algunos administradores forestales israelíes han comenzado a seguir las recomendaciones de los estudios de emplear pastores palestinos para pastorear sus rebaños en parques y bosques nacionales como medida preventiva contra los incendios forestales.


Los incendios forestales como síntoma del colonialismo de asentamiento


En todo el mundo, presenciamos incendios forestales cada vez más devastadores. Gran parte de esto se debe a la crisis climática y a nuestra insistencia colectiva en ver cómo el mundo, literalmente, arde. Pero hay otra verdad oculta: estos megaincendios (y quizás la propia crisis climática) son un síntoma del colonialismo continuo. Tierras que antes eran gestionadas por pueblos indígenas —muchos de los cuales entendían bien el fuego y eran hábiles en su uso para desbrozar, abrir bosques y crear hábitats saludables— ahora han sido desalojadas y vacías, y sus poblaciones han sido exiliadas o exterminadas.

En su intento por borrar estas relaciones indígenas con la tierra, los estados coloniales, desde Norteamérica hasta Australia, han logrado usurpar no solo la tierra física, sino también la imaginación misma de ella. Bajo el régimen colonial, la relación entre las personas y la tierra en la que viven y trabajan ya no es mutua ni considerada, sino que se concreta en que las personas controlan la tierra, obligándola a someterse a sus caprichos, sin pensar ni considerar las consecuencias. Hoy estamos cosechando esos frutos en forma de un planeta moribundo y una relación rota con las personas, los animales y las plantas que nos rodean.

No es casualidad, entonces, que los israelíes se apresuren a culpar a supuestos pirómanos palestinos de los incendios. Encaja perfectamente con la lógica del colono: si los nativos destruyen la tierra, entonces nosotros, los colonos, tenemos derecho a apropiárnosla. Y si nosotros, los colonos, hicimos florecer la tierra plantando hermosos árboles europeos acordes con nuestra sensibilidad civilizada, entonces no puede arder por nuestra culpa; simplemente tiene que ser un incendio provocado por los nativos, empeñados en destruir todo lo bueno que hemos hecho.

Y así el ciclo continúa, de una temporada de incendios a la siguiente.

Sin embargo, los incendios tienen su propia historia que contar. Cuando el humo se asentó sobre las colinas de Jerusalén tras los grandes incendios de agosto de 2021, bajo los esqueletos de pinos quemados, se revelaron redes de terrazas bellamente conservadas. Hileras y hileras de ellas, subiendo y bajando por las laderas, un evocador recordatorio de las personas que vivieron aquí y que ya no están, de sus tradiciones ancestrales, de los paisajes que conocieron y comprendieron. Quizás en esa revelación surgió también la semilla de algo más: un atisbo de un futuro diferente, lleno de rebaños de cabras y hojas de salvia, la posibilidad de que un pueblo regresara a su tierra, y la tierra regresara a su lugar sagrado.


Fuente: Vashti