viernes, 6 de noviembre de 2026

Israel: elecciones en el manicomio (con un destello de esperanza)


Que tampoco el otoño es ya lo que era (17 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Las elecciones legislativas de Israel del pasado 27 de octubre han llevado a lo que estaba previsto: algo muy parecido a un callejón sin aparente salida el que, como tantas otras veces desde la llegada de los ultras del Likud a primer plano en 1977, se le acaba dando salida/solución con cualquier combinación de los partidos en liza; o se recurre a nuevas elecciones para salir del atolladero (o mejor, de un guirigay a otro), lo que esta vez nadie parece desear. En esta ocasión, frente a la posibilidad de que las maniobras diesen a Netanyahu la continuidad como primer ministro, aun no alcanzando la mayoría la coalición que lideraba, esos 53 escaños de un parlamento de 120, ha surgido la novedad, francamente significativa, de que los dos partidos árabes participantes en la contienda hayan conseguido 19 escaños, claramente decisivos para que, mediante acuerdo de algún tipo, se añadan al bloque de la oposición, con 48 escaños, para expulsar del poder a la coalición más ultra y violenta de la historia del ya bastante sanguinario Estado de Israel.

Han competido dos bloques de partidos muy igualados, no ya en número o escaños sino sobre todo en políticas extremadamente parecidas en lo esencial, correspondientes a un Estado y una sociedad esquizofrénicos que, instalados ilegal e ilegítimamente sobre el territorio palestino que pudieron apropiarse en 1948 evolucionan en permanente enfrentamiento con las poblaciones árabes de dentro y fuera del Estado, así como con varios Estados de su entorno. Como visión general, no resulta nada fácil distinguir en esos bloques y esos partidos ideas o programas diferenciados: se trata de formaciones sionistas, luego racistas, coloniales e invasoras, sin vínculo alguno con Judea y los judeos y empeñadas en aniquilar física o territorialmente a los palestinos pobladores legítimos del país por la limpieza étnica o el genocidio.

Recordemos, a estos efectos, que el bloque que hasta ahora gobierna puede considerarse como fascista clásico (racista, ultranacionalista, hegemonista, belicista) con el añadido especial del factor fanático-ortodoxo de los cuatro partidos llamados religiosos que acompañan al Likud sumándole 26 escaños: Poder Judío, Sionismo Religioso, Shas y Judaísmo Unido, estando los dos primeros liderados por dos genocidas compulsivos, Ben Ben Gvir y Bezalel Smotrich, respectivamente. Con cierta diversidad, todos ellos sin embargo basan su acción política en una Biblia llena de disparates, crímenes y abominaciones (con algún arrebato místico y ciertos pasajes poéticos).

En esta campaña, los asuntos que han enfrentado a las coaliciones gobernante y aspirante se han centrado en las responsabilidades de Netanyahu en relación con el ataque mortífero de las organizaciones palestinas en Gaza el 22 de octubre de 2023 (no de la espantosa respuesta del Ejército israelí, calificada de genocida), en las manipulaciones del primer ministro hacia la justicia por salvarse a sí mismo de las acusaciones de corrupción, en la corrupción generalizada en el país, con aumento de las mafias, y otras cuestiones de, digamos, “política interna”. Porque de los palestinos como pueblo, derechos, etc., que son nada menos que cinco o seis millones de subyugados, no se suele hablar en las campañas electorales israelíes, como no sea indirectamente al competir los partidos, mandados en muchos casos por exmilitares, en sus promesas de bombardeos, invasiones y aniquilaciones. Y esto malamente puede pasar por experiencia o acontecimiento democrático.

El bloque opositor está formado por cuatro partidos, siendo el principal el Yashar (Honradez, en hebreo), calificado de centro derecha, cuyo líder es Gadi Eizenkot, antiguo jefe de Estado Mayor con Netanyahu, que deberá ser el próximo primer ministro pese a haber conseguido el no muy brillante resultado de 21 diputados (frente a los 27 de Netanyahu).


Gadi Eizenkot, líder de Yashar (El País-Getty images).

Tres partidos le han acompañado en estas elecciones, siendo el Beyahad (Juntos), el que ha conseguido más escaños, 12, que tiene como líderes a Neftalí Bennett (derecha nacionalista) y Yair Lapid (centrista laico), que ya se turnaron como primeros ministros en el breve intervalo (2021-2022) en que desalojaron a Netanyahu del poder; le sigue el partido de Los Demócratas, de centro-izquierda, con 8 escaños, que abarca a los laboristas y los pacifistas de Meretz, y que tiene como líder a Yair Golán, exmilitar; el cuarto es Israel Beitenu (Israel, nuestra casa), con 7 escaños, cuyo líder, Avigdor Lieberman, fue ministro de Defensa y de Finanzas con Netanyahu antes de enemistarse con él, alcanzando notoriedad por el molde nazi en el que parece haber sido forjado.

Y resulta que para afrontar a la coalición gobernante estos líderes, que durante la campaña negaron tener la menor intención de tratar con los partidos árabes en caso de necesitar sus escaños, no han dudado en hacerlo al verse con esos 48 escaños insuficientes y necesitados de ese importante contingente de 19 puestos en el parlamento (Knesset). Con la feroz oposición de Lieberman, pero que no tendrá más remedio que tragar con esas negociaciones de los líderes de los partidos de su propia coalición (aunque también podría “pasarse” al bloque gobernante, creando una nueva situación de empate y llevando a repetir las elecciones, lo que ni siquiera él mismo desea).

De tal manera que son los dos partidos árabes y sus 19 escaños los que de alguna manera protagonizan la nueva situación, aunque las circunstancias los obliguen a un rol aparentemente pasivo, pero ciertamente vigilante. Representan al 20 por ciento de la ciudadanía israelí de etnia árabe, aquellos y sus descendientes que permanecieron en el país tras la feroz expulsión de la Nakba de 1948-1949, que hasta ahora apenas significaban nada en el espectro político (y electoral), tanto por sus propias divisiones como por ser considerados desde el poder sionista como malditos, civil y políticamente menospreciados; lo que hacía que parte de la población árabe votase a los partidos judíos más moderados como única vía realista de mejorar la suerte de este importante (y en crecimiento) contingente de ciudadanos israelíes, ante la irritación de los sionistas que ven, por el contrario, cómo aumenta la emigración de la población judía, anunciando un “drama” demográfico inevitable. Son el llamado Lista Conjunta, con 11 escaños, que comprende tres grupos (Jadash, Balad y Ta'al), y el Ra’am, con 7 escaños, considerado islamista moderado y cuyo líder, Mansur Abbas, podría ser nombrado ministro en el futuro Gobierno, si bien bajo condiciones muy especiales, que hará falta saber si Abbas las aceptará o no.


Mansur Abbas, líder de Ra’am (wikipedia).

        De momento, el líder de los “vencedores”, Eizenkot, sigue insistiendo en que, para llegar a un acuerdo, los partidos árabes han de reconocer, (1) al Estado judío de Israel, (2) los contenidos de la Declaración de Independencia de 1948, y (3) la denuncia de Hamás como grupo terrorista, así como la eliminación de su poder en Gaza. Peliagudas condiciones todas ellas y de modo especial la primera, en línea con la ominosa “Ley del Estado-nación del pueblo judío”, de julio de 2018, que sigue el modelo nazi de exclusión -primero de la ciudadanía y después de la presencia- de todo aquel no declarado oficialmente como judío, y cuya entrada en vigor fue suspendida por el Tribunal Supremo seguramente tocado por tal suprema indignidad y no menos indescriptible estupidez. Para esos partidos que representan a no judíos, el reconocimiento de un Estado y una Ley que decreta la “desaparición” legal de los árabes del Estado de Israel y por supuesto de ellos mismos, es muy difícil de tragar, como no sea con malabarismos textuales, segundas intenciones o trapacerías políticas.

Esto nos sitúa ante la verdadera trascendencia del repentino poder al que han llegado los partidos árabes con su “irrupción traumática” en la contienda electoral y el inevitable entendimiento con las facciones menos criminales y racistas del elenco sionista israelí, y que apunta a la única posibilidad de supervivencia del Estado de Israel, que es la recreación de un Estado, el de Palestina, con dos naciones/religiones/etnias federadas y pacificadas, desnuclearizado, laico, no violento y, por fin, en paz con sus vecinos y con la Humanidad.

Este es el destello de esperanza que el éxito reciente de los partidos árabes prefigura como única solución justa en perspectiva, si hemos de desear el fin de ese Estado -rapaz, diabólico y enloquecido- de Israel.

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