Por Alberto
Mesas De Madrid a Tirana, pasando por París, Lisboa, Bruselas, Viena o Roma. Cientos de miles protestan contra el negocio de la vivienda, el deterioro de los servicios públicos, la precariedad laboral o las políticas de austeridad.
Trabajar, estudiar y esforzarse al máximo para tener una casa propia, un trabajo estable y un futuro próspero. En ese mantra repetido por gobiernos liberales de todo pelo –también socialistas– han crecido millones de jóvenes de toda Europa. Hace casi 20 años, la Troika y las políticas austericidas comenzaron a erosionar el pacto social basado en el bienestar. Hoy, esas políticas de recortes y privatización de lo público continúan castigando a una generación que vive mucho peor que la de sus padres.
Cientos de miles de jóvenes en España, Francia, Bélgica, Portugal, Italia y Albania llevan varias semanas saliendo a la calle y movilizándose por la dificultad de acceder a una vivienda digna, la pérdida de poder adquisitivo o el deterioro de los servicios públicos. Algunas de esas manifestaciones han pasado de recoger reivindicaciones concretas para derivar en una protesta más global de hartazgo que clama contra las élites económicas y en muchas ocasiones cuestiona el funcionamiento del propio sistema.
“Hay que tener en cuenta que venimos asistiendo a un deterioro importante del funcionamiento de las democracias liberales”, expone el profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid Luis García Tójar. Para el profesor, ese deterioro “es consecuencia de los recortes en el Estado del bienestar, que han provocado el crecimiento del descontento social”. Tójar explica que ahora, como hace un siglo, ese malestar está siendo aprovechado por los partidos de ultraderecha, y que las movilizaciones de los jóvenes son una respuesta a esta crisis.
Las redes sociales y los contactos entre colectivos estudiantiles, sindicatos y asociaciones están contribuyendo a que las marchas en un país sirvan de referencia para las de otro. Las acampadas en España, por ejemplo, han inspirado iniciativas similares en Portugal, mientras que las protestas francesas han coincidido con nuevas movilizaciones en Bélgica e Italia.
“Estas protestas tienen un elemento común, que es la juventud, y eso las hace aún más confluyentes”, continúa Tójar. “Aún es pronto para decir si el malestar de los jóvenes con las instituciones políticas puede resultar en una nueva conciencia política, pero es una posibilidad”, añade. De momento, el clamor de las calles se ha colado en las agendas políticas de varios gobiernos.
España: el desahucio de Maricarmen prende la mecha
En España las protagonistas son las acampadas por la vivienda que se han instalado en las plazas de múltiples ciudades.
El desahucio de Maricarmen Abascal, cuyo alquiler había subido de golpe un 230% después de que un fondo buitre se hiciera con su casa, desencadenó las movilizaciones impulsadas por el Sindicato de Inquilinas a finales de septiembre.
Las primeras protestas pedían bajar el precio del alquiler, el fin de los desahucios y poner coto a la especulación por parte de los fondos buitre, y aunque las movilizaciones tienen un carácter bastante transversal e intergeneracional, los jóvenes han acabado asumiendo el protagonismo, y las acampadas se han convertido progresivamente en un espacio asambleario de organización.
“Se ha logrado más en ocho días que en ocho años de una legislatura supuestamente progresista”, destaca Beatriz García de la Torre, integrante y portavoz del Sindicato de Inquilinas, que critica que “el gobierno progresista ha sido incapaz de aprobar mejoras para la vida de las personas”.
García de la Torre insiste en que “la verdadera legislatura de la vivienda ha comenzado gracias al sindicalismo de base y a la organización del poder popular. Los decretos que hoy están sobre la mesa son solo el primer paso, pues lo que queremos y necesitamos son medidas estructurales y no parches en materia de vivienda”. Para el sindicato, el motivo de que los partidos políticos no sean capaces de priorizar el derecho a la vivienda es “que tenemos un Congreso secuestrado por el rentismo que legisla para esa minoría del 4% sin importarles las necesidades de sus propios votantes”.
De momento, esa organización en las plazas y acampadas ha logrado impulsar una huelga general para el próximo 11 de noviembre. “Esta huelga no va contra un gobierno concreto, va contra los rentistas, las grandes empresas y la patronal que siguen haciendo negocio con nuestras vidas, y contra todos los gobiernos que sostienen sus privilegios”, aclaran desde el Sindicato de Inquilinas.
Es imposible no establecer similitudes entre las actuales acampadas por la vivienda y las del 15M en 2011. Para García Tójar “las actuales protestas de las plazas están mejor organizadas que las de entonces. El papel del Sindicato de Inquilinas está siendo decisivo como núcleo de la movilización, y sus líderes están dirigiendo la acampada con buena inteligencia táctica, aprovechando la coyuntura de la inesperada campaña electoral y el apoyo de otros movimientos de protesta como el del profesorado”.
El profesor también comenta que aquella generación del 15M “aceptó el reto de los viejos partidos para hacer política institucional, se crearon nuevas formaciones y despertaron energías políticas creativas”. Sin embargo, prosigue Tójar, “por ahora el resultado de esa institucionalización del movimiento político surgido del 15M es más bien escaso, o al menos no está a la altura de las expectativas despertadas”.
Portugal: acampadas por la vivienda en el centro de Lisboa
Como en España, en Portugal la crisis de la vivienda se ha convertido en el desencadenante de importantes movilizaciones que reclaman alquileres asequibles, mejores salarios y medidas contra el encarecimiento de la vida. Lo que empezó con manifestaciones en Lisboa y Oporto, se está desarrollando con una acampada en el centro de la capital.
“Nuestras vidas son más importantes que los beneficios de los bancos, obtenidos mediante los intereses de nuestros créditos, o que el negocio especulativo de los alquileres”, aseveran desde el movimiento Porta a Porta – Casa para Todos.
El colectivo asegura que “los problemas actuales de la vivienda no son coyunturales, estamos ante un problema estructural y profundo sobre el que urge actuar y contra el que es imprescindible luchar, exigiendo y construyendo soluciones”.
En Portugal, la chispa de la indignación prendió tras el anuncio del Gobierno conservador de Luís Montenegro de lanzar un proyecto de ley para darle más poder a los caseros. De aprobarse en el parlamento, el texto promovido por el Ejecutivo otorga a los propietarios de viviendas más poder para decidir, por ejemplo, cuándo acaba un contrato, o si se prorroga, además de poder pedir hasta tres meses de fianza por adelantado.
“Esta ley no puede salir adelante. Queremos respuestas muy concretas y las queremos ahora”, reclama Dejanira Vidal, una de las portavoces de Porta a Porta, que asegura que las movilizaciones continuarán hasta que el Gobierno responda a sus demandas.
A lo largo de este mes de octubre, se han sumado las movilizaciones convocadas por la Confederación General de Trabajadores Portugueses (CGTP), el principal sindicato del país, y decenas de miles de personas han recorrido el centro de Lisboa para exigir subidas salariales, mejores pensiones y servicios públicos, y medidas contra el encarecimiento de los productos básicos. El ministro de Asuntos Parlamentarios, Carlos Abreu Amorim, ya ha asegurado que el Gobierno no cedería ante las presiones de la calle.
Francia: los estudiantes toman la Bastilla
En Francia el movimiento empezó a mediados de septiembre en Créteil, en los suburbios del sureste de París. Allí, miles de estudiantes de secundaria se sumaron a las reivindicaciones de sus profesores reclamando más recursos y mejores condiciones para la educación pública, que adolece de falta de docentes, aulas masificadas y el deterioro de edificios. Las imágenes de los primeros piquetes en centros educativos se difundieron rápidamente a través de las redes sociales, y eso ayudó a que las protestas se extendiesen a otras ciudades del país como Marsella, Burdeos, Niza, Nantes o Limoges.
La federación sindical de estudiantes Union Étudiante afirma que lo que se está viviendo estas últimas semanas en Francia “expresa la ira de los jóvenes ante el desprecio que sufren”, y acusan a Emmanuel Macron y los sucesivos gobiernos de “diez años de políticas antisociales y discriminatorias que han deteriorado nuestras condiciones de vida y de estudio”.
El sindicato insiste en que haya reformas “para permitir que todo el mundo pueda estudiar dignamente”, y aseguran que “las intimidaciones y la violencia policial no nos harán callar. Creen que apagan el movimiento, pero no hacen más que avivarlo […] Será mediante la huelga, que recuerda a los poderosos que no son nada sin quienes trabajan, como conseguiremos que nuestras reivindicaciones sean atendidas”.
Sin embargo, la movilización estudiantil ha dado paso a la exhibición de un malestar mucho más amplio que enlaza con el encarecimiento de la vida, el aumento del precio del combustible, la desigualdad y la falta de respuesta por parte del gobierno y la política, atrayendo a sectores de movimientos anteriores como los famosos chalecos amarillos.
Albania: flamencos contra la corrupción
Albania es otro de los países europeos donde han surgido multitudinarias protestas, en este caso contra la corrupción, la falta de oportunidades y la desconfianza hacia un Gobierno al que una parte importante de la opinión pública acusa de favorecer a las élites económicas. Desde el 13 de octubre, las movilizaciones se han extendido por la capital, Tirana, y otras ciudades, con enfrentamientos entre manifestantes y policías, algunos disturbios y llamamientos a la dimisión del primer ministro, Edi Rama.
No obstante, las manifestaciones se remontan a este verano, cuando miles de personas se echaron a la calle para mostrar su rechazo a un proyecto turístico de lujo en la costa sur del país. El movimiento fue bautizado como “la revolución de los flamencos”, ya que el complejo, vinculado al yerno de Donald Trump, está previsto que se construya en Zvërnec, una zona protegida cercana a la laguna de Narta, donde habitan grandes colonias de flamencos.
“Para nosotros, la destrucción de la costa albanesa no es un asunto aislado, sino un síntoma de problemas más profundos, entre los que se incluyen la corrupción, la concentración de poder y la falta de rendición de cuentas”, señalan desde el movimiento Flamingo Revolution.
Así, con el paso de los meses el movimiento estudiantil ha acabado convirtiéndose en el principal motor de las manifestaciones. Entre sus reivindicaciones están la mejora de las condiciones en las universidades, la reducción de las barreras económicas para acceder a la educación superior, más ayudas estatales para los estudiantes y mejores perspectivas laborales después de graduarse.
Los jóvenes denuncian que la falta de recursos educativos y las dificultades para encontrar un trabajo digno limitan sus posibilidades de construir un futuro en el país. Desde el movimiento aseguran que “muchos jóvenes albaneses sienten que no pueden labrarse una vida digna en su propio país debido a la corrupción, la falta de oportunidades y la concentración del poder en manos de una pequeña élite política”. Según el propio INE albanés, casi el 80 % de los albaneses emigrados se fueron entre los 15 y los 34 años.
Por su parte, el primer ministro –en el cargo desde 2013– ha culpado a “actores externos” de alimentar los disturbios y ha defendido que las protestas violentas ponen en peligro el futuro del país. El movimiento, por su parte, ha dejado clara su desconfianza hacia los partidos tradicionales, y propone “un gobierno técnico de transición temporal e independiente que garantice un proceso electoral justo y permita a los ciudadanos elegir libremente a sus representantes, sin interferencias por parte de las mismas estructuras de poder político y económico que han contribuido a la actual crisis”.
Bélgica: movilizaciones contra la austeridad del Gobierno
En Bélgica la protesta también ha mutado. Primero se centró en demandas como el precio de las matrículas de acceso a la educación superior, el encarecimiento del transporte público y las dificultades para conseguir material de estudio, pero en las últimas semanas el descontento ha girado hacia las políticas de austeridad del Gobierno de Bart De Wever que, entre otras cosas, pretende reformar el sistema de pensiones y de prestaciones por desempleo, y subir el IVA general del 21% al 22%.
Uno de los puntos de fricción es el incremento de las tasas universitarias para buena parte de los estudiantes de la comunidad francófona, que pasan de 835 a 1.194 euros. Los manifestantes denuncian que cursar estudios superiores se está convirtiendo en un privilegio en lugar de ser un derecho accesible para todo el mundo.
La influencia de Francia ha contribuido a reactivar las movilizaciones. Algunos estudiantes belgas han reconocido que las protestas al otro lado de la frontera les han animado a intensificar sus propias reivindicaciones.
‘Querida Italia, ¿cuánto nos cuestas?’
Bajo ese lema, la organización estudiantil Unione degli Universitari (UDU) ha organizado acampadas de estudiantes frente al Parlamento y en distintas universidades. En Italia, la indignación de los jóvenes por la pérdida de poder adquisitivo, los salarios estancados y las dificultades para acceder a una vivienda asequible ha desembocado en una oleada de protestas que ha recorrido varias de las principales ciudades del país.
“Hemos vuelto a las tiendas de campaña porque, después de acampar hace tres años en toda Italia, en materia de vivienda solo hemos visto empeoramientos”, comenta Sabrina Brizzola, coordinadora de la UDU, que incide en que “en Italia, vivir se ha convertido en un ejercicio de supervivencia y estudiar es un privilegio para unos pocos”.
Milán está siendo el epicentro de las manifestaciones y el reflejo de un malestar que clama por mejores sueldos, medidas contra el encarecimiento de los productos básicos y los combustibles o la defensa de los servicios públicos. Tal y como reflejan los datos del INE italiano, en el último año la inflación ha subido un 4,2 % interanual, y afecta especialmente a la energía y los alimentos frescos, mientras que el alquiler también se ha incrementado casi un 4% de media.
“Los jóvenes y estudiantes no conseguimos llegar a fin de mes, no podemos pagar el alquiler ni asumir las subidas de las facturas. La cesta de la compra es cada vez más cara y eso nos impide tener garantizado nuestro derecho a estudiar”, prosigue Brizzola.
Con elecciones previstas para 2027, el Ejecutivo de Meloni ha intentado poner el foco en los episodios de violencia, mientras la oposición insiste en remarcar el malestar social. En Roma, la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL), el principal sindicato del país, anunció una huelga general para el próximo 20 de noviembre.
Como comenta el profesor Tójar, el modelo de Estado de bienestar fue la respuesta institucional en Europa a la lucha de clases del siglo XX. Pero “ahora está en retirada. Si la política institucional quiere apaciguar el descontento debe volver a ese modelo, que ahora será más complejo y más caro. Mientras esa solución esté bloqueada, habrá más protestas por la derecha y por la izquierda”, sentencia.
Fuente: Ctxt




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