Que tampoco el otoño es ya lo que era (10 de 21)
Quise honrar a Alfredo Bryce Echenique, autor peruano desaparecido este año y del que apenas sabía nada, pero que por algún motivo persistía entre mis cuentas literarias pendientes; y púseme a leer lo que de él posaba en mi estantería tras 25 años de espera... Me lo pasé en grande con Un mundo para Julius (1970) y continué, sin solución de continuidad, disfrutando a tope con los dos volúmenes de La vida exagerada de Martín Romaña (1981). Todo lo cual me ha estimulado a leer más de sus obras, con la seguridad de que me van a sentar rebién, más allá de reconocer su calidad, que fuera recompensada con importantes premios, como los españoles Nacional de Narrativa (1998) y Planeta (2002).
El divertidísimo Un mundo para Julius describe la vida, primero familiar, y luego escolar de un niño y adolescente que me lanzaba constantes flashes de la mía propia, aunque, hay que ver qué cosas, la suya era de niño rico, de la aristocracia, digamos, criolla de Lima y la mía de huérfano de un gremio, el ferroviario, incluido en los círculos de pobreza de la España franquista de los años 1950 y 1960; un colectivo del que siempre se decía (como del de los maestros de Escuela) que el hambre venía a detenerse en su puerta, sin traspasarla del todo. Era la educación de Julius, en colegios caros y en manos religiosas, la que me producía certeros respingos en mis recuerdos y en mi memoria reproducida de trances y avatares. Porque la educación en los internados de RENFE durante esos años de nacionalcatolicismo, tenía mucho de privilegio, considerando cómo estaba el país y el bajo nivel educativo general de niños, adolescentes y jóvenes; esto fue repuntando, desde luego, pero aquellos internados formaban, de los 8 a los 18 años bajo una disciplina férrea, no solo en las materias educativas estándar -bachillerato, formación profesional- sino también, y ahí era donde me veía emparejado y solidario con el Julius limeño, en tantas otras facetas que formaban y distinguían: los deportes y las competiciones, las excursiones, el teatro, el coro, las fiestas y sus sobremesas, los concursos escolares de todo tipo...
Se me concederá recordar, ya puesto, mi primer viaje a Madrid, como tal, en abril de 1962 desde mi internado de León para participar en los Campeonatos Nacionales Escolares de Atletismo, encuadrado (categoría Infantil B, creo recordar) en el equipo del colegio. Y también quiero que se reconozca la proeza que supuso el acuerdo, en 1929, de reunir a todas las empresas “sobre raíles” (o sea, las privadas que luego formarían Renfe, las de vía estrecha, las de metro y las de tranvías) para crear el Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, financiado por una mínima exacción del salario de esos trabajadores y lo que entonces eran “billetes de andén”, gravando el acceso a las estaciones importantes.
Bueno, no quiero que peligre, con mis divagaciones del alma, el reconocimiento de la prosa de Bryce Echenique, así que diré que el relato de esas aventuras del perplejo, sufrido y aventajado Julius -por supuesto, trasunto del mismísimo autor- consta de la minuciosidad de un artesano de la escritura, las anotaciones de quien no quiere dejarse atrás ningún momento de lo vivido, el humor del cáustico feliz enamorado de la/su vida y, por resumir, la habilidad y bonhomía de quien tiene pendiente enseñar el Perú de sus días al mundo desarrollado, principalmente a la Europa reconstituyente y faro cultural sin competencia.
Una Europa concentrada en la Francia de los años 1960, donde recaló el licenciado en Derecho con ambiciones literarias poco tiempo antes de aquel mayo del 68 en cuyo transcurso juega el papel de un izquierdista comme il faut, que navega entre los adoquines volanderos de los bulevares en lucha, las refriegas con gas lacrimógeno de cada tarde, los cuartuchos bohemios y de heroico acceso (recordad el viejo París), los amigos dialécticos y los amores consecutivos de la muchachada soñadora (con profusión anglosajona, en busca oportuna de latinidad idealizada). Que todo esto, y muchas cosas más, es La vida exagerada de Martín Romaña con, empero, un hilo conductor y absorbente: amores, viajes amorosos y trompicones del corazón.
Y así, cuando el protagonista, en una de sus estancias recurrentes en España, llega a Oviedo y se dirige a tomar un ALSA para continuar viaje, a este cronista, tan atento a las peripecias geográficas de Martín, lo asalta un recuerdo y lo zarandea una vez más la sintonía con el trotamundos. Pues sería en 1967, pasado San Mateo, patrono de la ciudad, con los estragos del fiestón alineados en los bordillos y la resaca ambiente ribeteando las calles adormiladas, cuando desembarqué del exprés que me traía desde Puente de los Fierros y el calor de mi familia asturiana, interesándome por las formas de subir a Covadonga -con los mañaneros y al calorcillo de un café con leche en ese bar, tan ferroviario, que hace esquina con la calle Uría (y la sigue haciendo, qué gozada)-, y hete aquí que un señor espigado, encorbatado y atento, me recomendó tomar un ALSA. Y como yo -ferroviario impenitente- le sonriera algo compasivamente y le dijera que prefería ir en tren, le sobrevino un arrebato de espontánea pero bien administrada indignación que pareció trastornarlo -¡qué imprudencia la mía!-, asegurándome que ALSA era una empresa muy seria y potente, como demostraba el que pronto iba a establecer “un servicio con Moscú”.
Cada vez que desembarco en Oviedo desde el tren y me recompongo en ese mismo bar, recuerdo a aquel buen asturiano que supo, tan vehementemente, defender a la que ya era popular empresa de Autobuses de Luarca. Y lo mismo me ha pasado leyendo a Bryce Echenique reconduciéndome, con su meticulosidad, a recuerdos imborrables. Pero como había quedado con mi compa Ceferino -de largos años en Ávila, León y Madrid-, ovetense él y a mucha honra, me hizo ver que lo mejor era subir al tren de vía estrecha de los entonces llamados Ferrocarriles Económicos de Asturias (luego FEVE, ahora RENFE, mañana...), llegar hasta Arriondas y luego cumplir la excursión en autobús por Cangas de Onis. Y así hicimos nuestra excursión a la Santina (que alguna vez hay que hacerla, ¿no?), recordando a Pelayo Matamoros y disfrutando de tan recios y hermosos paisajes.
No sé muy bien por qué (puede ser, sin más, por un imprevisto ataque de morriña), que cuando se ha iniciado este otoño me he acordado de Galicia y de un último y mágico viaje (2019) por sus marcas más intrincadas, esas que por el Navia y Fonsagrada llevan a los Oscos asturianos y a Cangas del Narcea, y me ha dado por recurrir, puesto a saborear el regusto distante de sus misterios y leyendas, a Álvaro Cunqueiro (1911-1981), uno de mis autores preferidos por su galleguismo universal, su culturón clásico y mitológico y su enraizamiento en Mondoñedo, una de esas veinte o veinticinco villas gallegas de segundo o tercer orden que a mí me atraen sin excepción (debe de ser por su templanza contagiosa).
Y he descolgado una docena de libros suyos, adquiridos casi todos en Santiago, para releerlos y disfrutarlos, mientras el anticiclón de octubre acaba por diluirse y los frentes nubosos atlánticos riegan la ya húmeda Galicia y recorren la Península (machacando, por cierto, las riberas mediterráneas, cada vez más expuesta e inermes al furor de dioses desatados); porque acudir, por necesidad anímica o intelectual, a la Galicia sobrecogedora ha de hacerse, en carne o en mente, con tiempo gris: abstenerse quien no consiga entender esto (que no es tópico ni cuento).
Así que, para empezar, Cunqueiro me desparrama en Viajes imaginarios y reales (1986) sus cien artículos de viajes rememorativos, relatos inundados de color y gracia grecolatinos, que me hacen recalar en “Ulises regresa a Ítaca”, siguiendo mis propias recomendaciones anotadas bajo el título, que es el artículo donde el autor se reconoce fascinado por Ulises vagabundo y se remite, no menos seducido, al “primer verso del más hermoso soneto de Francia”, dice, que no es ni más ni menos que aquel de Du Bellay: Dichoso quien, como Ulises, hizo un hermoso viaje... Una fijación altamente inspiradora que, en Las mocedades de Ulises (1960), lo llevará a un derroche de fantasía, muy de su gusto, en el que, junto a los personajes homéricos, desfilarán otros de la historia real antigua, héroes gaélicos, actores inventados... con observaciones de mi puño y letra tales como némesis inquietante, la mía, de la página 101, que ahora mismo no sé a qué correspondería ni en qué pensaría yo o qué me alteraría en los días de su lectura; pero también me ordenó leer una y otra vez (volver a Mondoñedo).
Porque Mondoñedo en la obra de Cunqueiro, es esencia, estructura y guía, aunque divague con su portentosa imaginación por territorios ajenos, tantas veces irreales, siempre exuberantes.
Mi última estancia en la episcopal villa, de nombre romano Mindunietum, que fuera capital -hasta 1833 y el mangoneo de Javier de Burgos- de una de las siete provincias históricas del Reino de Galicia, quiero recordar que fue en 2011, cuando iba a presentar mi libro Ecologíada (cien batallas) en el espléndido Domus de Riazor, en A Coruña, recorriendo parte de la cornisa cantábrica. Y no puedo olvidar que, recalando en una de sus plazas de granítico ver y pensar, entré a voleo pero con acierto (cualidad que mis hados viajeros me tienen atribuida) en un modesto y cuidado bar donde el matrimonio que lo regentaba quiso adjudicarme un discípulo inesperado, su propio hijo, que se iniciaba esos días de estudiante de Derecho en Santiago y con el que, tras animosa charla, pude comprobar, encantado, su madurez y vocación; no podía haber continuidad, y así lo entendieron los preocupados padres: son sorpresas gozosas del camino, pero ni que decir tiene que, cuando vuelva a Mondoñedo, lo primero será dirigirme a ese bar y ver qué hay, o hubo, de todo aquello (y cuento con obtener buena razón de aquel joven estudioso al que auguré una espléndida carrera).
Esta ubicuidad dual y espiritual de Cunqueiro y Mondoñedo es insoslayable para cualquiera que estime su obra, y a cuento de esto he de recomendar a mis lectores que echen mano -que yo también lo haré- de la obra Álvaro Cunqueiro e Mondoñedo. Guía literaria (2017), de Armando Requeixo, profesor universitario de Lingua Galega y paisano de nuestro autor, obra que describe al Mondoñedo cunqueiriano y al Cunqueiro mindoniense: no es necesario esperar a que se publique en castellano, ya que el galego, como se sabe, es lengua de lectura apacible e inteligible, a poco que el lector -como debe- se le entregue.
Otras obras que deben acometerse son Merlín y familia y otras historias (1955), en la que brilla el esplendor gaélico-artúrico de la fantasía de Cunqueiro, que mereció el premio de la Crítica en 1959; Las crónicas del sochantre, que fue premio Nadal en 1968; El hombre que se parecía a Orestes... y todas las demás. Recuerdo bien que mi primer contacto con la obra de Cunqueiro fue Viaje por los montes y chimeneas de Galicia. Caza y cocina gallegas (1969), compartida con José María Castroviejo, que capturé callejeando Viveiro en 1976, en una de mis visitas (con actuación) al frente nuclear de la costa de Lugo: que es un deambular en pos de la pitanza tradicional gallega, con minuciosa atención a los orujos de la Galicia umbría, que ambos compadres saborean como lágrimas posadas en cafés de lar y llar, puchero y lumbre...

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