viernes, 9 de octubre de 2026

Este Montaigne que vale para todo…

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (5 de 21)



 Por Pedro Costa Morata   
   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

El verano se me pasó, como quien dice, afinando lo esencial de lo que yo quería decir sobre las relaciones España-Marruecos, capítulo final de mi trabajo sobre el Sáhara Occidental. Y a mitad de las calores no tuve más remedio que atender, e incluir, todo eso de la invasión/avalancha/marea, etcétera, de Ceuta. Pero como tuve que cerrar el texto sin más remedio y enviarlo al editor, a partir del 1 de setiembre pude recuperar el ocio perdido y emprender las lecturas que arrinconé hasta que se me pasara el calentón sahariano-climático. Por lo que eché mano a lo que más ganas tenía de disfrutar, un libro sobre Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592), renacentista francés noble, rico, despreocupado y especulador de sí mismo que, tras dedicar los últimos veinte años de su vida a sus celebérrimos Ensayos, no ha dejado desde entonces de ser objeto de estudios, críticas, vueltas y revueltas sobre su obra y vida, con un notable repunte en lo que va de siglo XXI. La obra reciente a la que aludo se titula Un verano con Montaigne (2014), y le llegó la hora, como digo, este mes de setiembre, después de tenerlo pendiente desde 2018, que es cuando lo descubrí. Y lo primero que tengo que decir es que me duró dos tardes, porque se trata de una edición que más que elegante he de calificar como derrochadora ya que, si de 167 páginas impresas con cuerpo para cegatos, hay que apartar 44 en blanco, pues, oye, su lectura es un paseo.

Del señor De Montaigne devoro todo lo que cae en mis manos desde que leí sus Ensayos.


Michel de Montaigne (Artnet News).

Las notas de la obra en tres volúmenes que conservo señalan que los leí en el último trimestre de 2011, que ahora caigo que fue el tiempo de la campaña electoral de las generales de ese año, siendo yo candidato: curioso que encontrara tiempo para leerlo, interesante que me pareciera en aquel momento la lectura más idónea y muy explicable que, tras el subidón electoral, siguiera con cosas sobre Montaigne, concretamente Cómo vivir: una vida con Montaigne (2010), de la escritora inglesa Sarah Bakewell, un “bello, paciente y cariñoso trabajo” (como anoté al leerla, en enero de 2012).

       De nuestro personaje hay que decir que, siendo noble y bien situado por familia e inercia en la política del momento, resultó que no tardó en hastiarse de la misma, abandonándola a los 37 años, tras ser alcalde de Burdeos. No encontró demasiada dificultad para dejar de lado la política, tan vulgar y encima absorbente, para dedicarse a lo que a sí mismo se reveló como verdadera vocación, especulando sobre el bien y el mal, el hombre y su condición, la vida hacia adentro, la muerte... y mirarse al propio ombligo con más que regular frecuencia. Todo ello le fue posible porque sus rentas, procedentes en su mayor parte de los viñedos de la propiedad que heredó, se lo permitían, y así, cualquiera.


Torreón del castillo de Montaigne (Gironde Tourism).

       Su personalidad y circunstancias, tan peculiares, han sido tomadas como faro creativo por liberales cultos, estoicos imprecisos y hasta epicúreos creyentes en el filosófico buen vivir, subyaciendo en estos seguidores la envidia por el ocio del ricachón al que -disponiendo de una educación exquisita, siendo buen amo, esposo distante y misógino practicante-, no le quedaba otra que filosofar.

        Es por ello que, en realidad y a la luz de un mundo -pleno siglo XVI- del que procuró eludir sus turbulencias, el intimismo en el que incurre y que atraviesa toda su obra es apto como ejemplo para quienes, como él, renuncian a las instituciones y evaden todo compromiso con la política de su tiempo, desagradable y peligrosa, bien es verdad: eran los años en que católicos y protestantes se enfrentaban en Francia a muerte por causas perfectamente hipócritas, pero con ensañamiento nada ficticio. No es esta obra, con todo y con el despego evidente de lo social que entraña, una referencia para uso de solitarios fugitivos (pero ricos, claro), ya que sus contenidos y alcance superan en mucho lo que hubiera podido ser un marco de especulaciones de misántropo que se contenta con contemplar al mundo desde su gabinete y su ventana, perfectamente aislado en el torreón del castillo familiar. Nada de eso, sino que los Ensayos adquirieron, con éxito inmediato, fama de utilidad general, de modelo de conducta y de método de examen interior necesario para afrontar, desde una vida de discreción, serios y muy variados aspectos de las relaciones sociales y la introspección personal. Hasta el punto de que, muy adecuadamente, buena parte de su denso contenido serviría para retiros “civiles” de ejercitandos espirituales. Y digo bien civiles, ya que la Iglesia Católica envió los Ensayos al Índice de libros prohibidos en 1676, qué estupidez.

       Dada la enorme amplitud de temas y también de enfoques (con sorpresas y contradicciones que no faltan) y aunque esta obra se considere apta para lectores, pensadores o educadores de muy variada pinta, se hace necesario expurgarla cuidadosamente, según necesidad o incluso curiosidad, ante el peligro de sumergirse en tal variada gama de reflexiones y recomendaciones que fácilmente puede uno sufrir del empacho erudito, la mistificación personal, las manías insuperables o las lamentaciones que más recuerdan a un atribulado hipocondriaco. Se impone, pues, y aunque la lectura de los Ensayos es siempre placentera por el rigor y la precisión a que se entregó su autor, una sabia y prudente actitud hacia el pensador embebido en una (muy) cómoda distancia, marcada por el exceso de su circunspección personal: no en vano, sus admiradores más entregados, de matriz principalmente francesa, son liberales y aun neoliberales, ergo individualistas.

       Los Ensayos abarcan más de un centenar de temas, en realidad reflexiones o anotaciones sobre lo que rodeaba a su autor, pero ante todo de sí mismo, un enorme material que el académico Antoine Compagnon, el autor de Un verano con Montaigne, concentra y selecciona en 40 capitulillos cuya escritura y exégesis, francamente, deleitan. De ellos tengo anotado que el último es “muy aprovechable” seguramente por el lema que exhibe, tomándolo de los atenienses, “Eres Dios en la medida que te reconoces hombre”, de estimulante enjundia; y en él glosa el carpe diem de la vida intensa por cuanto irrepetible; y apela a Horacio (aunque su héroe es sin embargo Sócrates), siendo muchos los analistas de su obra que lo alinean sin embargo con el epicureísmo, seguramente por la búsqueda de un vivir bien “sin milagro ni extravagancia”, así como por su irrupción, sin complejo ni escrúpulo, en las anchas playas del saber.

Montaigne se presenta como un hombre siempre dispuesto a aceptar las ideas de los demás, le gusta “gratificar y alentar la libertad de divertirme cediendo fácilmente”, y condena repetidamente la “petulancia y la fatuidad”, hasta el punto de que, revelando su vínculo con predecesores tan ilustres como Nicolás de Cusa y Erasmo de Róterdam, reconoce que, ante ciertas materias, “no estoy obligado a tratarlas en serio, ni mantenerme yo mismo en ellas sin variar cuando se me antoje, ni retornar a la duda y a la incertidumbre, y a mi forma maestra, que es la ignorancia”. Y no deja de observar que “la falta de curiosidad del pueblo llano constituye la verdadera sabiduría”, pretendiendo sin duda transmitir una contradicción, entre muchas presentes en los Ensayos, que, desprendiéndose de su extensa y exquisita obra, quisiera no obstante que la hiciéramos nuestra.

Renuncio a una mayor revisión de textos, tan aprovechables, no sin antes resaltar el tratamiento que el girondés da a la muerte, por su alto contenido pedagógico siguiendo el lema de Cicerón de que “filosofar es aprender a morir”. “Privémosla de la extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella. No tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte”, recomienda con verdadera insistencia, dedicándonos como juego de palabras eso de que “la muerte es el final, no la meta”, por lo que “la vida debe tenerse a sí misma como punto de mira, y la muerte ya acaecerá sola”. Pues eso.

No obstante, y pese al individualismo que rezuma su obra, yo siempre he sentido una doble y contradictoria debilidad por Montaigne: por una parte porque, observando de su obra tanto apartamiento, soledad y rechazo hacia el mundo exterior, me mueve a reprensión inevitable por más que se trate de un personaje insigne; y por otra, porque pudo construir, con recursos y sin apremio alguno, la obra que deseó dejar como legado, y eso me produce admiración auténtica, por no decir rotunda envidia, por haberme resultado, pese a mis ganas de escribidor, un placer inalcanzado.

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