viernes, 30 de octubre de 2026

Contra esos miedos que corroen el ánimo y la voluntad

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (14 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

        Se dice en el reciente y magnífico suplemento “Manière de Voir”, de Le Monde Diplomatique, que el 92 por 100 de los franceses confiesa “tener miedo de todo, o casi”, y solo el 8 por 100 afirma “no tener miedo de nada”. Otra cita llamativa informa de que el 40 por 100 de esos ciudadanos señalan el miedo como el “sentimiento que mejor corresponde a su estado de ánimo”, y de ellos, el 80 por 100 lo atribuye a la inestabilidad mundial, con porcentajes algo menores que lo relacionan con la evolución de la democracia y su estado de salud. Esos miedos se desgranan, según esa publicación, entre la “angustia ecológica y la inquietud tecnológica”.

       Muy parecida debe de ser la situación entre los españoles, con la nota diferencial de que son los últimos tiempos, pocos años, los que concentran esas nubes del miedo, múltiple y variado, que vienen cerrando nuestro horizonte como individuos y como pueblo. Haciendo enumeración de estos miedos, podríamos empezar por la angustia ecológica, aunque no creo que sea lo que más preocupe a los españoles, ni siquiera como consecuencia de los embates con los que el clima nos machaca y anuncia que nos machacará; pero reconozcamos que en este caso el miedo está más que justificado, no así la inacción, que también se expresa individual y colectivamente: el medio ambiente no recibe la atención general debida, no es verdad que exista una conciencia ecológica acrecida y hay muy poco de cierto sobre una preocupación fehaciente de las administraciones.

       Y podemos seguir por la inquietud tecnológica, que esa me parece observar que sí va extendiéndose con muy firme impacto de agobio y desesperación, lo que no quiere decir que provoque el rechazo que debiera surgir, atrapados como estamos en la red Internet y el uso compulsivo y voraz del teléfono móvil. El perjuicio que para el empleo implican la invasión tecnológica en todos los procesos productivos, comerciales y administrativos, así como la fragilidad y pérdida de su calidad y dignidad son captados suficientemente por la gente, pero encajados más bien como fatalidad. Dígase lo mismo para la vulnerabilidad extensiva de la privacidad, lo que sufrimos temblando de pavor e invocando a la suerte. El miedo científico-tecnológico que responde a la proximidad de la “muerte tecnológica”, con fallos informáticos o humanos, pero de consecuencias fatales, no ha hecho más que crecer según “avanzaba” el mundo, pudiendo fijarnos en la Ilustración y sus osadías como punto de aceleración. No olvidemos que el Frankenstein de Mary Shelley es un producto ilustrado, si bien de los albores del siglo XIX, y que antes de que acabara ese siglo ya teníamos advertencias muy bien fundadas con las obras de H. G. Wells. Paparruchas comparadas con las distopías del siglo XX: Nosotros, Un mundo feliz, 1984, Fahrenheit 451... ficciones de advertencia científico-técnica cuyos terrores han sido ampliamente superados a renglón seguido, en lo que va de siglo XXI.

       La guerra es otro de los miedos en claro y reciente avance, por las “obligaciones” que nos impone la OTAN, con la implicación incalificable en la hostilización a Rusia y el rearme decidido por un Gobierno temerario y captado por la industria de guerra. Faltaba la reactivación del contencioso territorial con Marruecos para que esa militarización encuentre una justificación oficial y patrióticamente “evidente”, pese a absurda. Es el panorama general de dependencia de España respecto del mundo que nos rodea lo que debiera movernos a un mínimo de decencia como país y Estado y abominar de estos roles que tan alegremente asumimos como lacayos de Estados Unidos, socios satélites de la OTAN y vecinos vulnerables de Marruecos. Más el belicismo de dirigentes desequilibrados como el presidente Donald Trump, obsesionado por servir a los intereses del genocida Estado de Israel y por apoderarse en el planeta de cuantas materias primas pueda.


La guerra y sus horrores. (Unsplash).

       Luego está ese “retorno” de lo más parecido a las pestes antiguas, en sus formas modernas escasamente menos mortíferas, con sus repuntes de pánico mal contenido: no hace tanto las “vacas locas” nos enfrentaron a un miedo nuevo (anuncio de otros muchos de transmisión animal-humanos) frente al que médicos y científicos disimulaban lo que podían para no transmitir su ignorancia; y al poco sobrevino la epidemia del Covid-19, con 117.000 víctimas mortales en España y -ahí queda eso- 22 millones en el mundo. Por no aludir a enfermedades tropicales que se vienen conteniendo principalmente desde África, pero que la creciente globalización, con millones de personas viajando por todo el mundo, no garantiza estanqueidad alguna. En relación directa con el desarrollo económico, la degradación del trabajo, el acoso tecnológico, el deterioro de las relaciones personales y familiares... está el aterrador incremento de las enfermedades mentales en todo el mundo, en sus numerosas variaciones y expresiones.

La política internacional con dirigentes salidos de no se sabe muy bien qué moldes diabólicos, es reflejo directo de las agitaciones del capitalismo internacional, enfrentado a su degradación, contradicciones y crímenes, por lo que desemboca necesariamente en violencia, sea bélica, sea institucional, transmitiendo el temor a que se extiendan y nos golpeen cada vez más. El objetivo está muy claro y es asustar, intimidar y paralizar a las fuerzas de resistencia, que conocen bien a ese enemigo desatado y dispuesto a llevar a la precariedad y la miseria por los métodos que sea al mundo entero, y recuperar la tasa de ganancia de tiempos anteriores, una vez conseguido el control de las élites mundiales.

Y la política nacional, la de España, extraordinariamente envenenada por la avaricia de poder de las derechas de siempre (con sus apéndices ultras e integristas, bien conocidos desde los años 1930), se ha convertido en un marco atemorizador, en el que las instituciones democráticas y los logros sociales se debilitan y tambalean ante el desgaste de una oposición indecente que, cuando gobierna en las regiones, pierde todo complejo y la emprende contra la mayoría y sus derechos sin cortarse un pelo. Las amenazas sobre todo el arco de la protección social (desempleo, vejez, incapacidad), en caso de gobernar las derechas volverán a consumarse según su estilo y sello por la austeridad y el recorte, el escarmiento de los “excesos” y el sacrosanto equilibrio presupuestario, eslóganes todos ellos que se resumen en el castigo de la población para mejor contribuir al saneamiento y el enderezamiento del capital, empresas y empresarios, a cuyo servicio gobiernan.


El desahucio acecha. (A. Kudacki-El País).

Son amenazas sobre un sólido planteamiento de acosos y agresiones -ahí los tenemos, contra la educación y la sanidad, educadores y sanitarios- que se expresan con inusitada violencia como respuesta a la indignación y el hartazgo de grupos socialmente estratégicos de profesionales maltratados y empobrecidos cuyas demostraciones de ira se toman, falazmente, como subversiones para poder así aplicar la mano dura que enderece y discipline.

Y otros miedos (como los religiosos y los de parecido tipo escatológico, míticos y milenaristas...) que, añadiendo el conformismo o la superstición, tienen como perspectiva hacer más y más irrespirable nuestra sociedad. Son todos ellos miedos que se exacerban en momentos de interés decisivo para quienes ansían el asalto al poder como “recuperación de lo que es suyo”, que es el caso de la inquietud que transmite esta violencia surgida en la larga etapa preelectoral que el país vive, que no deja de subir de tono; y que persigue, a más de intimidar y doblegar resistencias, que esa violencia -agresión contra la gente, respuesta provocada, golpe contra la “subversión- se normalice en una evolución sociopolítica de pérdidas consentidas por la mayoría doblegada.

A estos miedos, reales y activos, hay que responder sin embargo con vigor e inteligencia, rechazándolos y explicando la negativa radical a someterse a cualquiera de ellos. La tarea consiste en desacreditar esas teorías y esas actitudes que perfilan y anuncian todo tipo de colapsos, y aún el colapso definitivo, ganadas por tantos horrores y que apuntan a desastres, sean climáticos, tecnológicos, socioeconómicos o políticos (así como a los grandes negocios, por cierto, que ellos generan). Se trata del fortalecimiento de la lucha en común frente a enemigos tan claramente identificados, el abandono de todo espejismo de solución individual... y la utopía militante, que es esencialmente la condena de la realidad opresiva, el desenmascaramiento de cuanto se reviste de fatalidad y el desafío hacia todos y cada uno de esos miedos...

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