Un día, cuando la invasión de Cuba de 1961, me preguntó por mis referencias en política internacional y le contesté que los Kennedy, me miró fijamente y me espetó: “Esos son unos hijos de puta”.
En nuestra familia Valera de la Cuesta de Gos (Águilas, Murcia), llamada de los Rencos, hemos sido lo menos 30 primos, ya que nuestros bisabuelos, Paco y Teresa, tuvieron nueve hijos. El mayor de nuestros abuelos, de esos nueve, era Paco, padre de Paco el de las Cabras, Dolores, Encarnación, Juana y Teresa, y esta era la madre de Paco Rabal, que también nació en la Cuesta de Gos, coto minero en el que su padre, Benito, era minero, concretamente capataz. Paco el cabrero tenía a Paco el artista por hijo, y decidió morirse cuando los de Sanidad le quitaron las cabras del patio de su casa; era el único de la familia que me llamaba Perico (Paco siempre me llamó Pedrín, y Asunción, Pedrito). Mi abuela María Jesús, séptima de aquellos nueve, se casó con Juan, molinero del campo de Lorca.
La casa donde nació Paco, llamado en Águilas durante mucho tiempo Francisco Rabal, ha desaparecido totalmente, pero queda, enhiesta y cuidada, que da gusto verla, así como su huertecico-jardín, la “Casa de los Valeras”, que había sido del tío Emilio, penúltimo de la saga y encargado en la mina, y que ha rescatado Paco el del Molino, mi primo y amigo, hijo de (otro) Paco y nieto del tío Federico, molinero, el último del panteón de Rencos de segunda generación. De Paco Rabal queda para siempre en la Cuesta de Gos su estatua sedente, junto a la ermita, mirando a esos cabezos austeros de espartizal heroico y pinos salteados, con una encina aislada y salvada de los furores arboricidas de aquella minería cuasi artesanal. Paco siempre, siempre, se ha referido a su terruño con la nostalgia de sus primeros años y sus juegos y tareas con cabras, perros y tortugas. Además, desde allá arriba sobre la mar ancha y brillante, y con sus ojos asombrados —bien que lo recordaba— “se veía el mundo”.
Paco siempre me distinguió con su afecto: de las primas hermanas de su madre (las chachas, en nuestra jerga familiar) a mi madre la recordaba con gran cariño porque —decía— “me daba bocadillos de escabeche para merendar”, que era lo que más le gustaba… Y mi madre siempre tuvo cierta debilidad por él. Y cuando volvía a Águilas de vacaciones o a descansar, siendo ya actor conocido, siempre había un día en que pasaba, con Asunción y los críos, a comer en mi casa, que era cuando mi madre exhibía en la mesa de mármol los manteles y servilletas de su ajuar, con bordados de figuras y colores, y aquellos platos ribeteados de escenas mitológicas reservados para ocasiones así. Cuando me fui haciendo mayor y coincidíamos, yo de vacaciones de mi internado y él de sus escapadas atávicas, me hablaba de mi padre, ferroviario, porque él sí lo había conocido. Luego, interesado por mis ideas y políticas —era el primero de la familia que estudiaba y haría carrera— supo reconvenirme con su tacto y afecto por la educación nacionalcatólica que me imprimían; y un día (cuando la invasión de Cuba de 1961) que me preguntó por mis referencias en política internacional y le contesté que los Kennedy, me miró fijamente y me espetó: “Esos son unos hijos de puta”.
Fui un día a buscarlo a Prado del Rey, donde remataba el Don Juan de 1966, para hacerle una entrevista y publicarla en la revista de los colegios salesianos, donde se iniciaba mi afición periodística, y como supo que me gustaba escribir y “que lo hacía bien”, con estas palabras hizo mi presentación ante sus amigos periodistas y corresponsales, aquellos de “Las cuatro plumas”, veraneantes en la playa aguileña del Hornillo.
Así que cuando se nos “apareció” en aquella Navidad de 1973 la central nuclear en la Marina de Cope, solaz y herencia espiritual de gran parte de nuestra rama materna, Renca y Valera, siendo yo ingeniero y conocedor de la energía nuclear, nuestro encuentro en el no a ese proyecto nos valió por toda una historia de trayectorias distintas y asíncronas (Paco me llevaba casi 22 años), y con la ayuda inestimable en Lorca del maestro y poeta Pedro Guerrero, supimos ser lo que éramos: gente de sangre y de clan, enemigos de la dictadura, aguileños con la idea sagrada de mantener la integridad de nuestro sol y nuestro mar, de la brisa impoluta que remonta desde las olas y acaricia, en los peores días de canícula, las laderas broncas, tan entrañables, que nuestros viejos pastorearon, labraron y horadaron.
La batalla que siguió encendió al pueblo e iluminó con pasiones buena parte del país, haciendo con nuestro arrojo que Hidroeléctrica Española mordiera el polvo de la derrota: no contó con los Rencos, dura estirpe de cabreros, mineros, molineros… actores y ecologistas; y así le fue.
Fuente: mundo obrero.es



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