Irán recibe el apoyo ruso en su tira y afloja con EEUU, cuya estrategia para detener la guerra muestra graves desatinos que aprovecha Teherán y benefician a Moscú
La guerra lanzada contra Irán por Estados Unidos e Israel cumple ya más de dos meses. Al tiempo, son cada vez más confusos e incoherentes los intentos del presidente Donald Trump para poner fin a un conflicto al que fue arrastrado por el Gobierno judío y que le está causando incontables quebraderos de cabeza dentro y fuera de EEUU.
Su retahíla de amenazas y ultimátums, las idas y venidas de sus negociadores con las manos vacías desde Islamabad y el alargamiento de las treguas gracias a la habilidad iraní han terminado por acorralar a la Casa Blanca. Incluso un aliado de Trump, el canciller alemán, Friedrich Merz, ve con claridad la jugada y se ha atrevido a comentarla: "El régimen iraní, y en especial la guardia revolucionaria, están humillando a toda la nación estadounidense".
Ante tal situación, y con las negociaciones de paz en el filo de la navaja, Irán ha aprovechado para atraerse el apoyo de Rusia con la visita a San Petersburgo del ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abás Araqchí.
Un viaje muy oportuno también para los anfitriones. Rusia, además de las ganancias económicas que le está suponiendo el corte del flujo del petróleo por el estrecho de Ormuz, quiere sacar réditos estratégicos de cara a su guerra particular en Ucrania y sobre todo con su posicionamiento internacional a favor de la estabilidad en el Golfo Pérsico.
La guerra, en punto muerto para EEUU
Lo señaló este martes el portal de información estadounidense Axios: "El conflicto (de Irán) se ha estancado en un punto muerto" y "ha entrado en una fase similar a la Guerra Fría". Esto, "en la práctica, garantiza precios de la energía más altos durante meses y deja al presidente Trump asumiendo los costos de la guerra y con escasos beneficios políticos". Beneficios, en cambio, recogidos por Rusia, que está vendiendo su petróleo a unos precios con los que no hubiera soñado jamás y que le permite ser una de las pocas opciones al abastecimiento restringido de los países del Golfo.
Una prolongación de este tenso duelo, sin guerra activa, pero también sin acuerdo, y con un empantanamiento favorecido por la falta de una estrategia clara por parte de la Casa Blanca ("sin saber cómo salir", advertía Merz) derivaría en un desastre energético, con el estrecho de Ormuz (por donde pasa el 20% del crudo mundial) cerrado por los iraníes a los países árabes aliados de Washington, pero también por el bloqueo estadounidense a los puertos de Irán, donde recalan los petroleros de China, la India y también de Japón y Corea del Sur.
A los ojos de todo el mundo, EEUU se convertiría así en el principal responsable de esta catástrofe que ya está trastocando la economía mundial y amenaza con disparar la inflación en todo el planeta. También en la propia Alemania, de ahí ese inusitado enfado de Merz.
A seis meses de las elecciones de mitad de mandato en EEUU, un conflicto congelado "es lo peor que le puede pasar a Trump, tanto política como económicamente", indicó a Axios una fuente cercana al presidente. Ni las amenazas ni las sanciones de "máxima presión", como el bloqueo que está asfixiando la economía de Irán, ni los misiles estadounidenses hacen mella en Teherán, que ya ha asumido un papel de mártir en este drama y no cederá un ápice, ni siquiera aunque Trump vuelva a amenazar al país persa con la aniquilación total.
Los consejos de retomar los bombardeos que le están dando a Trump sus asesores y algunos expertos militares de fuera de la Casa Blanca no pueden cambiar semejante situación. Si el Pentágono lanza una guerra total contra Irán, como le reclama Israel poniendo como ejemplo su campaña en Gaza, con la destrucción de todas las infraestructuras y el genocidio de su población, antes de caer, la Guardia Revolucionaria iraní pondrá el Golfo Pérsico en llamas y la economía mundial entrará en una recesión peor incluso que la de 1929.
La última propuesta iraní y el giro hacia Moscú
Tras el fracaso del último intento de negociar en Islamabad, el Gobierno iraní transmitió a Washington una propuesta de paz que incluye la reapertura del estrecho de Ormuz por parte de Irán y el levantamiento del bloqueo estadounidense a los puertos iraníes. El espinoso tema nuclear pasaría a examinarse más adelante, con garantías de que Irán no fabricará armas atómicas.
No le gustó a Trump esta propuesta pues no le ofrece ninguna evidencia palpable de que ha "ganado" la guerra. Porque esto es lo único que en estos momentos le interesa al líder republicano: parecer que ha vencido y hacer una muesca más en su retablo de supuestas guerras selladas desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2025.
Mientras Trump y sus asesores se deciden sobre esta última hoja de ruta aportada por Irán y todos los esfuerzos estadounidenses se ponen en castigar a las compañías navieras, las empresas petrolíferas, las refinerías chinas que tratan el crudo iraní o los organismos financieros que aún tratan con Teherán, la sutil diplomacia persa se mueve en direcciones más inquietantes.
La visita del ministro de Exteriores iraní a Rusia ha disparado las alertas no solo en EEUU, sino sobre todo en Europa, en unos momentos en que Bruselas intenta presionar a Washington, aunque sin mucho brío, para que deje atrás la guerra. Para los europeos, los rusos, invasores de Ucrania, son el enemigo a abatir, con un pensamiento que no ha variado desde el principio de esa invasión hace cuatro años y sin tener en cuenta el nuevo paradigma de (in)seguridad internacional introducido por la llegada de Trump al poder.
Si hasta el año pasado, Washington se erigía como el último garante de la seguridad occidental, ahora, con Trump al timón, EEUU es más una amenaza para la economía y las políticas exterior y de defensa europeas. Ahí están la cruzada arancelaria, las intenciones de anexionarse Groenlandia o las advertencias con abandonar la OTAN o echar de la Alianza a alguno de sus miembros más díscolos, como España.
Son los europeos, ciegos en su animadversión por Rusia, los primeros en desechar el equilibrio que Moscú o incluso China podrían suponer ante la rapacería de EEUU y en exigir más sanciones, como anda haciendo ahora la Comisión Europea. Sin embargo, Irán sí ha visto las ventajas de ese movimiento en el tablero de juego occidental. Y el Kremlin le ha seguido la jugada.
Putin, en su salsa
Este lunes, el presidente ruso, Vladímir Putin, recibió al ministro iraní Araqchi, quien dio el salto a San Petersburgo en su vertiginosa gira por Omán y Pakistán, donde debería haberse encontrado con los enviados estadounidenses para siquiera atisbar un armisticio más duradero que el actual y endeble alto el fuego.
"Vemos qué valiente y heroicamente el pueblo de Irán lucha por su independencia y soberanía", afirmó Putin antes de verse con Araqchi. Ya el hecho de que no fuera el ministro de Exteriores Serguéi Lavrov quien recibiera a su homólogo iraní, sino el propio presidente ruso daba una idea del mensaje que Moscú quería hacer llegar a Washington y sus aliados árabes: la estabilidad en Oriente Medio es también un asunto de Rusia.
Por eso, Putin, aunque resaltó la "relación estratégica" con Irán, también tendió la mano a los países árabes del Golfo Pérsico, con los cuales Rusia mantiene contactos muy cordiales. "Haremos todo lo posible, acorde con nuestros intereses y los intereses de todos los pueblos de la región, para que la paz llegue cuanto antes", aseveró.
Araqchi, por su parte, agradeció a Putin ese espaldarazo y subrayó la voluntad de resistencia del pueblo iraní, especialmente ante las "exigencias irrazonables y los frecuentes cambios de postura de Washington", y ante "la retórica amenazante y los continuos incumplimientos de los acuerdos" por parte de EEUU. La visita a San Petersburgo del rostro más visible de la cúpula de poder de Teherán, con un mensaje para Putin del líder supremo, Mojtaba Jameneí, daba fe de que la diplomacia iraní se mueve por senderos más pragmáticos que los pasos inciertos de la Administración Trump.
Rusia defiende las negociaciones, mientras gane dinero
Para no desentonar mucho con el "amigo" Trump, el Kremlin dejó claro que apoya "la continuación de las negociaciones y la tregua". Según el portavoz de la Presidencia rusa, Dmitri Peskov, "no merece la pena, en ningún caso, regresar a las acciones militares". Esto, agregó Peskov, "no va en interés de nuestro socio, Irán, y tampoco en interés de los países del Golfo ni de la economía mundial".
Rusia y China son aliados tradicionales de Irán, en el caso ruso incluso con una asociación estratégica que vincula a los dos países en cuestiones de seguridad regional. Ello no impidió que el Kremlin se echara a un lado el pasado 28 de febrero cuando EEUU e Israel comenzaron a atacar a Irán.
Si en un principio, el régimen islámico mostró su pesar por esa decisión rusa de eludir una asistencia más concreta ante la doble agresión israelí-estadounidense, finalmente Teherán dejó de quejarse cuando el Kremlin comenzó a entregarle inteligencia militar con la cual atacar blancos militares de EEUU o las infraestructuras energéticas de los países del Golfo Pérsico, acción que, junto al cierre del estrecho de Ormuz, se ha revelado como la mejor estrategia de Irán en esta guerra.
Que en la reunión de San Petersburgo entre Putin y Araqchi participara Igor Kostiukov, jefe de la inteligencia militar rusa, la temible GRU, lanzaba a Washington otro mensaje evidente: Rusia seguirá apoyando a Irán señalando blancos posibles o con inteligencia destinada a defender puntos clave de su territorio mientras continúe esta guerra.
Esta asistencia podría ir a más, en el peor de los casos, de ahí la importancia de la visita de Araqchi. Está pendiente el suministro a Irán de los sistemas antiaéreos rusos S-400, que, si bien no tienen la última tecnología en la interceptación de misiles, sí que podrían poner en un brete los futuros ataques aéreos combinados de EEUU e Israel. Eso siempre que Rusia dejara de estar más interesada en sus ganancias económicas actuales derivadas de la crisis y decidiera intervenir de una forma más directa en el conflicto.
De momento, Moscú saca pingües beneficios económicos de la guerra de Irán, más aún con el crudo superando los cien dólares el barril. Las perspectivas actuales, con el alza de los precios del petróleo y el levantamiento de las sanciones estadounidenses a los compradores del crudo ruso, apuntan a que Moscú podría ganar ya 24.000 millones de dólares mensuales con estas ventas.
Y subiendo. Si la guerra se prolongara hasta el otoño, los ingresos anuales podrían sobrepasar los 386.500 millones de dólares, es decir, casi un 188% por encima de las estimaciones previas a la guerra.
Con ese dinero llenando las arcas rusas, la guerra de Ucrania podría quedar sentenciada antes de 2027. Todo ello gracias al apoyo de Trump, que en este caso sí podría jactarse de haber ayudado finalmente a terminar el conflicto ucraniano.
Fuente:
Público







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