martes, 9 de agosto de 2011

Masacre en Noruega: la cultura del malestar. Opinión de Carlos Vidales

Masacre en Noruega: la cultura del malestar

Carlos Vidales

El atentado en el centro de Oslo y la subsiguiente masacre de adolescentes en la isla de Utoya, perpetrados por un neofascista noruego el día 22 de julio, han estado en el centro de atención de todos los medios del mundo. Una abrumadora masa de información se ha derramado sobre la opinión pública.



Sintomáticamente, la mayor parte de ese bombardeo informativo cubre datos sobre el asesino, las víctimas, las circunstancias y secuencias de la tragedia, en fin, todos los detalles concretos de los acontecimientos, pero muy poco tiempo y espacio se ha dedicado a la discusión de las causas profundas de este crimen o a la indagación del contexto social y político en que tuvo lugar. El resultado ha sido lo que algún periodista llamó recientemente el “efecto de infoxicación”, es decir, un efecto de desorientación y confusión provocado por el exceso de datos circunstanciales y la casi total ausencia de interpretación.

La televisión, a través de los telediarios principalmente, ha jugado en este proceso un papel decisivo. Ella ha cumplido con exactitud esa función que Ignacio Ramonet, en su último libro (La explosión del periodismo) denuncia con tanta claridad: el telediario se ha convertido en un medio de distracción, que debe alejar, distraer la atención del ciudadano, apartarla de lo importante y ponerla en contacto con lo superficial, lo frívolo, el detalle morboso o espectacular, lo que en última instancia es superfluo a la hora de comprender el sentido profundo de los acontecimientos. Ya no recibimos información verdadera; recibimos infodistracción, infoentretenimiento.

De este modo ha sido posible infundir en la opinión pública la creencia de que la horrible matanza de Utoya es un hecho aislado, producto de la acción individual de un “loco suelto”, es decir, un crimen ajeno a todo contexto político o social.

Pero la realidad es otra: el asesino publicó en internet, unas horas antes del crimen, un extenso manifiesto de 1.500 páginas, en el que repite obsesivamente su rechazo a la política “multicultural” de liberales, socialistas y comunistas, y su llamado a la lucha contra la creciente “islamización” de la sociedad europea. Utiliza las mismas palabras, las mismas expresiones y los mismos argumentos de los partidos neofascistas que, cubiertos bajo disfraces populistas, avanzan y crecen en Noruega (segundo partido del país con el 23% de los votos), Dinamarca (donde gobiernan), Suecia (donde han logrado escaños en el parlamento), Holanda, Bélgica y otros.

Y los argumentos del asesino son recogidos y apoyados por políticos establecidos. La canciller alemana, Merkel, el presidente francés, Sarkozy, el primer ministro italiano, Berlusconi y el primer ministro británico, Cameron, ya dijeron hace tiempo que “el multiculturalismo ha fracasado”. En Suecia, Erik Hellsborn, uno de los líderes del partido de Los demócratas Suecos (Sverigedemokraterna) escribe en su blog: “La masacre en Noruega puede ser el peor hecho de violencia en Escandinavia desde la Segunda Guerra Mundial, pero no es ningún relámpago caído del límpido cielo. Esto es lo que hace el multiculturalismo, que crea conflictos entre las personas, conduce al odio, a la violencia y a una brutalización general de la sociedad”.  Confrontado con la opinión pública, Hellsborn matiza su posición, pero eso no impide que en la página oficial de los Sverigedemokraterna se repita el llamamiento a luchar contra la multiculturalidad y la “islamización de Suecia”. Y los mismos argumentos pueden encontrarse en todas las páginas oficiales de todos partidos neofascistas europeos, hoy en ascenso.

El multiculturalismo, alguna vez apoyado por los neoliberales para embellecer su política de globalización, se vuelve ahora contra las metrópolis europeas, atrapadas en la paradoja de presentarse como las campeonas de la libertad y, al mismo tiempo, cerrar los diques a la oleada migratoria de los países “periféricos”.

La nueva conquista del mundo, con la inevitable consecuencia de invasiones, intervenciones, alianzas militares y guerras ”civilizadoras” o ”democráticas” ha conducido a un estado de guerra permanente sustentado en los parámetros de una nueva guerra fría: la confrontación entre el Cristianismo y el Islam.

Paralelamente se fortalece la universalización de los métodos del terrorismo de estado porque, como consecuencia de lo anterior, la ”seguridad” ya no es asunto de cada potencia en particular, sino de la Cruzada Globalizadora en general. Por eso se paralizan vuelos de aviones, sin importar en qué territorio, se detiene a miles y miles de personas en cualquier rincón del planeta y se las encierra en centenares de campos de concentración clandestinos al estilo Guantánamo regados por todo el mundo. O, para no ir más lejos, se ”activa” una orden de captura de la Interpol contra un viajero, se obliga a un gobierno a detener ilegalmente a ese señor, sin cumplir con los requisitos legales, y se entrega al capturado al estado que lo ha perseguido, violando todas las normas del derecho de asilo. No son actos aislados: es el proceso de globalización planetaria de la represión.

Dentro de este marco, como las personas y los pueblos no son muñecos pasivos, crecen los movimientos de protesta, las movilizaciones, pero también las fuerzas del racismo, la discriminación, el odio entre pueblos y el temor al ”otro”. Los grandes medios de comunicación alientan esto último, a veces simplemente porque los periodistas reciben cheques de organizaciones secretas de los estados y multinacionales y, a veces, porque se ha llevado a la opinión pública a un estado de estrés cultural y siempre se vende más y mejor la noticia que difunde el miedo y el odio cultural que cualquier otra noticia. El mundo se polariza y se crean estados de ánimo de las culturas.

En 1929 escribió Freud un trabajo herético: El malestar en la cultura. En él planteó que la insatisfacción del individuo ante la cultura se debe a que esta reprime sus impulsos agresivos. De entonces a hoy, el sistema de poder ha aprendido a reorientar, fortalecer y encauzar los impulsos agresivos del individuo, remplazando el malestar en la cultura por la cultura del malestar.

En este ambiente se nutren y proliferan los extremismos raciales y culturales de uno o de otro color. Hay, como resultado de la crisis económica ”global” (en realidad, crisis de las metrópolis), millones y millones de desocupados y desempleados deambulan por Europa y constituyen un excelente caldo de cultivo para alimentar el odio contra los africanos, contra los árabes, contra los de piel oscura, contra los inmigrantes de todos los colores. Los políticos y banqueros responsables de la crisis e incapaces de resolver los problemas que ellos mismos han creado, alientan y estimulan esta xenofobia, como lo hicieron ya en vísperas de las dos grandes guerras mundiales.

En ese contexto nacen y crecen y mastican sus resentimientos los seres inferiores, frustrados, ”solitarios”, rumiando proyectos ”heroicos” como atentados, asesinatos, sabotajes, contra los grupos que ellos consideran ”culpables” de su situación de inferioridad. El ciclo se ha cerrado: los medios de comunicación y los detentadores del poder han levantado las banderas del recelo cultural y el último estrato de la basura social ha recogido las banderas y ha pasado a la acción. Como diría Jesús, un judío en cuyo nombre actúan los nazis, los arios puros, los enemigos de la multiculturalidad: ”todo está consumado”.

Como las masacres de Colombia, de Ruanda, de Sudán, este crimen es obra del sistema. Su importancia no radica en el número de muertos ni en su localización geográfica. Su verdadera importancia consiste en que pone al desnudo la estrategia de los detentadores del poder económico, los nuevos Cruzados de la Civilización. En ancas del odio que ellos siembran todos los días, odio multicultural, cabalgan las fuerzas organizadas que realizan las “invasiones democráticas” y los “bombardeos humanitarios”, y también cabalgan los espontáneos, los impacientes, los megalómanos imbéciles, ejecutores de los actos de terrorismo “individuales”.



Así pues, el masacrador de Oslo no actuó solo. Él ha sido simplemente el instrumento sicópata del sistema. Los autores intelectuales, los instigadores de la masacre, son los estadistas, los grandes consorcios de la comunicación  y los políticos que ya llevan décadas sembrando el recelo y el odio, preparando nuevas y más crueles "guerras de civilización" en aras de la codicia.

Saludos.

Carlos Vidales

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