jueves, 12 de febrero de 2026

El trumpismo murciano se exhibe en la Universidad

 

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (7 de 10)


Por Pedro Costa Morata
        Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


La Universidad de Murcia (UMU) ha decidido nombrar Doctor Honoris Causa este próximo 18 de febrero a Darío Gil Alburquerque, ingeniero y empresario nacido en El Palmar (Murcia), que ya ha sido nombrado el 11 de enero como miembro de honor de la Academia de Ciencias de la Región de Murcia. Darío está asentado desde hace mucho en Estados Unidos, pero ha de suponérsele un gran amor a la tierra que lo vio nacer y un deseo intenso de volcar en la misma sus amplias posibilidades de poderoso empresario de una súper multinacional, nada menos que IBM (una entrega al terruño de la que no consta, hasta ahora, dato alguno). Y también ha sido designado como subsecretario para Ciencia e Innovación en el Departamento de Ciencia del Gobierno norteamericano, y dicen que el mismísimo Trump ha marcado, con su visión fina y preclara, este nombramiento.


Darío Gil, nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Murcia (La Verdad).

Hace muy pocos años la Universidad Católica de Murcia (UCAM) nos sorprendía con el anuncio hecho por su rector y dueño, José Luis Mendoza, de distinguir como Doctor Honoris Causa a Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel y destacado criminal internacional. Pienso que, debido a circunstancias del momento, desde el Vaticano le pararon los pies al piadoso Mendoza, y tamaña fechoría quedó en potencia, más no en acto. En el texto que sigue expongo las características que más me chocan de este otro acontecimiento inminente en la UMU, sin la menor intención de establecer comparación alguna con la ocurrencia aquella de la UCAM, que aquí evoco como incalificable infamia universitaria.

Lo de menos es -como me dicen- que las autoridades académicas hayan decidido saltarse la cola de futuros homenajeados con el mismo título, y hayan perdido el trasero tras el eminente Gil, que no tiene culpa de esto aunque, listo como sin duda es, debiera de trocar el comprensible regusto del privilegio por una cierta sospecha de que sus admiradores académicos no cumplen con mínimos de cortesía general. Lo peor es que, vistas las agudezas en que gustan incurrir nuestras universidades, no tengamos más remedio que afilar el análisis y señalar con precisión los rasgos inocultables de la iniciativa de la UMU. Examinemos, pues, los tres aspectos que en mi modesto entender han de ponerse a disposición de la opinión pública para que los someta a su discreto y ponderado escrutinio: lo científico, lo empresarial y lo político.


José Luján, rector de la UMU.

En primer lugar, pues, está el carácter científico del homenaje, ya que surge de la institución científica por excelencia de nuestra región, la ya centenaria UMU. Esto plantea, inmediatamente, la duda principal sobre lo acertado del caso, puesto que no queda claro si este laurel ha de considerarse un verdadero homenaje a la ciencia, como pretende ser, o si es que resulta una gracia de pueblerinos desocupados y desnortados (o algo peor).

Veo en los figurantes de este programa de galardones de que se hace objeto a Darío Gil, a personajes de las ciencias naturales y de las pseudociencias informáticas, un área esta del conocimiento que como sociotecnólogo así las califico, por considerar que la digitalización desde el punto de vista de la naturaleza se parece mucho a una agresión, y desde lo social una estafa imperdonable. En cualquier caso, ni la ciencia o la tecnología son capaces de resolver ningún problema importante de la humanidad, aunque sí someten a ésta a toda clase de humillaciones y amenazas. Es visible, en el grupo que se exhibe pavoneándose alrededor del de El Palmar, la ausencia de filósofos, sociólogos, humanistas, historiadores o literatos, que me inspiran mucha mayor confianza que ingenieros, informáticos, físico-químicos e incluso biólogos, al tener que manejar decisiones o políticas universitarias que inevitablemente han de ceñirse a una ética rigurosa; y me deja perplejo y encrespado, ya que esta -digamos- especialización parece relacionarse, imprudentemente, con la característica básica del homenajeado, que es la ingenieril; pero refleja la compartimentación disciplinar en la universidad española y la formación especializada, ergo inculta, con que se dota a las carreras ingenieriles y de ciencias naturales.

O sea, que no veo yo que la efemérides prevista vaya a corresponder, ni directa ni evidentemente, con un acontecimiento cabalmente científico sino como, más bien, una fantasmada al hilo de los tiempos de confusión y fraude que nos envuelven y asaltan, en los que a los ciudadanos de a pie se nos suministra, cada día y en cada trance, gato por liebre.

Aun así todavía me parece más relevante el aspecto empresarial de la entrada en tromba de Gil Alburquerque en el walhalla de la ciencia murciana, ya que el personaje es un empresario de tomo y lomo: vicepresidente senior de IBM y director de IBM Research (hasta ahora, ya que sus nuevas obligaciones en el estado mayor científico trumpista lo obligará a suspender por un tiempo sus labores típicamente empresariales, a las que regresará cuando pierda los favores del impredecible Trump). Porque si la Academia decide premiar a un empresario es necesario contemplar a su empresa bajo la lupa de los méritos universitarios, que siempre habrán de someterse a una (muy) alta exigencia ética. Hay entonces que aportar algunas pinceladas de la historia y el papel de IBM en la guerra y, concreta y exclusivamente por mor de brevedad, en el genocidio palestino a manos del Estado de Israel, para que quienes admiran a IBM y a sus directivos en todo el mundo afinen su idea de la excelencia o del poder empresariales reparando en su intervención en guerras de agresión, expansión o aniquilación.

A este respecto, no hace mucho que la relatora de la ONU para los Territorios Palestinos Ocupados, Francesca Albanese, en su demoledor informe (considerado “histórico”) De la economía de la ocupación a la economía del genocidio (30 de junio de 2025), dirigido al Consejo de Derechos Humanos de la organización internacional, ha señalado a varias decenas de empresas tecnológicas por su implicación directa en ese genocidio, citando entre ellas en primer lugar a IBM, Caterpillar y Airbnb, y concretando la participación de este grupo en la prestación de “servicios en la nube e inteligencia artificial al ejército israelí para operar sistemas de armas y seleccionar objetivos de bombardeo. Esto incluye ataques contra miembros de bajo nivel de Hamás y contra sus esposas, hijos y vecinos, personas que viven en el mismo edificio”. Albanese ha instado a la Corte Penal Internacional a que inicie acciones contra estas empresas por su relación con el genocidio (Revista Raya/Derechos Humanos, 25 de julio de 2025), concitando las iras y el boicot miserable del presidente Trump y del secretario de Estado, Marcos Rubio.


Son numerosas las multinacionales tecnológicas implicadas en la guerra de Gaza (Amnistía Internacional España).

Por su parte, la organización BDS/Freedom-Justice-Equality, en su informe Ninguna tecnología para la Opresión, el Apartheid o el Genocidio alude a que gigantes del sector tecnológico como Google, Amazon, Microsoft, IBM y Palantir han creado sistemas avanzados de armas de inteligencia artificial denominados “fábricas de asesinatos”, añadiendo que estas empresas “equipan al ejército israelí con sistemas informáticos y tecnologías de vigilancia y comunicación para acelerar el genocidio en Gaza y automatizar el apartheid en Cisjordania”. 

Y, last but not least, en su edición de 2 de julio de 2025 elDiario.es informaba de que la empresa IBM está presente en Israel desde 1972 y que desde 2019 ha operado y actualizado la base de datos central de la Autoridad de Población, Inmigración y Fronteras israelí, “lo que permite la recopilación, el almacenamiento y el uso gubernamental de datos biométricos sobre palestinos y apoya el régimen discriminatorio de permisos de Israel”. Este régimen de permisos es el que impide el acceso y la entrada de la población palestina a determinadas zonas controladas por Israel. La organización Periodismo de Izquierda precisaba (28 de julio de 2025) que “la tecnológica estadounidense IBM capacita al personal militar y de inteligencia” (de Israel, aclaro).

Por supuesto que quienes avalan a Gil dirán que la ciencia es per se inocua y autónoma, que no tiene que ver, en sí misma, con el uso que se haga de ella, y mucho menos con el martirio de millones de seres humanos en Gaza, Cisjordania y un poco por todo el mundo. O incluso que las empresas son cáscaras ingeniosas e inocentes, sin que importe el llenado que de ellas se haga con objetivos, directivos o clientes; u otras patochadas de semejante jaez. Así se expresan los falsos científicos, carentes de la ética y del discernimiento a que obligan no ya la propia ciencia -que ha de buscar el conocimiento justo para los seres humanos, los objetivos generales y benéficos, la sabiduría de la experiencia universal e histórica- sino también la naturaleza humana, sensible y compasiva, en todo tiempo y lugar. Tómese nota del íntimo, aunque intenso, desprecio de quien esto escribe hacia los que así piensan o se expresan.

Y así, hemos de enfrentarnos con la tercera faceta de la aparentemente jubilosa movida que en unos días nos han preparado tan distinguidos figurones de toga y birrete: el trumpismo que subyace en esa decisión y que resulta imposible obviar, ya que el núcleo del asunto reside en honrar a un ingeniero y empresario que ha sido seleccionado para la institución científico-gubernamental del Gran Mamarracho de la Casa Blanca. Y esto sucede a manos de un grupo de profesores universitarios del que tengo que excluir cualquier ignorancia, sea esta científica, política o humana, y que -a falta seguramente de historiadores o periodistas en su seno- parecen ignorar que el Gran Dictador de Washington está dando muy parecidos pasos, con meras adaptaciones a los tiempos, que Hitler y su camarilla de alucinados y canallas, entre los que numerosos científicos cubrieron de oprobio a la Humanidad y a la Historia; y que llevó al mundo al desastre sin que en ese itinerario ominoso faltaran los adictos y entregados, así como los entusiasmos y los parabienes.

Me asalta la duda de si el exaltar a Gil se debe más a haber accedido al coro trumpista que a sus méritos ingenieriles o empresariales, ya que poco o nada sabíamos de nuestro hombre hasta ser tocado por la varita del Gran Ignorante norteamericano; ni a los capitostes de la UMU se les había ocurrido ensalzarlo hasta alcanzar esa singular posición en un Gobierno que atemoriza y amenaza al mundo. ¿Se trata, entonces, de una decisión basada en un ataque premeditado a la ciencia y la ética o es, sin más, una exhibición de conservadurismo reaccionario, de ese que embota y bloquea el sentido común del ciudadano medio y hasta esa moral académica que, sin embargo, está obligada explícitamente a la ejemplaridad?

Pasmémonos los ciudadanos murcianos, con tantos millones de todo el mundo suficientemente amedrentados por Trump y su agresividad típicamente fascista, este día 18 de febrero por el delicado gesto de irresponsabilidad y papanatismo con que nos va a obsequiar la universidad murciana. Y horroricémonos, porque no nos queda otra, de esta exhibición, auténtico ejemplo de libro, de ciencia sin conciencia. Ese grupo que he visto en la prensa, auto investido de comité de propaganda del trumpismo, variación científica, sin duda se ha saltado el comité de ética universitario. Y si tal comité no existe debiera de haberse creado con urgencia antes de incurrir en tan sublime desfachatez, dando una oportunidad a que se expresara el espíritu universitario, que siempre hay que considerarlo ético y social, es decir, enemigo de cualquier pueblerinismo y siempre alineado, entre otras cosas, con la paz y la decencia internacionales (que es justamente lo que vulnera, en grado excepcional, el trumpismo y su cohorte de trumpistas). Salvo que nuestros próceres universitarios se hayan propuesto perpetrar toda una -redonda, meditada, cualificada- provocación.

No podemos saber hasta qué punto el murciano excepcional al que venimos aludiendo, asume el trumpismo, siquiera en su versión “científica”, ya que esto corresponde a su fuero interno y en ningún momento se ha expresado en relación con tan espinosa cuestión, pero me cabe la convicción de que -disimulos científicos aparte- en la escenificación que viene o se premia a un trumpista o al menos a un servidor del trumpismo, sea por vínculo personal sea por adhesión al sistema. Que -prensa al canto- ha sido el mismísimo Trump quien ha nombrado a nuestro agraciado empollón director de Misión Génesis, que “combinará ciencia y seguridad”, que es el binomio que más asusta, y con razón, a la humanidad atrapada en el paradigma securitario y la procacidad científica. La descripción que Darío Gil da de su especialidad y su misión en la élite científica yanki a mí, como escamado estudioso de las inhumanidades de la informática avanzada, me pone los pelos de punta.

No se pierdan mis lectores, en este reino panocho de pelotilleros sumisos y cortesanos ausentes de decoro, la joya periodística que, sin mediar prudencia ni pundonor algunos, el periodista de corte y encargo, J. A. Ruiz Vivo, despliega en el artículo (apologético, no, lo siguiente) “Los Gil Alburquerque” (La Verdad, 22 de enero de 2026) que, referido a nuestro sabio, y de paso, a su familia, respalda el sentir universal con un “Y Trump, Donald, que de tonto no tiene ni el flequillo, lo fichó de inmediato para su consejo presidencial de asesores de ciencia y tecnología en la Casa Blanca”, rematando el elogio con la frase (lapidaria, como suelen ser todas en pluma tan agraciada): “’Es un empresario y científico brillante’, que proclamó Trump en su red social”. Este conocido periodista del staff conservador de toda la vida dice otras necedades y babosadas en tamaño e infumable pasquín, pero su perspicacia queda establecida con este botón de muestra.

Buena ocasión es esta para ponernos en guardia, sin ceder un ápice al conformismo, ante ese veneno ultra que infecta a la Región en casi todos los niveles y sectores, y que se refleja necesariamente en sus instituciones alcanzando, como tragedia moral de primer orden, a nuestra Universidad. (Por lo demás, solo nos falta saber qué planeará la Universidad Politécnica de Cartagena, que no querrá quedarse atrás en la selección de algún objetivo de prestigio al que coronar con su honoris causa, y menos cuando puede que no haya encajado del todo bien que la UMU le haya “robado” un singular trofeo, llamado lógicamente a ser suyo por su naturaleza eminentemente tecnológica y empresarial. Miedo me da.)


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